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En Lubiana siempre me alojo en el hotel Mons, ubicado en el parque Tívoli, un bosque en la capital de Eslovenia. El Mons es de cuatro estrellas. Normalmente se saldría de mi presupuesto si no fuera porque éste fue el lugar donde me alojé en mi primer viaje por estos parajes, allá por el 2009, cuando me dirigía a Asia Central. Eso lo ha convertido en un lugar de referencia. También me alojé en él cuando inicié mi viaje a Irak en el 2010, antes de iniciar la vuelta al mundo Ruta Exploradores Olvidados.

El edificio es polícromo y parece un cubo de Rubik. Rojos categóricos. El verde es muy verde. Azules sin discusión. Nada es tenue, difuso o vago. Los colores son absolutos. Es como alojarse en el tablero del parchís. Me rodean grandes cristaleras. Fuera restalla el bosque verdísimo y el cielo azulísimo. Una rubia muy rubia se sienta delante de mí dándome la espalda. El cabello rubio rubio recogido en una coleta rubia rubia. Come en silencio su aburrida cena acompañada de agua. Es una triste cena de ejecutiva de nivel medio en viaje de trabajo. Suena su móvil. Contesta con voz familiar. Alguien al otro lado se acuerda de ella. Pero aun así está triste. Creo que no sabe qué hacer con su vida pero que aún no se ha dado cuenta.

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Para que alojarme aquí no me arruine consiste en pedir rebaja (algo que hago siempre), a lo que suelen acceder. De 85 euros me lo bajan a 75 con desayuno. Un desayuno que por su calidad y cantidad realmente merece la pena ya que las viandas del bufé son extraordinarias. Con ese ágape matutino no tengo que comer nada hasta la cena. La otra consiste en acampar la noche antes en mitad del bosque a no mucha distancia. Así ahorro una pernocta hotelera pero puedo disponer de las comodidades del Mons desde bien pronto.

Mientras estaba en recepción un tipo vio la moto y mi pinta de motorista pordiosero y me preguntó con curiosidad si acaso yo había estado con los del One World One GS, ese proyecto que ha desarrollado BMW Motorrad Internacional para promocionar la misma moto que estoy usando yo.

—Sí—respondí—acompañé a la trouppe y a Stephani Rowe desde Barcelona hasta Italia.
—Lo he estado siguiendo—dijo él complacido—, vivo en Belgrado y tengo una GS 1200. Sueño con hacer un día lo que tú haces.

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Por la noche estábamos cenando y tomando una cerveza tras otra. El restaurante era luminoso pero cálido, de diseño pero también de calidad. Los precios, por supuesto, altos. Baratos en comparación con un establecimiento similar en Europa del Este, pues Eslovenia sigue formando parte del pelotón de los egresados del otro lado del Muro, pero aún así son demasiado caros para mí, que malvivo con la venta de libros y reportajes. Afortunadamente, invitaba Matías, que así se llamaba mi nuevo amigo. En realidad invitaba la empresa de tornillería alemana para la que trabajaba como formador de vendedores.

Pero además de una generosa tarjeta de crédito tenía una interesante historia que contar más allá de la común afición a las motos BMW y su sueño de recorrer el mundo.

—No quiero volver a Alemania. El gobierno no se mete en tu vida, ni hay tantas normas y reglas para todo. Es que yo me metí en líos de drogas en mi juventud. Tampoco es que tuviera una vida muy normal. Mi abuelo era un nazi y se fugó a Sudamérica. Cuando era niño, mi padre regresó a Alemania y allí montó una empresa. Fuimos ricos, pero se arruinó. Tuve que pagarme la universidad trabajando. Sé lo que cuesta el dinero, sin embargo, mi educación fue de familia adinerada. Por eso no soporto a los nuevos ricos del Este. Belgrado está lleno. Son los que montan en BMW. No me gustan. Creen que eres lo que tienes. Son arrogantes y patanes. Además infelices. Cada vez tengo más claro que el dinero no da la felicidad.

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—Por mi trabajo tengo que viajar mucho—continúo—. Y miro a la gente. La mayoría de quienes conducen coches de lujo tienen el rostro enfadado. Los que viajan en Trabant o Dacia parecen más felices.

Asentí. Entendía. Aunque sé que es injusto sentenciar que quienes conducen coches caros son más infelices que quienes no lo hacen, he de admitir que he observado muchas veces el mismo fenómeno. La pobreza no es causa de alegría, está claro, y sé que tener deudas es garantía de infelicidad, pero ¿cuántas veces el vivir con el agua al cuello es consecuencia de poseer cosas que al final acaban poseyéndonos a nosotros?

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