El día que fui a visitar la catarata donde murió Sherlock Holmes… y casi me electrocuto (II)

Sigue a

Funicular

Como os adelantaba en la primera entrega de este artículo, se nos ocurrió una idea para llegar antes a la catarata de Sherlock Holmes. Para acortar el camino, optamos por dejar de seguir el serpenteante sendero y cruzar campo a traviesa las partes menos inclinadas. Ello nos obligaba a pisar también los pastos de las vacas, que nos enfilaban con una mirada estólida mientras continuaban comiendo hierba, impasibles. Este tipo de ascensión, también nos obligaba a superar los cercos de alambre de los pastos.

¿Sabéis lo que es la “enfermedad del alambre”? Dicha enfermedad está provocada por los restos de alambre, grapas y clavos que tragan las vacas cuando comen. Para tratarlas se les administra un imán. El imán se sitúa en la primera parte del estómago y permanece ahí toda la vida de la vaca. Como si las vacas fueran cyborgs. Vacas Terminator que, en cualquier momento, fueran a mugir “sayonara, baby”. O “volveré”.

Cada vez que debíamos superar un cerco de alambres, más o menos seguíamos el mismo procedimiento. A saber: yo tiraba hacia arriba del alambre, todo lo que podía, y mis compañeros de viaje pasaban por debajo inclinando la espalda (también cabía la opción de hacerlo como si bailaran el Calipso, pero no era plan). Finalmente, cruzaba yo con un hábil quiebro de cadera. Pues bien, la enésima vez que nos enfrentamos a un cerco, las cosas no sucedieron de la misma manera. De hecho, todo pasó de una manera totalmente diferente. Fue así: agarré con ambas manos el alambre, transcurrieron uno o dos segundos, y entonces sentí cómo me electrocutaba y mi corazón amenazaba con implosionar.

Seguramente el calambre que sentí no fue para tanto, pero el espanto de creer que iba a morir allí agarrado, como un espantapájaros al que le han prendido fuego, provocó que lo magnificara todo. Al sentir cómo los electrones ascendían por mis brazos y se refocilaban por todo mi cuerpo, me proyecté contra el cuerpo de uno de mis compañeros de viaje dando un alarido o graznido muy poco humano, y también muy poco digno. Mi compañero me recogió al vuelo como si yo fuera una pobre damisela que hubiese caído del caballo, aunque yo me sintiese un monstruo de Frankenstein que regresaba de los muertos por obra y gracia de un rayo.

fotosuiza Allí en pequeñito estoy yo
Entre jadeos, sudoroso y tembloroso, comuniqué a mi compañero que había vislumbrado la guadaña de la Muerte. Mi compañero, por supuesto, se carcajeó con tantas ganas que se les escaparon un par de lagrimones. Y yo, sabiéndome vivo, hice lo propio. “Estoy vivo… vivooo”. No necesité un estetoscopio que me auscultara el ritmo cardíaco para constatar que el corazon me estuvo bailando cha-cha-cha durante un buen rato a causa del miedo que había pasado. O eso o es que la trombosis coronaria estaba cerca.

Hasta aquel día, no tenía conocimiento de los cercos eléctricos para contener los animales de granja (sí, soy un urbanita, qué le vamos a hacer). Los cercos eléctricos actúan como barrera psicológica antes que de barrera física. Cuando el animal toca el alambre galvanizado, recibe un pulso eléctrico que le hace retroceder. Pero después de recibir unas pocas descargas, en el animal queda memorizado que por allí no puede pasar, que naranjas de la China y todo eso.

Así pues, no hace falta poner demasiados alambres, ni decorarlos con cintas o cuerdas de llamativos colores. Una vaca que está cercada por alambre electrificado puede estar famélica pero jamás intentará ya acercarse a las crenchas de hierba que crecen al otro lado del cerco. El pastor, incluso, podría desmontar los cercos, quitando las estacas y el alambre, y las vacas, igualmente, no osarían cruzar esa línea imaginaria.

Las vacas se acordarán del punto exacto donde se extendía el alambre, así como sus efectos indeseados. Ya se sabe, la letra con sangre entra, al menos en el mundo de las vacas. El voltaje que se emplea no es demasiado alto, sólo es disuasorio: no se trata de condenar a la vaca a la silla eléctrica. Pero es lo suficientemente insidioso como para desalentar a la vaca de abandonar su pasto cercado. Una lección que yo, que no era una vaca, también había aprendido perfectamente. No volveríamos a transgredir las fronteras de un cerco para animales de granjas. Nunca más.

rotura
Así pues, superamos los cables como si fuéramos Ethan Hunt en Misión Imposible. Como si los cables fueran un láser que, al mínimo contacto, activaran la alarma del banco. Era tal la fobia que le teníamos a esos cables que no nos importaba arrastrarnos por el suelo cuan largo éramos, pringándonos de barro, al estilo de reclutas superando alguna prueba física en el campo de entrenamiento. Cualquier cosa antes de volver a sentir aquel chispazo.

Sin embargo, tanta contorsión me originó un problema. Aquella mañana, mi pantalón había amanecido con una diminuta fisura en la zona de la entrepierna, allí donde empieza la costura de la bragueta. Después de superar el último cerco galvanizado, oí un ¡ras! y la diminuta fisura se trocó en una brecha. Más bien un raja que iba desde el inicio de la costura de la bragueta hasta casi la altura de la rodilla, hasta la corva. El pantalón se me abría de tal manera, según cual fuese mi posición, que literalmente me exhibía al mundo como si estuviera haciendo un striptease. No sólo mostraba gran parte de mi muslo sino también una sección de mis calzoncillos.

Tenía otro pantalón de recambio, por supuesto, pero estaba doblado en un armario de la autocaravana, de modo que mi única opción era continuar el viaje hacia la cascada de Sherlock Holmes enseñando mis encantos. Como si fuera Hulk, pero al revés: a Hulk se le hace jirones toda la ropa menos los pantalones, a mí sólo los pantalones. El lado positivo de aquello es que ahora tenía un excelente sistema de refrigeración.

En la tercera y última entrega de esta serie de artículos sobre la cascada de Sherlock Holmes, por fin llegamos a la catarata. O eso espero.

Fotos | Wikipedia

Los comentarios se han cerrado

Ordenar por:

1 comentario