
Hace dos años que estuve en esta ciudad, en plena celebración del Holi, pero esta vez no me moveré del hotel hasta que no pase el jaleo, tengo toda la ropa llena de colores y cuando me sueno la nariz…¡sale más color! Necesito descansar.
Por la tarde la ciudad está muy tranquila y lo mejor es visitar sus calles. Todos los habitantes están descansando de una mañana de festejo, muchos acuden poco a poco a los ghats. Paredes y puertas llenas de polvos rosas, el agua de las acequias de color bermellón…agua que va a parar al este río.
Y allí me dirijo, al río sagrado, la gente está lavando sus ropas y sus pieles, intentando quitarse los colores de la celebración. Los monos se acercan a robar lo que más les llama la atención, la comida, las flores de las ofrendas y las gafas de sol que llevamos en la cabeza los despistados turistas.
Los perros están pintados de colores también y a esos no los lava nadie, pobrecillos, están llenos de pulgas y garrapatas, con sarna, sucios y desnutridos, pero no he visto aún a ningún hindú pegar a un animal y eso les honra, aunque sea por cuestiones religiosas.
Para disfrutar del relax y la calma, lo mejor es dar un paseo en una barca típica, descalzos, a la sombra de la cubierta de lona. El agua está marrón pero a los niños parece no importarles y juegan y se bañan en el río. Un señor muele algo parecido a la henna marroquí, otro repite unos mantras sin respiro. La vida en la orilla del río empieza a animarse.



