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Alaska es un mito. La última frontera. La fiebre del oro, el oleoducto del Ártico, el sol de medianoche, el destino más alejado para los buscadores de sueños de libertad. Alaska es mi objetivo al abandonar la fría comodidad de Vancouver, donde he pasado un mes esperando la llegada de Atrevida, mi BMW GS 1200 bautizada en honor a una de las corbetas de la Expedición Malaspina. Alaska significa el fin de la Ruta de los Exploradores Olvidados, viaje que llevo realizando desde hace casi un año con el objetivo de pisar los mismos lugares hollados por los españoles más bravos y sin embargo menos conocidos y recordados. Aquí está Valdez, topónimo en español más septentrional del planeta. Fue fundada en el siglo XVIII por el catalán Salvador Fidalgo. Alcanzar ese hito concluye un periplo que me ha llevado de Etiopía a Filipinas pasando por India o Borneo.

Atravieso la bellísima región de la Columbia Británica. Es asombrosa tanta belleza. Bosques, lagos, montañas. Supone un auténtico deleite a mis sentidos Me recomienda viajar por la Cassiar Highway, mucho menos transitada que la Alaska Highway. Es una carretera fabulosa que discurre entre ríos y gargantas. Circulo entre valles interminables y cordilleras nevadas. Viajo solo durante muchísimos kilómetros. Las distancias entre poblaciones son interminables. Da vértigo este aislamiento salvaje. Cuanto más al norte viajo, menos gente encuentro. Me siento feliz, descomprimido, eufórico. Disfruto sin ambages del placer de dejarme llevar por el imán del horizonte. Las cimas nevadas al fondo, el bosque a los lados, el asfalto liso Inmerso durante tantos meses en el infierno circulatorio de África, India y Asia, esta desolación se me antoja como el más perfecto paraíso.

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En Terrace cojo la pista de grava que circula paralela al lago Kitsumkalum y que penetra en la selva como un cuchillo mal afilado. En cuanto me introduzco en la floresta descubro una mancha oscura que cruza velozmente de un lado a otro. El corazón me da un brinco. Apenas ha sido un segundo pero ya sé que no estoy solo. El oso está ahí. Intento recordar sin éxito las recomendaciones leídas en los folletos que las autoridades turísticas reparten en moteles y centros de información.

La Cassiar termina nada más cruzar la linde con el Yukón. La Alaska Highway es la vía principal usada por camiones, autocaravanas y motoristas. A partir de Whitehorse está convertida en un auténtico patatal. El invierno destruye el asfalto. Esto lejos de incomodarme me divierte. Sigo llevando tacos y una moto trail. Me va la marcha. El problema es que cada vez hay menos gasolineras. El precio del combustible es disparatado y la venta de merchandising I survived Alaska Highway una constante. Cuando llego a la frontera con los Estados Unidos, un solo policía de ojos azules examina mi pasaporte. Me habla en español. Ha estado destinado en El Paso y su mujer es mejicana.

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Tok es un pequeño núcleo urbano de casas dispersas. Campings, restaurantes y supermercados que despiertan del oscuro letargo invernal y tratan de hacer el agosto en 4 meses de luz solar y algo de calor.

A unos cincuenta kilómetros de Tok comienza la Top of the World Highway, una pista de montaña que cruza de Alaska a Yukón. Solo abre en verano y el escenario es de una grandiosidad que emociona. A más o menos la mitad del recorrido aparece una posta decrépita con dos surtidores oxidados, una tienda de recuerdos y un camión cocina que vende hamburguesas. Es Chicken, una pequeña comunidad fundada por mineros.

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La linde fronteriza de Poker Creek está en lo alto de una loma. Es la frontera más al norte entre Estados Unidos y Canadá. Solo la usan aventureros y cazadores. Hay dos agentes muy jóvenes. Están acostumbrados a los moteros que vienen y van. La pista desciende abruptamente a través de parajes desolados hasta el valle del Yukón. El río es inmenso, caudaloso y no hay puente. Una barcaza traslada vehículos gratuitamente al otro lado, que es donde se encuentra la ciudad nacida al calor de la fiebre del oro

ndel Klondike.
En 1897 se desató una histeria colectiva en Estados Unidos y cien mil personas se pusieron en marcha para alcanzar
beste lejano territorio. Sin comida para pasar un año entero, el gobierno canadiense no los dejaba pasar. Apenas llegaron unos 30.000. Su denodado empeño se conoce bien porque había comenzado ya la época de la fotografía portátil.

Dawson City nos recibe con sus calles sin asfaltar, sus edificios de decorado de espagueti western y sus decenas de chalados, hippies y personajes de cómic que buscan el final del mundo. A ellos hay que sumarles los doscientos sesenta motoristas que han traído sus trail hasta la Dust to Dawson 2012, quizá los más chalados del mundo, quienes como yo disfrutan recorriendo los peores mejores caminos.

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Fotos:Miquel Silvestre
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