El viaje hasta Haridwar ha sido agotador y aunque estamos molidos dejamos el equipaje en un hotel que elegimos casi a ciegas, (gracias a nuestro chófer el hotel no está mal), y nos dirigimos hacia los escalones que dan al río, los Ghats, desde donde los fieles se bañan y donde se reúnen todo tipo de personajes, shadus, santones, peregrinos, familias, yoguis.... la variedad de gentes y el color se meten en nuestras retinas, empezamos a respirar la India por los cuatro costados.
Un paseito, algo picante de cenar y a dormir, aunque eso va a ser difícil con el ruido de los trenes que llegan cada dos horas a la cercana estación. Vienen abarrotados de gente que llega hasta esta ciudad y lo que representa, el cansancio se hace cada vez mayor, lo que me deja inconsciente, por fin, en la cama.
De nuevo es de día, son aproximadamente las seis de la mañana y el ruido en la calle es insoportable, los altavoces llaman al rezo, los coches pitan y los carros tirados por bueyes con el gentío al rededor, lo llenan todo. Decidimos entrar en uno de los campamentos que están dentro del pequeño pero pletórico Haridwar, el campamento de los shadus.






