Uno de nuestros lectores fieles ha vuelto de sus vacaciones en Rumanía y ha querido compartir sus experiencias con todos nosotros. Ésto es lo que nos cuenta Jorge:
Visitar Transilvania tras las huellas de Drácula; qué tópico parece de no ser porque decir esto también es tópico. El caso es que cuando uno sale del aeropuerto de Bucarest y lo primero que se encuentra es un gran anuncio de la Banca Transilvana le entran ganas de reir y hacer una apuesta sobre cuántas referencias al vampiro más famoso va a encontrar a lo largo de su estancia. Al principio, salvo las ruinas de la Curtea Veche, no parecen abundar y hay que recurrir al chiste fácil tipo “He olvidado el ajo y las estacas”.
Sí que pueden inspirar un poco más los pueblos que se van dejando atrás por las temibles carreteras nacionales, compuestos siempre por casas rurales unifamiliares (es un decir), todas con su pozo de rueda, su característico tejado quebrado, su provisión de leña para soportar el crudo invierno y sus humildes habitantes persignándose enfáticamente ante las innumerables cruces que jalonan los caminos. A menudo la aldea también tiene el cementerio dentro del callejero. Y es que un camposanto rumano son palabras mayores. Recorrer el país significa ver docenas de ellos; en algunos casos se incorporan al turismo incluso involuntariamente: el museo de iconos sobre cristal de Sibiel, por ejemplo, se alza en medio de uno, rodeado por tumbas.








