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Hace ya tiempo comenzamos un recorrido por el Principado de Mónaco que por esas cosas del día a día, nos quedó a medias. Hoy retomamos el paseo para terminar una visita que recomendamos plenamente.

Asomarse al glamur de un lugar como Mónaco nos permite espiar por unos minutos un mundo diferente. Caminando por las calles de Montecarlo, sabremos reconocer los “síntomas” del dinero aunque la ostentación aquí está castigada socialmente. Si se tiene dinero (y aquí viven muchos que tienen muchísimo dinero) se debe vivir con él y no demostrarlo a cada paso.
Pero se nota…

Se nota en los coches que esperan en cada semáforo, en los escaparates, en los uniformes de las empleadas de hogar que salen de los edificios, en los bolsos y abrigos que descansan sobre los respaldos de las sillas en las terrazas… Sólo es cuestión de saber mirar.

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Habíamos abandonado el recorrido en el extremo del Puerto de Mónaco donde se apiñan barcos de lujo, bares normales, tiendas de todo tipo. A partir de allí os sugerimos nuestro camino: subir hacia la parte “regia” del principado por el camino peatonal que trepa por la pendiente rocosa entre jardines, miradores y bancos de hierro y piedra estratégicamente colocados entre flores para apreciar las vistas al puerto y el Mediterráneo.

Si has cometido la locura de entrar al principado en coche, tendrás un acceso a través del enorme parking que ocupa las entrañas de este pequeño estado como si se tratara de un gigante queso gruyere. El complejo de parkings subterráneos que va desde los jardines de la Ópera (donde se pueden ver las ventanas de las escasas celdas de la prisión principesca) hasta la plaza frente al Palacio Real, superando varios metros desde el lugar donde dejas el coche hasta la calle con unas escaleras mecánicas rodeadas de tiendas, todo bajo tierra.

Es que Mónaco es un gigantesco queso gruyere, atravesado por vías y parkings subterráneos que forman una extensa red my curiosa de ver. Cruces, semáforos, tiendas, escaleras mecánicas y accesos a edificios… todo excavado en la piedra para robarte a la montaña un poco del espacio tan escaso al aire libre.

Parking y escalinatas llegan a la Plaza central frente al Palacio Real (foto del inicio). En el extremo este de la plaza del palacio se abre una pequeña explanada con vistas al puerto de Montecarlo. Un mirador ideal resguardado por los muros de defensa del castillo, con nos cuantos cañones de alguna guerra ajena, y la estatua de François Grimaldi a su entrada, al lado del acceso al parking subterráneo.

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La visita sigue por la plaza del Palacio Principesco. El edificio fue construido en 1215, sobre el emplazamiento de la fortaleza creada por los genoveses. La pequeña plaza no permite tener mucha perspectiva, de todas formas se trata de un palacio pequeño también, de muros color salón y balaustradas blanquísimas, en el que puerta principal parece fuera de escala… pomposa.

En la actualidad se pueden visitar algunas estancias, como, por ejemplo: su galería al estilo italiano y sus frescos del siglo XVI; el Salón Luis XV en amarillo y oro; el Salon Bleu en azul y oro; el Salon Mazarin cubierto de revestimientos de maderas nobles polícromos; la Salle du Trône adornada con una impresionante chimenea del Renacimiento; la Chapelle Palatine construida en el siglo XVII; la Tour Sainte Marie, de piedras blancas de La Turbie; la Cour de Honneur y su escalera del siglo XVII de mármol de Carrara de doble giro… Cierra desde el 1 de noviembre al 31 de marzo. La entrada cuesta 7 euros.

Cada día a las 11.55 horas se realiza un pintoresco Cambio de Guardia. Con toda la pompa que tanto gusta a los monegascos, una docena de guardias enfundados en impecables trajes, avanzan desde el cuartel de la fuerza pública (del otro lado de la plaza, a escasos 100 metros) entre el tronar de trompetas y el redoblar de tambores. Si lo quieres ver en primera fila, busca un lugar con media hora de anticipación ya que la multitud suele cubrir casi toda la plaza. El espectáculo dura unos pocos minuto (el tránsito se corta cada día durante 15 minutos) por lo que si estás por allí, vale la pena demorarte un rato y no perderte el show.

