Byung-Chul Han, filósofo: "Ser turista no implica necesariamente estar físicamente en movimiento"

Byung Chul Han
  • El filósofo surcoreano afincado en Alemania desarrolla la idea en 'Hiperculturalidad', un ensayo de 2005 sobre cómo la globalización ha cambiado nuestra relación con los lugares

  • Su crítica alcanza también a las vacaciones: cuando el ocio se vive como rendimiento, el viaje corre el riesgo de quedarse en una colección de destinos

Redacción Diario del Viajero

Editor

Desayunar con pop coreano de fondo, pasar la tarde disfrutando de una película de cine francés, echar una partida a un videojuego japonés, disfrutar de una cena etíope y rematar con un rato de lectura sobre las enseñanzas de los antiguos yoguis de la India. Todo ello sin pisar un aeropuerto. Un día imaginario como ese nos puede servir perfectamente para ilustrar la idea del filósofo Byung-Chul Han que recoge National Geographic Viajes en un artículo sobre el turismo: la de ser viajeros sin movernos del sofá.

Hiperculturalidad, un ensayo con más de 20 años pero más vigente que nunca

Rishi Ramoutar

No es un planteamiento nuevo. Han lo publicó en alemán en 2005 con el título 'Hyperkulturalität', en la editorial berlinesa Merve. Al castellano llegó en 2018 como 'Hiperculturalidad' (Herder). Su tesis de partida: la globalización, las tecnologías de la información y la apertura de los mercados han ido borrando las fronteras entre culturas. Esto ha ido haciendo que ideas, sabores y referencias circulen sin parar y uno puede sentirse cerca de muchos sitios sin estar realmente en ninguno de ellos. A esa mezcla y convivencia de tradiciones la llama hipercultura.

El sofá como terminal

Es ahí donde aparece la figura del turista. Para Han, el turista ya no es solo quien recorre una ciudad extranjera con la cámara colgada del cuello. Han escribe que "ser turista no significa necesariamente estar desplazándose físicamente". Las fronteras siguen ahí, claro, pero lo que vivimos culturalmente ya no se mantiene dentro de ellas. Lo que antes exigía un billete y una maleta hoy nos llega a través de una pantalla, una plataforma, un libro o la carta de un restaurante del barrio.

Teju

Pero el filósofo no lo celebra sin más. A primera vista, que cualquier cultura esté a un clic parece una conquista; pero lo que le inquieta es qué pasa con lo diferente cuando todo está siempre disponible. El viaje de siempre tenía algo de choque: lo que nos esperaba al llegar no se parecía a lo de casa, y eso acababa cambiándonos la mirada. Si los fragmentos de cualquier lugar nos llegan a domicilio, lo extranjero corre el riesgo de dejar de resultarnos extraño.

La paradoja que Han encuentra en la globalización es precisamente la de ser libres pero no tener arraigo: el "turista hipercultural" puede estar en todas partes y picar de muchas culturas, pero esa misma libertad le pone difícil echar raíces en un sitio concreto. Es lo que el filósofo llama "desfacticización", es decir, la pérdida de arraigo o la incapacidad de asentarse del todo en un lugar. Se puede pasar de un ambiente cultural a otro sin que ninguno llegue a ser hogar: todo queda a mano, lo difícil es sentirse en casa.

Vacaciones con objetivos

Ana Hidalgo Burgos Burgos

Una de sus críticas centrales está en lo que él describe como la sociedad del logro. Según su análisis, las viejas estructuras disciplinarias han dado paso a un mundo regido por la exigencia de rendir y autorrealizarse. En ese marco, hasta el tiempo libre acaba pareciendo una obligación más, y las vacaciones se llenan de metas: aprovechar cada día y volver con anécdotas. El turismo, por esa vía, termina siendo una simple colección de sitios, fotos y vivencias.

Es una lógica a la que nos hemos acostumbrado hoy día. Porque actualmente, el viaje también sirve para construir identidad: los destinos que tachamos de la lista, las fotos que subimos y las experiencias que vamos sumando acaban formando parte de la imagen que damos de nosotros mismos. Y ahí Han ve un peligro: que viajar se convierta en otra cara de esa búsqueda constante de realización personal tan propia de nuestro tiempo.

Frente a esa prisa, Han defiende la vita contemplativa, la virtud de pararse y mirar con calma. Llevada al viaje, consistiría en dejar que un lugar nos cale, que no sea simplemente "un objeto más de nuestra colección", ser capaces de mirar una plaza sin sacar el móvil, callejear sin ruta fija, sentarse delante de un paisaje o simplemente quedarse un rato en silencio. Esas también son formas de conocer un sitio.

Imagen | Wikimedia

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