Mudarte al extranjero es la mejor forma de encontrarte a ti mismo

La primera vez que sentí que estaba viviendo en otro país (por el tiempo que pasé y la sensación de que estaba haciendo vida cotidiana) fue cuando estuve residiendo en Munich.

Tras algunas semanas instalado en la rutina de ir a escribir al centro, había cogido un busbahnhof (un autobús puntual y predecible cual metrónomo) en Marienplatz, echando un último reojo al reloj de carrillón de la catedral, por si sus famosas marionetas se atrevían a ejecutar su aplaudido baile.

Pensando y pensando ya me había plantado en las afueras, en una calle festoneada de casas y edificios bajos que rodeaba el zoológico de Hellabrunn. Cerca quedaba el río Isar, del que escuchaba su lejano cuchicheo. Más que una calle, Schönstrasse semejaba un bosque con un reguero de asfalto encajado en medio. Sentía, que de algún modo, esos días me conocía más a mí mismo.

Fueron días en los que sentía que no solo exploraba otro lugar, sino a mí mismo. Ahora la ciencia ha determinado por qué. Concretamente, un nuevo estudio de Hajo Adam, profesor asistente de administración en la Rice University en Houston, Texas, lo explica.

Su metaanálisis analizó seis estudios que examinaron la "autoconcepto de claridad" de los sujetos, una escala utilizada para medir cuánto se conocen las personas. La escala incluye una serie de doce afirmaciones, como "mis creencias acerca de mí a menudo entran en conflicto unas con otras" o "Paso mucho tiempo preguntándome qué tipo de persona soy".

Al parecer, la claridad del autoconcepto era particularmente alto en las personas que vivían en el extranjero. Libres de las restricciones y expectativas asociadas con sus propias culturas, los expatriados tuvieron más oportunidades para descubrir qué es lo más importante para ellos.

Según el estudio, no importan tanto el número de países en que viven las personas, sino el tiempo que viven allí. "Es mejor vivir 10 años en un país que dos años en cinco países".

Mayor creatividad

Otro estudio de 2010 realizado también por Adam sugiere que vivir en el extranjero e interactuar con muchas culturas diferentes hace a las personas más creativas.

También sentí eso cuando estuve viviendo en Munich. Sobre todo cuando me sentaba a escribir por la tarde en el biergarten en el Englischer Garten, el pulmón de la ciudad. Allí solía abrir mi moleskine mientras degustaba obatzda, una mezcla de mantequilla, cebolla, pimiento y queso camembert, y kartoffelnödel, una pelota blanda y pulposa confeccionada con patata.

Y también me di cuenta de otra cosa: desconocía el sabor de una Augustiner o una Hofbrau, por mucho que leyera sobre ellas, así como estéril me resultan las acepciones de amargo, dulce, salado y ácido sin haberlas catado antes. Hay cosas que sólo se aprenden con palabras. Otras, sólo con hechos.

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