Recorre el frente del palacio hasta el extremo oeste de su plaza. Sobre el balcón de sus muros verás mas cañones (ideales para “la foto”) y mirando hacia abajo verás el pequeño y exclusivísimo puerto de Fontvieille y un poco más allá el estadio de fútbol del Mónaco justo en el límite con Francia (recuerda aquí que la frontera es sólo una calle: una acera es Mónaco y la de entrente, es territorio francés). Rodeando la plaza verás varias tiendas de souvenirs (a precios bastantes normales, por ser el lugar que es) y pequeñas calles que se abren desde la plaza.

Recorrer el corazón de la parte alta de Mónaco es caminar entre callejuelas angostas, bordeadas de elegantes edificios que parecen salidos de una tarta, de impecables ventanas con flores y puertas cerradas. Sin embargo, te encontrarás con restaurantes de lujo y también con comidas al paso, casas de recuerdos, y pequeños hoteles. Una de esas pequeñas puertas esconde al Museo de la ciudad: un par de habitaciones cargadas de monedas, trajes antiguos, muñecas de porcelana y memorabilia diversa del pequeño estado.

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Un poco mas adelante se llega a la Plaza de la Catedral. Al asomarte a ella verás el curioso edificio del Palacio de Justicia: construido con toba marina, piedra gris y porosa, con la que están hechas las murallas de Mónaco. Esta piedra contiene numerosas piedritas y cáscaras de moluscos. El busto del Soberano Honoré II que data de 1568 figura en una de las fachadas del Palacio. Una escueta esquina con escalinatas, balcones, ventanas, banderas, bustos y demás ornamentaciones.

Frente a él, la plaza florida con estupendas vistas al Mediterráneo y la escalinata que sube a la Catedral de San Nicolás. Construida en piedras blancas en 1875, este edificio de estilo romano-bizantino alberga las sepulturas de los difuntos Príncipes. Pero os visitantes pasan de largo frente a las lápidas de los muchos Honoratos, Luises y Carlos. Todos van derechito a las lápidas de los Príncipes Rainiero y Grace… especialmente a la de ella que siempre luce más iluminada de velas y siempre cargada de rosas, sus flores preferidas.

Siguiendo por la calle que pasa frente a la Catedral, se pasa por una serie de viviendas privadas que, se dice, son las de Carolina y Estefanía. Será difícil confirmarlo, ya que los altos muros, la vegetación y sobre todo los guardaespaldas, no hacen posible asomarse para espiar la casa de una princesa.

Así, por una angosta vereda por donde desfila un peregrinar de turistas alargando el cuello frente a las “casas de las princesas” llegamos al imponente edificio del Museo Oceanográfico. Fue inaugurado en 1910 por el príncipe Alberto I, siguiendo su pasión por el mar y la voluntad de dotas a Mónaco de una pátina cultural. Este monumento arquitectónico tiene una fachada impresionante e imponente encima del mar en el escarpado acantilado a una altura de 85 metros. El famoso Jacques Cousteau trabajó largos años en el museo, pero la relación entre el formal estado monegasco y el rebelde y ecológico Cousteau puso en aprietos mas de una vez a la diplomacia del pequeño principado.

Siguiendo el itinerario, volvemos a encontrarnos con las escalinatas del parque o la opción de volver al parking subterráneo. ¿Queda mucho por ver? Tal vez el pequeño estado tenga mas rincones que valga la pena conocer pero creemos que en esta escapada a Mónaco que proponemos aquí, hemos abarcado lo más importantes.

Para completar el recorrido, os aconsejo repasar la primera parte de estas 24 horas en Mónaco.


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Fotos | María Victoria Rodríguez

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