El día que me reencontré con mi padre, y el día que descubrí Alemania (I)

Voy a hacer un pequeño ejercicio de memoria. Concretamente de mi reencuentro con mi padre, con el que, por razones que no vienen al caso, había perdido el contacto desde hacía diez años.

Mi padre se había mudado a Alemania, también por razones que no son relevantes. Y el día que me reencontré con él también constituyó el primer día que pasé en Alemania. De mi reencuentro con mi padre y mi encuentro con Alemania, pues, quizá podáis sacar algunas ideas sobre el país teutón, particularmente de la ciudad de Munich, una de mis ciudades europeas favoritas. Dicen que hay cosas que se aprenden mejor si se cuentan envueltas en una historia, como un rollito de primavera preñado de poesía. Así que ahí va, mi historia, bien envuelta. Advierto desde ahora que la historia no es 100 % autobiográfica, pero eso tampoco importa, después de todo.

Él estaba instalado en Munich, en un apartamento situado hacia el final de Schönstrasse, frente al zoológico de Hellabrunn. Ahora recuerdo que desde allí, cuando la noche relevaba al día, cuando todo quedaba en silencio, llegaba en sordina la trompeta de algún elefante o los parloteos de los papagayos.

Bien, si soy riguroso, la primera vez que vi a mi padre fue en casa, cuando nos hizo la última visita. Pero yo sólo tenía nueve años y de su recuerdo sólo conservo la mirada azul y el olor extranjero, nómada de sus ropas. Aquel día (sólo fue un único día, como presagiaba su olor), pues, prefiero no contabilizarlo. Fue más tarde, transcurridos diez años, cuando vi por primera vez a mi padre de verdad. Y pude comprobar que conservaba su ojizarca mirada y la aureola de espejismo.

Aún hoy consigo evocar minuto a minuto las sensaciones que me asaltaron al bajar del avión, en el aeropuerto de Frankfurt Hahn. Llegaba desde Madrid, en pleno agosto, vestido con mi mínimo atuendo veraniego, y me estremecí de frío. Lloviznaba, el cielo estaba gris, me sentía desubicado.

Recuerdo el viaje de una hora en autocar hasta Mainz, fascinado por aquel paisaje verde y exuberante, como de bosque encantado. Todo el tiempo estuve protegiéndome tras mi bolsa de viaje, levantando un muro entre lo que me rodeaba y mi persona.

Recuerdo mi espera en la estación de trenes, refugiado del frío y de la lluvia de aquel agosto de mi nueva vida. No me despegué del asiento de hierro forjado, con mi bolsa a los pies y con la cautela instalada en los ojos, salvo para ir (dos veces) a los servicios. Urinarios modernos y tecnológicos, bien que eran de pago. También tenía hambre, pero, ya fuera por mi carácter reservado o por mi total desconocimiento del idioma, no me acerqué a ninguna de las cafeterías de la estación, ni siquiera al McDonalds, tristemente lo único de aquel sitio que me hacía sentir más cerca de casa.

Recuerdo mi posterior viaje en tren, adentrándome en Baviera y aproximándome a la línea aserrada y neblinosa del horizonte: los Alpes. Y recuerdo, finalmente, mi llegada a Munich, y mis primeros pasos por sus calles al igual que si yo fuera un astronauta pisando la luna.

Había cogido un busbahnhof (un autobús puntual y predecible cual metrónomo) en Marienplatz, echando un último reojo al reloj de carrillón de la catedral, por si sus famosas marionetas se atrevían a ejecutar su aplaudido baile. Pero no lo hicieron. Y a ese fortuito hecho le atribuí funestas consecuencias. Quizá no debería haberme embarcado en este viaje, pensé. Pero pensando y pensando ya me había plantado en las afueras, en una calle festoneada de casas y edificios bajos que rodeaba el zoológico de Hellabrunn. Cerca quedaba el río Isar, del que escuchaba su lejano cuchicheo. Más que una calle, Schönstrasse semejaba un bosque con un reguero de asfalto encajado en medio.

Frente a la verja de barrotes de alambicada geometría, tuve la tentación de dar media vuelta y regresar a Madrid. Entonces, un veloz transeúnte subido a una no menos veloz bicicleta cruzó la calle tras mi espalda, haciendo sonar su timbre. Di un salto para esquivarlo y salir del carril-bici que invadía, y, por aquel azar, me vi trasponiendo el umbral de la verja. Y la inercia hizo el resto.

Curiosamente, no guardo ningún recuerdo de mi mano tocando a la puerta, de mi padre abriéndola y de lo que seguro fue un apresurado saludo, un estrechar de manos, quizás, o un hospitalario y avergonzado “adelante, hijo”. Luego, la retahíla de frases encorsetadas, ademanes nerviosos y miradas erráticas. Todo eso lo supongo, ya digo. Quizá fue de otra manera.

Mientras él trajinaba en la cocina (“debes de estar hambriento”, recuerdo que dijo), yo me paseé por el apartamento, haciendo crujir el parquet con cada paso. Me había ofrecido un vaso de zumo de uva mezclado con agua con gas, típico de por allí. No estaba mal, aunque me recordaba al jarabe para la tos.

–Pon música, la televisión… lo que quieras, estás en tu casa –vociferó desde la cocina.

Pero no, no estaba en mi casa, y el crujir de cada uno de mis movimientos en aquel lugar desconocido no hacía más que recordármelo. Me sentía como aquella vez que subí al entarimado de clase de Literatura para exponer mi trabajo de semiótica.

