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A unos kilómetros de Mathura, aunque en coche por estas carreteras esto puede suponer horas, llegamos a Falen. Un pequeño pueblo donde no hay turistas, a nuestro chófer le cuesta encontrar el camino ya que para acceder hasta el pueblecito lo hacemos por un camino de cabras…o casi.
Esta pequeña población se va llenando según pasan los minutos, la gente llega en sus motos, donde cabe toda la familia; padre conduciendo,niña delante, madre detrás y entre ella y su padre otro pequeño, en camiones, burros, bicicletas, carros tirados por bueyes y andando, como no.
En la polvorienta entrada del pueblo comienza a formarse una romería, mujeres y hombres con sus puestecillos de comidas venden desde algo parecido a nuestros churros a dulces de todos los colores, golosinas, los niños se acercan hasta una feria con columpios y norias, es un hervidero de personas, animales, polvo y olores.
Salimos del coche y comienzan a rodearnos, nunca me he sentido tan observada como aquí, somos raros, muy raros, blancos, mujeres con pantalones y eso que yo llevo un pañuelo al uso hindú para no llamar mucho la atención, nos hacen miles de fotos con el móvil cerrándonos cada vez más el circulo, casi no veo lo que hay detrás de ellos, vamos, no veo nada más que cabezas morenas de pelo liso.
El asedio es tal que no puedo pasear por las calles de Falen, me persigue una corte de muchachos móvil en mano con mucha curiosidad, me dicen cosas que no entiendo, se ríen… no puedo disparar una foto sin que salga alguno de ellos por medio, me enfado y vuelvo a el patio de la casa donde nos han acogido, a nosotros y a nuestro coche con el chófer.
En esta casa se reúnen varios hombres al rededor de una mesita, están bebiendo chai. Las mujeres se asoman tímidamente de otro patio más pequeño, al otro lado de la casa, están limpiando ropa, pero dejan sus tareas para conversar con nosotras. Son amables y divertidas, creo que están alucinadas con el jaleo que hemos levantado nosotros, los turistas.
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