Marte está en la Tierra: recorrido en tren minero por el río Tinto

Imaginad que una noche, mientras conducís bajo un manto negro salpicado de estrellas, os preguntáis ¿cuánto tardaría en llegar a Marte si piso a fondo? Bien, si soslayamos algunos problemas técnicos y físicos, y acelerarais, por ejemplo, a 193 km/h, llegaríais a Marte transcurridos 134 años. Dejad que la cifra se pose en vuestra consciencia: 134 años conduciendo sin parar a máxima velocidad. No es un viaje viable porque no podríais detener en coche ni para hacer un pis, así que mucho menos para dormir. Y, bien, moriríais en el camino, eso también.

Como llegar a Marte, pues, es todavía cosa del futuro, hay otra alternativa. Ir a un lugar de la Tierra que parece Marte. De hecho, no hay que irse muy lejos: es un lugar que está en España. Es un lugar que podría funcionar como escenario para Desafío Total (la buena, la de Schwarzenegger). Un lugar que ha visitado la NASA para averiguar cómo podría prosperar la vida en el planeta rojo. Ese lugar es el río Tinto, en la provincia de Huelva.

Tierra roja, vino tinto

Lo primero que piensas cuando estás caminando sobre los terrenos cobrizos del Parque Minero de Riotinto es que apetece lucir pañuelo al cuello, igual que John Wayne en Río Bravo. O que no te sorprendería nada de nada ver indagando a la sonda Curiosity de la NASA, la que fue al planeta rojo. Mirad la siguiente estampa y decidme si es Marte o la Tierra. Imposible saberlo (pista: es la Tierra).

Es la Tierra, es un pedazo de la piel de toro coloreada en rojo technicolor por obra y arte de unos microorganismos que aquí pululan. Solo así se ha obtenido un escenario en clave bigger than life, gracias a unos seres vivos que no pueden verse a simple vista por su tamaño microscópico. Concretamente, las bacterias Acidithiobacillus ferrooxidans y otras son las responsables de oxidar los yacimientos de minerales como la pirita y calcopirita.

Pero esto no es nada. La verdeara obra de arte natural que producen estos microorganismos en el río Tinto, un río que, como su propio nombre indica, parece estar lleno de vino tinto en vez de agua.

La primera vez que vi el río delante de mí puse cara de alucine. Justo después, le di a un click derecho mental… guardar como… en la carpeta JPG de Imágenes que no Quiero Olvidar Jamás… aceptar.

El río, en su nacimiento, es rojo como la grana. A medida que transcurre hasta la desembocadura, deja de ser un color plano como el del Simón para adquirir matices que cambian de tonalidad progresivamente. Más tarde, el río deriva del vino tinto a una suerte de barro líquido, plastilina marrón. Uno puede acercarse a la vera del río y tocar sus aguas. Pero cuidado, si vuestra ropa se mancha con ese agua, entonces nada podrá limpiar la mancha (de hecho, una pequeña salpicadura podría ser un buen souvenir).

Lo que hice fue meter el dedo índice con cuidado (aunque me habían dicho que no había peligro, previamente nos explicaron que el agua contiene ácido sulfúrico, lo que me invitaba a pensar obsesivamente en esa sangre de la película Alíen que todo lo corroe). Al sacarlo, el dedo estaba un poco cobrizo. No había sentido nada especial. Pero al acercarlo a mi nariz, olía a metal. No en vano, estas aguas tienen una gran concentración de metales pesados como el hierro, el cobre, el cadmio o el manganeso.

Pero ¿cómo podemos visitar este lugar tan extraño? ¿Por dónde empezar?

Peña de hierro

Una de las opciones para empezar a visitar este lugar como de otro mundo consiste en internarse en las entrañas de la mina Peña de Hierro, de donde se obtiene el cobre que ha regado de riqueza la provincia hasta hace poco (y que en lo sucesivo, presumiblemente, volverá a hacerlo). Olvidaos de minas subterráneas, intestinas, oscuras y calurosas. Las minas de peña de Hierro son, en su mayoría, a cielo abierto. Los trabajadores rascan la corteza a través de voladuras, extrayendo así las piritas, que posteriormente se someten a tratamientos físicos y químicos para obtener cobre o azufre, entre otros.

