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La Dempster Highway es el gran desafío canadiense. 770 kilómetros de pista de grava que suben directamente al Círculo Polar Ártico canadiense desde Dawson City. Una sola gasolinera y un solo hotel. Hace un día soleado y circulo a buen ritmo. Los parajes son espectaculares. Primero nos reciben unas montañas pétreas y peladas. Luego se extienden los páramos. Más adelante seguimos paralelo a un río de color ocre y que huele a azufre. A lo lejos divisamos una columna de humo. Es enorme, compacta, densa. Un incendio forestal. Nadie se encarga de extinguirlo. Lo hará solo cuando el viento deje de soplar.

Cuando por fin avanzamos a través del bosque quemado, el olor es insoportable. La humareda nos envuelve como si fuera niebla londinense y el sol empieza a declinar con lentitud. Enrojece el horizonte y circulo como en mitad de un sueño haciendo crepitar la grava bajo mis ruedas de tacos.

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Estoy agotado pero no puedo detenerme. La jornada se hace interminable. La Dempster no es difícil. Es larga. Eterna. Ya no hay bosque ni pradera, sino una sucesión de árboles delgados, ralos y miserables sobre cuyas copas desmochadas se esconde un sol rojo que no calienta. Cuando llevo ya más de doce horas conduciendo aparece Eagle Plains en una recta en mitad de la tundra. Aquí es donde está la única gasolinera y el único hotel. El precio es altísimo: 160 dólares. Pero no hay opción ni competencia. Traer víveres hasta aquí es complicado y costoso. El agua la bombean desde kilómetros de distancia para mantener esta aislada posta en mitad de la nada.

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Cruzamos la frontera de Northwest Territories cuando va descargar la tormenta sobre la inmensidad del Tombstone Park. El viento arrecia. Hace frío. Entonces el infierno se arroja sobre nosotros. Granizo, rayos, truenos. No hay refugio alguno. Con el agua, la pista se convierte en una pista de patinaje. Lo que ayer era paraíso hoy es el Averno. Y así tengo que circular durante horas y coger dos barcazas que crucen caudalosos ríos.

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Estoy agotados. Siento que el cansancio puede ser peligroso. Circulo sobre la grava espesa como un autómata. Todavía quedan 50 kilómetros hasta Inuvik y eso supone más de una hora. En este estado de extenuación me juego el tipo. No tengo provisiones y deseo una cama y una cerveza, pero aunque el sol no se ponga nunca tan al norte, sé que es muy tarde. Decido para y monta la tienda. Me rodean millones de mosquitos hambrientos, pero no hay más remedio. En cinco minutos está plantada y en diez estoy roncando.

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A las 9 despierto, recojo en un santiamén y salgo. La pista es a veces incluso peor. Pero estoy fresco y ya puedo conducir sin riesgo. No llueve y en una hora piso el asfalto que lleva del aeropuerto a la ciudad. Aparezco en el centro de un poblachón destartalado que vive de los subsidios y los altos sueldos que se pagan por mantener a la gente aquí. Una iglesia católica con forma de Igloo. Casas bajas, edificios dispersos, calles sin asfaltar, nativos alcoholizados, dos estaciones, pocos hoteles y caros y un B&B por 115 dólares. Gruesas tuberías a ras de suelo. Barracones. Tiene aspecto de ciudad prefabricada, de campamento de refugiados. Todo llega hasta aquí en avión durante el verano y en camión por carretera helada en invierno. Esto es el verdadero final del mundo. Viven 3.500 personas y ninguna parece normal.

Imposible ser normal en un sitio con 8 meses de helada oscuridad y 4 de luz durante veinte horas.

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Fotos:Miquel Silvestre
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