Con todo, exploré a conciencia la sala de estar, no sé si por afán voyeurístico, para sentirme menos intruso, para conocer mejor a aquel desconocido que era mi padre o, sencillamente, y siguiendo la tónica de mis últimos días en Madrid, por no estarme quieto.

Los libros significaban mucho para mí, así que lo primero que investigué fue su biblioteca. Aunque la palabra “biblioteca” le quedaba un poco grande a aquella estantería de anaqueles combados por el peso de Thomas Mann, Hermann Hesse, Stefan Zweig, Bertolt Brecht, Feuchtwanger, Oskar Maria Graf… todo autores alemanes. También descubrí El código da Vinci y varios volúmenes de Harry Potter. Curiosa mezcolanza que hizo chirriar mi filtro estético. A la vera, una butaca iluminada con una lámpara de pie con pantalla de vitela.

El resto del mobiliario no me dijo nada, ni tampoco la decoración. Todo parecía muy funcional, desprovisto de personalidad. Incluso, las fotografías apenas ayudaban a llenar las lagunas. Una serie de instantáneas enmarcadas de personas que no conocía (él nunca aparecía en ellas) que reflejaban una vida anodina. La unión de todas ellas no podía ser la síntesis de la personalidad de mi padre, a no ser que las cosas que me habían contado de él no fueran ciertas. Una pareja abrazada con una cascada a sus espaldas, un hombre ceñudo sosteniendo una jarra de cerveza, otra pareja dándose un beso teatral, y el resto consistían en poses cómicas de estos mismos cinco personajes. Fotografías que podrían haber venido con el mismo marco, porque destilaban una sosería impropia de un hombre que se ganaba la vida con su cámara fotográfica (así era cómo se ganaba la vida mi padre: haciendo fotografías de lugares lejanos).

–Pareces un sherpa –dijo mi padre al salir de la cocina haciendo equilibrios con una bandeja.

Tardé un segundo en captar a qué se refería, y entonces me di cuenta de que aún cargaba al hombro mi bolsa de viaje.

–Eh… sí –vacilé, avergonzado.

–Déjala por donde quieras.

–No sé…

–Donde quieras, donde quieras – insistió con énfasis –, come donde quieras, duerme donde quieras, acomódate donde quieras. Ése es mi lema.

Y la justificación moral que te permitió abandonarnos, pensé para mis adentros.

Hacía años, ya no recuerdo cuántos, que mi enemistad hacia mi padre era más que evidente. Quizá dio comienzo cuando fui consciente de que mi madre todavía lloraba por él, encerrada en su habitación y en silencio, para que yo no la oyera; aunque los ojos enrojecidos ya no eran tan fáciles de enmascarar. O, tal vez, fue cuando interpreté las fábulas de Esopo en una obra de teatro del instituto. Yo hacía de árbol. Vinieron todos los padres de mis compañeros de clase, tantos que a veces dudé que tuvieran sólo dos padres cada uno. Mi padre no vino, como es obvio. Mi madre, tampoco: tenía que trabajar doble jornada para sacarme adelante.

Nos sentamos a comer en el sofá, alrededor de una mesa baja de baquelita. Mi padre había preparado obatzda, una mezcla de mantequilla, cebolla, pimiento y queso camembert, y kartoffelnödel, una pelota blanda y pulposa confeccionada con patata. Y comía despreocupado, aunque en silencio. Yo, por el contrario, aún me hallaba abrumado por el viaje, por el cambio de aires y por el encontrarme frente a aquel desconocido de parentesco consanguíneo. En mí, cualquier movimiento (incluso los más comunes, como llevarme el tenedor a la boca) estaba lastrado por una imprecisión laboriosa, una impostura propia de una reunión de negocios en una multinacional china.

En mitad de un bocado, mi padre se levantó de repente y puso algo de música, dispuesto a anular el silencio. Sonó entonces una pieza extraña y moderna, inclasificable, donde predominaban (lo descubrí con el tiempo) instrumentos poco comunes, como el theremin, el norlead o la darbuka. Y, de pronto, me abordó de esta guisa:

–Bueno, ¿todo bien? El viaje, ¿bien? Estás…

–Bien, sí –me apresuré, malicioso. No le iba a permitir tan fácilmente que recuperase nueve años de silencio con una canción extravagante y una ristra de preguntas vacías de contenido.

–Ya veo. Bien, entonces.

–Hay más palabras, aparte del “bien”. Y muchos sinónimos.

Me sorprendía a mí mismo con una aguda locuacidad. Imagino que necesitaba interpretar algún papel que ya llevara muy ensayado, y mi preferido era el de cínico y misántropo contumaz.

–Ah, es verdad. A ti te encantan las palabras, la literatura, leer libros… –Enumeró aquella lista a igual que si recitara un menú gastronómico. Señaló la biblioteca. –Si quieres alguno, coge el que te apetezca.

–Están en alemán –objeté.

–Perdona, tienes razón. Me los encontré cuando me mudé aquí, son de Jörg y Corinna. Yo no acostumbro a leer libros, y mucho menos a llevarlos conmigo. Prefiero un equipaje más… liviano –se esforzó en encontrar un adjetivo literario. –No suelo quitar ni añadir casi nada al sitio donde me hospedo si el plazo de estancia es inferior a dos meses. Y eso suele ser casi siempre.

En la siguiente entrega de este artículo, os contaré más cosas de mi padre y, por extensión, de la vida cotidiana en Munich.

Fotos | Sergio Parra | Wikipedia

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