América en moto. Los Ángeles. Unas cervezas con Bukowski.

Síguenos

n

Nunca persigas fantasmas. Te decepcionarán. Los fantasmas son sólo sueños con forma humana y desde Calderón sabemos lo que en el fondo son los sueños. Pero mi fantasma era el de un viejo amigo que sin embargo nunca hubiera querido serlo mío. Es lo que tienen los genios. Podemos quererlos, pero ellos nos despreciarían por ello. Pero uno es un sentimental y también un poco fetichista. Si perseguí las huellas de Josep Pla por el Ampurdán, no dejaría de hacer lo mismo con Bukowski si algún día pisaba California. Pero California es muy grande. Y Estados Unidos más grande todavía. Llegar en moto desde Miami me costó diez mil kilómetros y un mes de aventura.

Cuando vi el océano pacífico en San Diego fue como acabar la maratón. Subí hacia el norte por la histórica Highway 1 paralela a la costa. En los auriculares, algo de Beach Boys para ambientar. Brian Wilson, gordito que jamás se subió a una tabla, es el cronista musical de una época que ya es historia. Todos los chiringos de playa pretenden ser Malibú o Laguna Beach aunque estén en Torremolinos. Sin embargo, Malibú, Santa Bárbara o Laguna Beach son reales. Palmeras, camisetas, chooppers. Millas y millas de palmeras y tías buenas haciendo deporte. Los obesos han desaparecido. Sin embargo, cruzar la frontera del Condado de Los Ángeles te pone en otro mundo. Ante el viajero, un enorme y feo suburbio que parece no tener fin. Barrios pobres y sucias refinerías, autopistas y conductores histéricos. De pronto, el skyline de la gran urbe bajo un cielo obsesivamente azul.

n

No me detengo. No tengo nada que hacer en esta interminable autopista llamada L. A. Sólo freno la moto el tiempo justo para hacerme una foto que enviaré a Sabino Méndez con escueta frase: “Va por ti, maestro”. Continúo hasta Hollywood metido en un atasco que se estira como un lagarto infinito. La razón de ir hasta ese agujero no es otra que Bukowski. Quiero ver qué veía y caminar por sus calles. ¿Qué quedará de él? En este país se dan dos fenómenos: el ansia de fabricar dólares como metafísica religiosa de origen calvinista y un pudor de fundamentalismo metodista que obliga a cogérsela con papel de fumar. Bukowski era obsceno. Hacemos como si no existiera. Pero también es una lucrativa marca comercial. ¿Cómo estará resuelto el dilema? ¿Encontraré algo en Hollywood que recuerde que aquí bebió, amó, apostó y escribió un viejo e indecente funcionario de correos?

m

Mullholland Drive me suena de una canción de Tom Petty. La carretera serpentea por la cima de una montaña. A un lado, el océano y la enorme balsa de cemento de la ciudad de Los Ángeles; al otro, los montes urbanizados de mansiones y el famoso cartel de las letras blancas. La calle baja la colina atravesando un delicioso barrio residencial hasta aparecer en Hollywood Boulevard, donde el pavimento está grabado con los nombres de actores olvidados. Es la arteria principal. Fea y sin encanto, llena de tiendas de souvenires regidas por chinos y de turistas haciéndole fotos al Kodak Theather. Entre ellos sonríen por unos dólares tipos disfrazados de personajes de la Guerra de las Galaxias. Supongo que vinieron hasta aquí como la mayoría de los camareros: para ser estrellas.

n

Sunset Boulevard. El nombre es bonito y la realidad vulgar. Tienda barata y hamburguesería. Mucha gente triste. Multitud de vagabundos. El tremendismo norteamericano se da en Hollywood al por mayor. En la puerta del High School hay muchachos obesos con crestas punkies. El motel Saharan está regentado por hindúes. Reclamo la habitación más barata. Me piden 75 dólares. Me parece caro, pero me conformo. Cuando regreso a la recepción para pedir el password de la wifi, escucho como el hindú le dice a una puta gorda que la habitación son 70 dólares. Me pongo de mala leche. La resaca de tequila no combina bien con el timo. Pido explicaciones y el tipo me dice que mi habitación tiene frigorífico y microondas. Yo no quiero todas esas baratijas. Exijo que me cambien la habitación. Me dice que mañana. Tampoco tiene libro de quejas. Me llama estúpido y loco. Imposible arrancarle la cabeza de un puñetazo. Estos indios se blindan dentro de una pecera de cristal y tienen siete mil cámaras grabando mis movimientos de homínido enfurecido. Sólo me queda jurar en arameo e irme a cenar algo de basura rápida. De camino al motel, compro un paquete de cervezas en una licorería. En la puerta, un mendigo me pide 25 centavos. Llevo demasiado tiempo aquí, pienso mientras le arrojo la moneda.

b
En la habitación siento el fantasma rondando cerca. Al otro lado de la ventana, los neones anuncian mujeres bailando desnudas. Desprecio la idea de visitar el local aunque pudiera ser una buena historia. No quiero deprimirme más. Siento de golpe la soledad de treinta noches de moteles. Es una tristeza especial. Es tristeza de motel. Típicamente americana. La noche se revela millonaria en toda clase de ruidos. Desde la cama oigo eructar a las cañerías, el tam tam de la música de los locales próximos, la ira de los coches a toda velocidad, las sensatas discusiones de los borrachos, la risa histérica de una golfa ebria de madrugadas. Soledad de motel. No tiene consuelo. Esto es Hollywood, amigo. Más al oeste, ya no queda nada. Después de siete mil millas, esto es lo que hay. La última factoría de sueños. Si aquí no encuentras el tuyo es porque quizá nunca haya existido.

