
¿Cuántas veces has sentido que la compañía aérea que te transporta no te atiende bien? No te escucha, no se preocupa por darte ese plus de atención que todos esperamos. El caso de “la maleta de Carlos Baute” nos lleva a la conclusión de que la buena voluntad del pasajero suple las deficiencias del servicio.
La resignación a recibir lo mínimo nos lleva a pensar que, con que nos trasladen y lleguemos a destino mas o menos en tiempo y forma, es suficiente. Y no lo es. Como no lo es cuando debemos esperar que la empleada deje de hablar por el móvil para dignarse indicarnos dónde está tal cosa (porque ya sabemos que no se esforzará en traérnosla).
La anécdota de “la maleta de Carlos Baute” es simple y no me detendré a relatarla en detalle aquí porque uno de sus protagonistas lo hace magníficamente y te dejamos el enlace para que lo leas: No si mi internet. Se trata de uno de esos malentendidos que suelen ocurrir con las cintas de equipaje, las maletas parecidas y la desidia del personal de la compañía aérea.






