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Encontré el desolado territorio tejano del Big Bend mientas realizaba mi aventura de cruzar en moto Estados Unidos. Más al oeste del Pecos, región y parque nacional toman su nombre de la curva de 90 grados que hace el Río Grande dividiendo en dos países muy distintos un mismo desierto donde no crece nada comestible y los espaldas mojadas mueren de sed e insolación. Hace mucho que las minas de cinabrio se abandonaron y en esta miserable esquina sin sombra sólo un reducido turismo de aventura permite ingresar unos pocos dólares con que comprar el agua que los habitantes locales necesitan para beber.

Mi amigo Ara Gureghiam, que recorre el mundo con su perro en una moto con sidecar, me ha recomendado alojarme en el rancho Cowhead. El rancho es un delirio de iconografía Cowboy con un algo de campamento cíngaro. Chris, el dueño, llegó hace años en un coche viejo con 40 dólares en el bolsillo, un divorcio a cuestas y más bien nada que perder. Aquí se quedó para construir su propio reino de pionero del oeste. Me recibe en el pequeño saloon que ha construido con sus manos curtidas. Hay una mesa de billar, pieles de serpiente de cascabel, una foto de Billy the Kid, y un colt del 45 sobre la barra.

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Por 30 dólares tengo derecho a cama, al uso de un retrete portátil y a una ducha caliente en el baño común construido con madera de embalaje. El desayuno: panceta frita y bollos de maíz. No me hace falta más. Es imposible un sitio mejor. Por la noche, las estrellas, inmensas y nítidas en un cielo absolutamente negro, amenazan con caérsenos encima. Unas cervezas y a dormir como un tronco. Los gallos me despiertan a las 6 de la mañana y sobre el horizonte montuno presencio un amanecer al rojo vivo. Hoy montaremos a caballo entre los matorrales y las piedras resquebrajadas.
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Los ponys se llaman Snow Flakes y Domino. Se les nota bastante resabiados. Chris los va ajaezando. Ni la silla, ni el bocado, ni las bridas tienen nada que ver con las que se usan en la aristocrática doma inglesa. El jinete vaquero necesita montar durante días o semanas y debe cargar consigo todo lo que necesita. La silla tiene un pomo para apoyarse, largas cintas de cuero con las que atar la impedimenta y un pequeño respaldo en el que recostarse cuando uno se queda dormido. Los estribos van sueltos para llevar las piernas semiextendidas y el estilo de monta, a lo saco de patatas, no se parece en nada a la elegante verticalidad británica.

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Los equinos de alquiler saben algo más que latín. Por si acaso, la ley tejana prescribe que un caballo profesional no es responsable del daño sufrido por riesgos inherentes a la actividad de montarlos. Trato a Domino con suavidad, aunque le jalo fuerte de las riendas en cuanto se pone a mordisquear arbustos. Estos animales son listos. Si le dejo, hará lo que le apetezca, que es comer y regresar al establo, pero si pretendo imponerme de forma brusca e ignorante, me castigará arrojándome sobre las rocas en cuanto me descuide. “Ok”, le digo, “esto tiene que ser divertido para los dos, así que llévame donde quiero ir y yo no te exigiré proezas inadecuadas para tu edad”.
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Mientras recorremos un territorio árido y plano, Chris me explica su particular filosofía destilada en muchos días idénticos entre sí. Según él, los motoristas somos también cowboys, siempre queremos ir más allá, más al oeste, allí donde no van los demás. Apenas necesitamos una cama, una ducha y carretera. “Esta tierra es dura”, continúa, “Hasta aquí sólo venían los fugitivos y los que querían empezar de cero. Las autoridades les dejaban en paz. Yo he encontrado una nueva oportunidad”, asegura secándose el sudor que nace debajo de su sombrero de ala ancha. “Hace muchos años que no huelo el alcohol”.

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Nos asomamos a la Highway 118 que lleva de Study Butte a Alpine. Los conductores escrutan con suspicacia al desconocido jinete. Son desconfiados por necesidad. Esta región nunca fue defendida por gobierno alguno de los muchos que se disputaron el sur de Texas. Refugio ideal de forajidos e indios rebeldes, los pocos pioneros se organizaban en somatenes capaces de castigar con la muerte el robo de un caballo. Cuanto menos se tiene, más sagrada es la propiedad privada. La defensa propia era y es una obligación. Por eso se hicieron tan célebres los Texas Rangers y personajes tan atrabiliarios como Roy Bean, el Juez de la Horca inmortalizado en la película de John Huston.

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Domino trota ahora más ligero y alegre. Conoce su territorio pezuña a pezuña. Sabe que estamos regresando al rancho. Entre los matorrales resecos cimbrea una serpiente de cascabel y una vieja furgoneta arroja toneladas de humo negro al pasar a toda velocidad en dirección a Presidio, el último pueblo tejano antes de México. Los uniformados de la Border Patrol detienen enormes camiones buscando inmigrantes ilegales. El desierto se tumba infinito en un horizonte rojizo. Tipos de sombrero Stetson nos miran con curiosa indiferencia desde el local de la American Legion, la organización nacional de soldados veteranos. Esta región no es que sea la América profunda. Está mucho más allá. En realidad, es otro planeta.

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Fotos:Miquel Silvestre

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