Visitando los lugares más cinematográficos y literarios de Londres

En mi primer viaje a Londres, nos alojamos en un hotel muy céntrico, regentado por una mujer francesa y sus hijos, en Argyle Street, a tan sólo dos paradas de metro de Picadilly Circus.

Era un Bed & Breakfast llamado Alhambra, y por unas cincuenta libras nos entregaron las llaves de una habitación doble, con televisión y ducha. El precio también incluía desayuno inglés con todo lo que ello conlleva: salchichas, beicon, huevo, tomato beans y café (o más bien, agua manchada de cafeína, como ocurre en todo el Reino Unido).

Contemplé el Big Ben, y también estuve a punto de visitar el British Museum, cuya entrada, además, era gratuita.

Dispuesto a vagabundear sin rumbo, haciéndome el encontradizo con todo aquello que fuera diferente), me perdí en el dédalo de las calles más marginales de Londres. Las descripciones y comparaciones de las calles de la City con un laberinto inextricable eran del todo ciertas, debía darle la razón a mis amigos Dickens, Stevenson y Borges. Y al padre Brown de Chesterton.

También reparé en que no hay nada barato en Londres. Mi lema era ver y no tocar.

Pero en mi guía de viajes, confeccionada por mí mismo, también tenía apuntados muchísimos lugares cinematográficos y literarios. Usando el mapa como guía (y desgastando excéntricamente las suelas de mis zapatos, pues tiendo a la pronación), pisé el 7 de Saville Row, donde Phileas Fogg vivió cuando apostó dar la vuelta al mundo en ochenta días en el Reform Club de Pall Mall. Dar la vuelta al mundo. Pisé el 221b de Baker Street, para impregnarme de la capacidad deductiva de Sherlock Holmes, sin olvidarme de Berkeley Square, donde residió Hercules Poirot. Pisé el 24 de Chester Square, donde vivió Mary Shelley. En Devonshire se encontraba el gabinete del oculista Sir Arthur Conan Doyle; su fracaso le hizo dedicarse a la literatura.

Pisé el terrorífico 18 de Leonard´s Terrace, donde residió Bram Stoker. En St. Bartholomews Hospital se conocieron Holmes y Watson. Estuve en la puerta del pub Dove, en Hammersmith, una de los preferidos de Graham Greene y Ernest Hemmingway, y donde James Thompson escribió Rule Britannia. Traspuse el umbral del Spaniard´s Road en Hampstead Health, donde Shelley, Keats o Byron tomaban sus pintas, y el lugar que Dickens escogió como escenario para la fiesta de la señora Bardell en la novela Documentos Póstumos del Club Pickwick. Entré en el Charles Dickens Museum.

A lo largo de los bulevares, las cafeterías habían desplegado las mesas en las terrazas, bajo las marquesinas. Me crucé con un autobús rojo de dos pisos, que hacía tintinear sus campanas.

Y no sólo me dediqué a descubrir los enclaves reales de las ficciones que me habían maravillado a través de las letras. También hice lo propio con el cine, y con la música. Entre los edificios de Regent´s Park debería existir la Universal Export, la sociedad que sirve de fachada a la rama del Servicio Secreto dirigido por M, el jefe mítico de 007. Y también descubrí el lugar donde James Bond compraba su especial marca de cigarrillos, Balkan Sobranie, una tienda de fumadores en Grosvenor Street.

Pisé el 36 de Forest Hill Road SE23, que fue residencia de Boris Karloff. En el 3 de Saville Row, cerca del lugar donde Phileas Fogg apostó, los Beatles dieron un concierto en la azotea; y en Abbey Road hasta la esquina de Grove End Road también sacaron la foto que sirvió para ilustrar el disco del mismo nombre. Pisé el 23 de Brook Street, donde vivió el psicodélico Jimi Hendrix. Pisé, pisé y pisé, pronación mediante. Creí que mis pies ardían. Pero nunca olvidaré esos sitios, como tampoco las novelas, películas y músicas que me evocaron.

Fotos | Wikipedia

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