De hecho, los habitantes de la zona usaban estas explosiones, que hacían vibrar hasta los cristales de las ventanas de sus casas, como reloj o metrónomo: debido a la precisión de los trabajso, una explosión coincidía con la hora de salida del colegio, por ejemplo, otra con la hora de ir a comer, etc. Aquellos estrépitos funcionaron durante décadas como un campanario a lo bestia, y pronto volverán a hacerlo.

El visitante puede aquí adentrarse por antiguas instalaciones, como una galería minera de 200 metros, así como acercarse al nacimiento del río Tinto. Estamos en un lugar único no solo por su estética. Aquí se encuentra el mayor yacimiento de cobre del mundo.

La mina de Peña de Hierro, a 3 kilómetros de Nerva y a 10 km de Riotinto, es una mina pequeña si la comparamos con otras de Riotinto. Aquí ha habido extracción de metales desde la época romana. El lugar debería ser conocido en el mundo entero.

El ferrocarril turístico minero

Otra opción para acercarse a este ecosistema único pasa por subirse a los vagones mineros del siglo XIX que nos pasearan por un recorrido de 22 kilómetros. La primera parte del viaje, a ritmo de sepelio y con un gran traqueteo, discurre por la antigua zona industrial. Más tarde, mientras suena en los altavoces la voz de la guía, que nos ilustra todo lo que podemos contemplar por las ventanillas, el tren recorre un paisaje como de otro mundo, siempre paralelo al río. El contraste rojizo del río con el verde de los pinos y los eucaliptos te hace dudar de que alguien haya diluido un poco de LSD en tu desayuno.

Antes de regresar de vuelta al punto de inicio, el ferrocarril hace un parada técnica de quince minutos, que nos permite bajar y acercarnos a la orilla del río.

Desde hace un par de décadas, científicos de la NASA vienen hasta aquí para tomar muestras de las aguas. En el agua no hay peces, no hay vida animal. Son aguas muertas. Pero sí que hay vida microscópica, mayormente bacterias. Estas bacterias comen el hierro y otros metales arrastrados por el río, oxidándolo y otorgándole ese color rojo. También se comen el azufre, tornándolo ácido sulfúrico. Son aguas que no se pueden beber, no se puede regar con ellas. Son hostiles para la vida. Sin embargo, esos microorganismos parecen perfectamente adaptados a ellas. Por ello los científicos creen que, si aquí ha prosperado vida microscópica, en semejantes condiciones para la supervivencia, en Marte también podría haber ocurrido.

Las aguas del río, se cuenta, también son buenas para problemas de la piel, como la psoriasis o el acné juvenil. Las muchachas de la zona, incluso, se daban con esta agua en las piernas después de depilarse porque consideraban que retrasaba el crecimiento del vello.

La construcción de este ferrocarril de vía estrecha se finalizó en 1875. De forma general, existían tres servicios distintos en el ferrocarril de Riotinto: Interno, la conexión de los diferentes departamentos mineros y puntos de carga y descarga; los ramales, que eran unas redes de comunicación entre los diferentes pueblos de la comarca para el transporte de pasajeros y obreros; y la línea general, que unía Huelva con Riotinto. Más de cien locomotoras de diez modelos diferentes trabajaron aquí. Y viajar en una de ellas es como transportarse en el tiempo mientras recorres la ribera de un río que podría estar discurriendo por otro planeta.

Un pequeño paso para el hombre...

En definitiva, un lugar único en el mundo que debería ser reconocido internacionalmente. Y estoy seguro de que lo será.

Nota | Este viaje se realizó gracias a una invitación de Enfoque y turismo de la Diputación de Huelva sin que mediara ningún compromiso de opinión o publicación.

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