Transnistria (Moldavia): un museo soviético viviente

La República de Transnistria (secesionista de Moldavia) sólo existe dentro de sus propias fronteras. Ningún otro país del mundo reconoce esta pequeña franja del tamaño de Vizcaya y Guipúzcoa combinadas, autoproclamada independiente.

Transnistria es uno de los agujeros negros de Europa. Sus fronteras no existen en el mapa. Fuera de ellas, sus billetes valen tanto como los del Monopoly, pero da igual, de todas formas los pasaportes tampoco valen para salir a ningún otro país del mundo. El tráfico de armas y el contrabando son dos de sus principales actividades financieras.

El territorio formaba parte de la república socialista de Moldavia. Cuando Moldavia proclamó su independencia de la URSS, la franja delimitada por el río Dniéster (donde los moldavos eran minoría) proclamó a su vez la independencia de Moldavia, y así comenzó todo.

La guerra civil desatada dentro de Moldavia acabó con los restos del ejército rojo apoyando los intereses de Transnistria. Así Rusia se garantizaba el control militar de una zona estratégica, en lugar de dejarlo en manos de la díscola Moldavia. Aún hoy, el 14º Ejército Rojo (reconvertido en regimiento ruso) sigue instalado en la zona, garantizando la independencia 'de facto'.

Transnistria está controlada por antiguos funcionarios del régimen soviético. Su bandera y escudo aún exhiben la hoz y el martillo, y las estatuas de Lenin siguen decorando las ciudades. Por eso, Transnistria es un museo viviente de la antigua URSS. De hecho, este es el principal atractivo de una región industrial y empobrecida que carece de paisajes o monumentos dignos de gran interés.

Probablemente el edificio más sorprendente de toda Transnistria sea el magnífico estadio del Sheriff de Tiraspol, catalogado por la UEFA en la categoría de 'cinco estrellas' (la misma que el Camp Nou). Las malas lenguas dicen que fue financiado con dinero del tráfico de armas.

Los viajes a Transnistria son toda una experiencia, reflejada por la literatura contemporánea en un pasaje del 'best-seller' El Método, de Neil Strauss. La odisea incluye múltiples sobornos a la policía, camuflados en la necesidad de obtener todo tipo de 'visados' o 'licencias' ficticias, o en el pago de multas inexistentes. Se aconseja viajar con billetes pequeños de dólares por este motivo.

Sacar fotos del Soviet supremo de Tiraspol (la capital), o edificios oficiales en general, y otros actos triviales típicos de cualquier turista pueden ser un problema. Es más que aconsejable mantener el sentido común y no meterse en líos innecesarios, ya que en Transnistria los extranjeros no tienen ninguna protección diplomática. Al ser un estado no reconocido internacionalmente, ningún país tiene legaciones diplomáticas en Tiraspol.

Son pocos españoles los que se han aventurado a entrar en el último reducto de la Unión Soviética, y no sería justo cerrar este artículo sin mencionar el magnífico reportaje del blog de Banyuken, que narra el viaje de tres amigos al 'país prohibido' relatando con pelos y señales no sólo su breve estancia, sino el arduo proceso de entrar y salir.

En el autobús nos dimos cuenta de que habíamos comprado nuestra libertad a unos soldados soviéticos que guardan la frontera inexistente de una república rebelde y mafiosa. Una aventura increíble. Más tarde comprendí que habíamos pagado un soborno, que ellos habían cometido abuso de poder y que con nuestra actitud contribuíamos a que se mantuviera una costumbre miserable.

Imágenes | Wikimedia, Guttorm Flatabø Más información | Odisea en Transnistria, Lugares que no existen: Transnistria

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