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Los libros de viajes conforman un género literario que ha gozado de una enorme popularidad durante siglos, pese a que su definición sigue resultando difícil. Por lo general se entiende como libro o relato de viajes el que se ajusta a una o más de las siguientes características: relato no ficticio escrito en primera persona del singular (o plural) que describe un viaje a través de un país extranjero con numerosas observaciones sobre el paisaje, la geografía, la flora, la fauna, los habitantes, el modo de vida, la historia y las costumbres sociales del país.

Además de toda esta información objetiva, el libro de viajes cuenta invariablemente una aventura. A menudo se basa en los emocionantes incidentes del itinerario o los dramas históricos relacionados con las localidades visitadas por el narrador. Otra sólida tradición del género es la nostalgia romántica del Edén perdido, desterrado en Occidente por la industrialización, pero aún discernible en las gentes y los paisajes de lugares remotos. En estos casos, y como suele ocurrir con las crónicas de los conquistadores y descubridores, cuyo relato es en principio no ficticio, lo literario y la imaginación desbordante de sus autores hacen que los datos reales e históricos se entremezclen con descripciones próximas a la ficción literaria.

La idea de un viaje por tierras desconocidas ha resultado sumamente atractiva para los escritores desde los orígenes de la literatura occidental. El ejemplo arquetípico es la Odisea, la epopeya homérica del siglo IX a.C. que narra el largo viaje de Odiseo desde Troya, una vez terminada la guerra, hasta Ítaca, su isla natal.

Los escritores no han sido los únicos fascinados por el tema del viaje; también el público europeo ha acogido siempre con entusiasmo cualquier descripción de lugares o personajes exóticos. Gran parte del atractivo y la vitalidad de la que gozan las obras del historiador griego Heródoto, desde el siglo V a.C., reside en sus descripciones de primera mano de las observaciones realizadas durante sus viajes por Asia Menor, el norte de África y la región del mar Negro.

La obra que más ha contribuido a configurar el libro de viajes moderno y que ha generado el mayor número de imitadores ha sido Libro de las maravillas del mundo, de Marco Polo, una de las obras más difundidas durante la edad media y uno de los libros de viajes más famosos de todos los tiempos. Al aragonés se tradujo entre 1377 y 1396, y Juan I de Castilla ordenó su traducción al castellano en 1385. Narra la misión de un noble comerciante veneciano del siglo XIII en la corte china del emperador mongol Kublai Kan. Mediante una lograda combinación de aspectos sociales, hechos históricos y leyendas, como la descripción de hombres con rabo y cara de perro, esta obra proporcionó a Europa una valiosa información sobre el Lejano Oriente y la sociedad china, al tiempo que reavivó el interés de los europeos por los viajes.

Libro español de viajes es Liber Sancti Jacobi, una compilación del siglo XII atribuida a Aymerico Picaud sobre el Camino de Santiago, en el que se recogen descripciones de lugares, así como relatos, homilías y oraciones. Pero quizás el más interesante y novedoso sea el del andaluz Pedro Tafur, Andanças e viajes de un hidalgo español (1454). Es el diario de un comerciante por los países del Mediterráneo.

No es mera coincidencia que uno de los periodos de mayor popularidad del relato de viajes fuese precisamente la época de la expansión colonial y el desarrollo científico en Occidente. El género satisfacía plenamente las preocupaciones de la Europa del siglo XVII. Los libros de viajes, con sus historias ambientadas en tierras lejanas, habitadas por gentes exóticas y que reflejan otros modos de vida, lograron satisfacer el apetito de un público ávido de novedades y ansioso por descubrir nuevos horizontes. Destacan así las cartas de exploradores como Hernán Cortés, que ofreció a Europa una primera y seductora visión del extraordinario Imperio azteca mexicano. El Viaje a Turquía (1557), atribuido a Cristóbal Villalón, es un libro original en el que un condenado a galeras dialoga sobre lo que ha visto y la filosofía de la época.

A lo largo del siglo XVIII, y sobre todo durante el reinado de Carlos III, la Corona española impulsó buen número de expediciones científicas, que sus protagonistas recogieron en sendos libros de viajes, como los de Jorge Juan y Santacilia, Malaspina y Alexander von Humboldt, a la vez que enriquecían el conocimiento científico de la realidad americana.

El libro de viajes, sin embargo, satisfacía algo más que una simple curiosidad de sillón. Este tipo de obras aportó a Europa una importante información práctica sobre geografía, navegación, rutas terrestres, productos comerciales y mercados potenciales, información que resultó sumamente valiosa para las aventuras comerciales y militares emprendidas por los europeos. Constituye un ejemplo significativo el Viaje por Marruecos del español Alí Bey, seudónimo del aventurero Domingo Badía, que en sus libros contó las experiencias de sus viajes por el norte de África como enviado de Godoy en misión diplomática secreta.

En la ciudad de Lima, en la época virreinal, se publicó en 1775 una obra anónima, Lazarillo de ciegos caminantes, en la que su autor narra, con toda clase de detalles, un viaje de Montevideo a Lima, con la descripción de las costumbres, curiosidades y datos que va encontrando, entre los gauchos y las comunidades negras, a lo largo de su camino. Tampoco faltaron las reseñas culturalistas que hicieron los intelectuales ilustrados sobre países y ciudades que consideraban más civilizados que el propio, como los retratos que hizo sobre Italia o Londres Leandro Fernández de Moratín. El romanticismo cultivó el género con extraordinario entusiasmo por todo lo que ofrecía de exotismo e idealización. Ciertamente no son libros realistas; es la anécdota, lo folclórico, el tópico lo que se busca y consolida. Stendhal, Mérimée, Lord Byron son algunos de los ejemplos más notables.

Vía | Encarta 2006

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