Viajar a Japón: Miyajima

Si decidimos visitar Hiroshima es casi una obligación acercarse a Miyajima, una isla sagrada a la que se puede acceder tras unos minutos en ferry.

Desde el mar, las vistas del templo Itsukushima Jinja, con su tori flotante –puerta al templo-, están consideradas uno de los paisajes más bellos del archipiélago japonés.

Al tratarse de una isla sagrada, antiguamente estaba prohibido nacer, parir y morir en ella, por lo que las mujeres tenían prohibido el acceso y los ancianos eran evacuados para que fallecieran en cualquier otro lugar.

En Miyajima, además de un fastuoso templo que parece flotar sobre el agua cuando la marea está alta, también hay un único y pequeño pueblo que conviene visitar por diferentes razones, tales como los artesanos que muestran su variado trabajo a los turistas y las innumerables delicias culinarias que, al igual que las vistas, se quedarán para siempre en la memoria del viajero.

Las ostras son sin lugar a dudas el sello de la isla y, con toda seguridad, lo que más sorprenderá al turista occidental acostumbrado a comerlas al estilo francés. Los japoneses las cocinan de multitud de formas, pero personalmente sugeriría probarlas rebozadas. Se trata de un plato delicioso, crujiente en su exterior, meloso y suave en su interior, que gustará a todo el mundo, incluidos los que detestan las ostras.

Aunque puede que lo más espectacular sean las galletas con forma de hoja de arce que se fabrican por todo el pueblo, a la vista de los paseantes, sirviéndose de unos artefactos muy curiosos. Las tradicionales están rellenas de pasta de judía roja dulce, pero en la actualidad también se pueden encontrar rellenas de chocolate o queso – aunque me temo que los japoneses todavía tienen que perfeccionar mucho su chocolate -.

Paseando por la playa, por los alrededores del templo o por el castillo, se encuentran una gran cantidad de ciervos que se cruzan de forma natural con la gente, al igual que ocurre en Nara. Hay que tener cuidado con ellos porque, acostumbrados a que les ofrezcan comida, son capaces de morder y llevarse cualquier cosa que tengáis descuidadamente en las manos, aunque no sea comestible, como un mapa, algo de ropa…

Pese a esto, la presencia de los ciervos es muy agradable, puesto que se dejan acariciar, no son nada violentos y reflejan la armonía del encuentro entre la vida salvaje y la civilización.

Los más deportistas pueden subir a la montaña sagrada de la isla, Misen san, a cuya cima se llega en unas dos horas andando y desde la que se puede ver el precioso paisaje del templo y el mar.

En la cima hay una importante colonia de monos que justifican por si mismos la excursión, pero, a diferencia de los ciervos, es importante no acercarse a ellos ya que pueden ponerse violentos.

Por último, si seguimos el camino de la montaña un poco más, llegaremos a un grupo de pequeños y preciosos templos construidos en honor a Kobo Daishi –un famoso monje budista, pintor y poeta-.

En uno de estos templos hay una llama que, según cuentan, lleva 1.200 años encendida y que cura las enfermedades de aquel que se tome un té de la tetera que cuelga sobre ella, según una antigua leyenda.

La magia que envuelve la isla de Miyajima, con su mezcla de naturaleza en estado salvaje y civilización, la transforma en un enigmático destino, casi obligado para todos aquellos que gustan de los contrastes sin estridencias.

Existe algo de espectacular en los paisajes de esta isla que difícilmente queda plasmado en las fotografías: hay que estar allí, hay que pisarla para verlo.

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