El día que fui a visitar la catarata donde murió Sherlock Holmes… y casi me electrocuto (y III)

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Tal y como os explicaba en la anterior entrega de este artículo, continuamos ascendiendo por el zigzagueante camino, a veces superando escaleras de piedras o de madera, tan legamosas que nos veíamos obligados a agarrarnos a unas maromas que habían dispuesto allí a modo de barandillas. La humedad era tan elevada que sudábamos más que de costumbre (aunque gracias a mi sistema de refrigeración yo lo hiciese menos). El desnivel, en ocasiones, era terrible. Así que a veces debíamos detenernos para recuperar el resuello.

Incluso, en algunos tramos, escondidos entre el follaje, había bancos de madera para tal efecto. Otros tramos del camino eran tan frondosos que el sol no conseguía llegar al suelo, así que el camino se hacía oscuro y tenebroso, y la temperatura bajaba ostensiblemente, también gracias a la película de sudor que nos cubría el cuerpo.

cascada2Por fin, después de unas tres horas de ascensión, llegamos a un precipicio estrecho que estaba orientado a la cascada de Reichenbach. Tal y como nos habían puesto en antecedentes, el caudal de la cascada no era muy caudaloso, pero, con todo, las vistas eran espectaculares y el ruido, ensordecedor. Nos asomamos tímidamente al abismo, y la altura que descubrimos fue considerable. Lo suficiente como para matar a cualquiera. El torrente de agua, procedente del deshielo, levantaba una nube de espuma desde el fondo, provocando la ilusión de que el agua estaba hirviendo. Conan Doyle lo describe así:

Un espectáculo grandioso. El torrente, engrosado por el deshielo, se precipita al abismo, levantando tales nubes de espuma que semejan la humareda de un incendio. La chimenea de donde surge este humo forma una brecha que se estrecha pronto para ensancharse luego en una cavidad insondable, donde las aguas se arremolinan, ora blanquean las paredes y ora las dejan de su negra y resbaladiza desnudez. El largo curso de aguas esmeraldas rugiendo siempre en su caída y la fina y rápida cortina de agua con un continuo siseo ascendente consiguen que un hombre pierda la cabeza, con su imparable ronroneo y su clamor.

En la pared de roca, descubrimos una placa conmemorativa que consignaba que aquel lugar fue donde se produjo el enfrentamiento final entre Holmes y Moriarty, el 4 de mayo de 1891. Mi compañero de viaje y yo nos arrogamos el papel de Holmes y Moriarty, respectivamente, y fingimos forcejear en el borde del precipicio. En aquella batalla no compareció Watson, pues había sido enviado a Davos para tratar el caso de una mujer aquejada de tisis. A la esposa de Doyle, Louise, también le habían diagnosticado aquella enfermedad, así que cabe pensar que el novelista, que también era médico, se había culpado de no haber diagnosticado la enfermedad de Louise antes de que empezara aquel viaje a Suiza.

Según Charles Higman, el biógrafo de Doyle, lo más probable es que la muerte de Holmes fuese provocada indirectamente por Louise, que reclamaba cada vez más tiempo de su marido. Además, la muerte de Holmes precisamente en aquellas cataratas era deliberada: la visita que hizo a las cataratas con Louise había empeorado su enfermedad.

En los años 1980, Granada TV, una productora británica, rodó la que posiblemente sea la mejor adaptación a la pequeña pantalla de las aventuras de Sherlock Holmes. La serie estaba protagonizada por Jeremy Brett, al que considero el Holmes más ajustado a la realidad que nunca he visto. De hecho, tal vez influenciado por el método Stanislavsky, Brett se introdujo tanto en el papel de Holmes que acabó creyéndoselo de verdad.

sherlockContemplar a Brett en pantalla es fascinante, casi hipnótico: su cara no deja de hacer muecas, liberar tics nerviosos, fruncir entrecejos, aprisionar labios, lanzar miradas sagaces… su cara no deja de cambiar, moldeando las emociones, como si fueran las nubes de un cielo turbulento. Con los años, Brett acabó desquiciado, vagabundeando por las calles, probablemente debatiéndose entre su personalidad real y el personaje que de Baker Street. Pues bien, el capítulo titulado El problema final también fue rodado en estas localizaciones.

Aunque la caída de Holmes y Moriarty no fue exactamente filmada en la cataratas de Reichenbach sino en las inmediaciones. Con dos maniquíes.

Finalmente, desandamos el camino y, afortunadamente, no volví a electrocutarme. Eso sí: a punto estuve de caer de bruces en un par de ocasiones. Y, por hoy, bajo el telón.

Fotos | Wikipedia

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