Monte Nemrut, cabezas de piedra gigantes en un santuario Patrimonio Mundial UNESCO

Me atraía misteriosamente aquel monte con cabezas de piedra gigantes en su cima. Que fuese Patrimonio Mundial UNESCO era solo un añadido más que me daba alguna pista sobre la importancia histórica y cultural de aquel enclave plantado en la cima de una montaña de 2.150 metros de altitud, en la zona sureste de Turquía, limítrofe con el kurdistán turco.

El Monte Nemrut es un destino muy popular durante los meses de Julio y Agosto, cuando los turistas salen a observar al amanecer y el atardecer en excursiones organizadas desde el pueblo cercano de Kahta o el de Malatya. A mediados de Diciembre, cuando yo fui, allí no quedaba ni el apuntador. Ni había excursiones organizadas ni se las esperaba, así que me tocaba sacarme las castañas del fuego para encontrar mi camino hasta lo alto del gran Nemrut Dağı.

En el año 62 a.C., el rey Antíoco ordenó decapitar la montaña, cercenar su cumbre y crear una inmensa terraza para forjar su santuario y túmulo funerario. Allá en lo alto, cerca de los dioses y tan alejado del mundo terrenal como le era posible. Sus delirios de grandeza y/o su genialidad política le hicieron auto proclamarse un dios entre los vivos, creando un nuevo culto religioso e impulsándole a erigir estos gigantes de piedra que simbolizaban a él mismo entre los propios dioses.

Justo en el centro del complejo se emplazaría a posteriori su propia tumba, que habría de ser recubierta por piedras del tamaño de un puño, millones de rocas que conforman a día de hoy un túmulo de forma cónica con 50 metros de altura y 150 de diámetro, coronando la montaña y ocultando supuestamente el mausoleo en su interior. A simple vista, desde lejos, podría parecer la cima de una montaña más, hasta que al acercarte compruebas su forma demasiado perfecta, diseñada y levantada por la mano del hombre. De muchos hombres.

Cabeza del dios Apolo en el Monte Nemrut

Los "Tronos de los Dioses", como el propio rey Antíoco los denominó, estarían basados en unos cimientos que jamás serían derribados, según también sus propias palabras. Las estatuas se repartían en dos terrazas diferenciadas, una al lado este y otra al oeste del propio túmulo funerario. En ambas localizaciones se hallaban los dioses Apolo, Heracles, Tyche, y Zeus, entremezclados con la figura del propio rey, que se asimilaba en dimensiones y grandiosidad a los propios dioses. Originariamente, sentadas en sus tronos, alcanzaban los ocho o nueve metros de altura; pero ahora, muchos terremotos después, la naturaleza terminó por arrojar las cabezas de los dioses al suelo. Allí esparcidas son observadas más fácilmente, de tú a tú, aunque sin perder por un instante la magnificencia y el poder sobrecogedor, casi intimidatorio, de aquellas cabezas de piedra de entre dos y tres metros de altura.

Me dirigía a Karadut, un pequeño pueblo a doce kilómetros de la mismísima cima del Monte Nemrut, donde la mitad de sus casas se habían convertido ya en alojamientos turísticos. En Diciembre no había absolutamente nadie, yo era el único visitante, y pude negociar un precio ventajoso: 20 euros por habitación individual, cena y desayuno. Desde Diyarbakir, capital no oficial del kurdistán turco, me subí a un mini-bus en dirección a Kahta. Me apeé en el cruce de caminos donde se encontraba Narince, un pueblo de carretera donde me recogería el propietario del hostal. 20 kilómetros, cinco euros, fue el precio a pagar. Ya estaba en Karadut, y al día siguiente comenzaría la aventura.

El único momento en el que se despejó la niebla, dejaba impresionantes vistas

Para mi desgracia, por la mañana las nubes arrojaban rayos y centellas sin sucesión de continuidad. Así me quedé durante horas esperando, meditando, aguardando mi oportunidad, que llegaría tres horas más tarde. Salió el sol y comencé a caminar los suaves doce kilómetros de subida bajo un sol abrasador que cuando se ocultaba hacía hueco a un estremecedor viento congelado. El único vehículo que me adelantó en dos horas fue un pequeño utilitario en el que viajaban dos turcos que pasaban por allí cerca, en viaje de trabajo, y habían decidido escaquearse para visitar el famoso monte. Pararon y me trasladaron hasta el parking más arriba, justo a 600 metros de las esculturas.

Estaba todo nevado, nieve fresca de la tormenta de esa misma mañana, y el paseo no fue sencillo pues las escaleras de piedra allí instaladas resbalaban sobremanera. No obstante alcanzamos la cima, sumidos en una bruma que no dejaba ver más allá de cinco metros de distancia, golpeados por un frío atroz. De repente, los dioses. Nada más que los dioses, pues se encontraban únicamente rodeados por el intenso blanco de la nieve fresca y la niebla espesa. Durante unos minutos salió el sol y pude disfrutar de cierta claridad, del paisaje de vértigo que reinaba muchos metros más abajo y de la grandiosidad de aquellos gigantes decapitados. Nada que ver con las imágenes de las excursiones de verano, aquello era mucho mejor, viva la temporada baja.

La entrada al monte cuesta tres euros. Los tours desde Kahta cuestan entre 40 y 50 euros dependiendo de la duración y los sitios alternativos a visitar, pues hay algunas ruinas menores esparcidas por las cercanías. Se puede llegar en coche al aparcamiento de la cima, y desde allí caminar 20 o 25 minutos hasta las explanadas donde se encuentran las esculturas. Incluso en verano hace fresco en la cima, y no se recomienda ir entre Octubre y Mayo, aunque yo te recomiendo lo contrario si lo que quieres es vivir un mágico momento de calma y paz con los dioses de piedra. Eso sí, ve bien equipado.

Fotos | Juan Alberto Casado En Diario del Viajero | Zhangye Danxia, las montañas de colores En Diario del Viajero | Curiosidades de Turquía En Diario del Viajero | Curiosidades de Turquía (II)

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