n

Llueve sobe Hollywood. Con este cielo encapotado ni siquiera ya brilla la purpurina del cartón piedra. Por las calles se desliza la basura húmeda. Busco comida en un supermercado. Me fijo en un estante muy concurrido. Son los productos a punto de caducar. A mitad de precio. Compro los residuos de los ricos. Otros esperan en el callejón lo que ni yo quiero. Cuando voy a pagar, no hay nadie en la caja. Nadie en ninguna caja. Yo soy el cajero. Es la perfección de la soledad americana. Es el futuro. Voy pasando los ítems por el escaner y luego pago con tarjeta de crédito. No tengo que tratar con nadie, nadie me regala una sonrisa falsa ni me desea buen día. Pronto yo también puedo ser sustituido por una máquina. Un holograma querrá a mis amigos y odiará a mis adversarios. Incluso es posible que escriba mejor que yo, que beba menos y se cuide más.
v

Hay que buscar difuntos. Arranco la moto y me dirijo a Sunset Boulevard. Allí encuentro la galería Morrison Hotel especializada en fotografías rock. Imita aquella legendaria portada del disco de los Doors. En la puerta está aparcado un enorme coche fúnebre. Es como en una divertida canción del grupo punk F.A.N.T.A. Voy hacia el sur atravesando un vecindario decente de casitas limpias. Encuentro Santa Mónica Boulevard. Hay estudios y escuelas de música e interpretación. En el número 7000 está el cementerio Hollywood Forever, propiedad privada. Las fotos están prohibidas, me advierte el guardia de seguridad. Le prometo que no haré ninguna y le pregunto por la tumba que quiero visitar. No es la de Rodolfo Valentino, ni la de Douglas Fairbanck, ni la de ninguno de los judíos ricos enterrados entre palmeras. Yo he venido a rendir tributo a uno de los hombres que más me ha hecho gritar y saltar. Johnny Ramone. Muerto de cáncer de próstata a los 55 en el 2004.
m

La tumba tiene una estatua de piedra con Johnny tocando su último riff. En cada lado del pedestal hay grabadas frases de amigos. Delante, permanece plantada una pequeña bandera estadounidense. Detrás, palmeras y un precioso estanque en calma. Una gran paz se respira en este cementerio sin curiosos. Qué distinto al parisino donde reposa Jim Morrison , cuya lápida está repleta de grafitis y botellas de licor vacías. Asco de Hollywood, ni los punks pueden descansar tranquilos en sus tumbas. Le brindo a Johnny un mal pensamiento y me largo caminando por los aletargados senderos mientras escucho en el mp3 Gaba gaba hey. Un pitido irritado me sorprende. Un enorme coche quiere aparcar. Yo le estorbo. Esa es mi impresión en Estados Unidos, la de estorbar con la mirada. Pero no es ese mi pecado hoy, sino que me he quedado absorto sobre una plaza libre mirando como juegan las ardillas.
n

En Normadie Avenue tuerzo a la izquierda hasta Longpree Avenue. Final de trayecto. Esto es lo que venía buscando. La pequeña calle donde residió Charles Bukowski de 1963 a 1972. Los años en que se hizo profesional de la escritura gracias a John Martin, dueño de Black Sparrow Press. Aquí escribió Post Office. Mis últimas noticias eran que los propietarios querían derribar el conjunto de viejos bungalows de estuco marrón para levantar un edificio de apartamentos. Pero lo cierto es que siguen ahí, resistiendo desde 1922 gracias a que una joven llamada Laurent Everett se enteró de que vendían el bungalow y movió Roma con Santiago para que el ayuntamiento impidiera el derribo. La dueña, una tal Victoria Gureyeva, alegó que Bukowski era un nazi. Un concejal llamado Garcetti reconoció que el escritor no era un santo, ni siquiera alguien que uno quisiera como amigo, pero que lo cierto es que había hecho mucho por dar a conocer la ciudad de Los Angeles. El ayuntamiento acabó declarando el edificio Marca Histórica. Si el infierno existe y no es esto que llamamos vida, las carcajadas de Henry Charles Bukowski deben estar todavía resonando desde que se enteró que semejante honor contó con la recomendación de la Comisión de Herencia Cultural.
n

El lugar está cerrado al público. No será un museo. Los dueños lo están rehabilitando. Un vecino me dijo que lo había conocido y que tenía un libro dedicado. Tal vez fuera cierto, tal vez no. Qué importa. En cualquier caso era el único que parecía saber quién era. Los inmigrantes que ahora pueblan el vecindario no han oído hablar nunca de él y miran con extrañeza la triste placa colocada al lado de la vaya de lo que para ellos no es sino un deprimente agujero. Las ventanas son nuevas y están renovando las cañerías. Pronto se pondrán en alquiler los coquetos bungalows donde se escribió una obra maestra de la contracultura. Las cercanías se llenarán entonces de tiendas donde se pueda comprar merchandising contracultural. Disneyhank: camisetas, visitas guiadas y pegatinas a dos dólares. El negocio está a punto de comenzar. Bukowski acabará dando pingües beneficios a la ciudad de Los Ángeles.

b

Dios bendiga América.

FotosMiquel Silvestre
Más en Diario del Viajero:La Ruta de los Exploradores Olvidados en América

Los comentarios se han cerrado

Ordenar por:

3 comentarios