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Abandono la populosa Sturgis de las miles de motos y los moteles caros, y pongo rumbo este. La interestatal es plana, recta, interminable, aburrida y cada vez hay más tráfico. Las distancias son enormes pero el paisaje es siempre el mismo: llanura y algunas poblaciones de casas dispersas perfectamente iguales entre sí. Duermo en moteles sin glamour y recorro millas y millas. No hay demasiado de interés para fotografiar o filmar así que simplemente conduzco.

Un día antes de llegar a Chicago, se desata el diluvio. Hago los últimos doscientos del tirón atravesando una cortina de agua, metido en un tráfico infernal. Todo el área es una gran congestión debido a las industrias pesadas ubicadas en los Grandes Lagos. Entro en la inmensa ciudad muy cansado. El atasco es formidable y no sé donde voy a dormir. Mientras intento sortear los obstáculos rodantes que me rodean, oigo que me llaman a gritos. Giro la cabeza hacia la izquierda y veo que cuatro carriles más allá, separado de mí por una mediana de cemento está Domingo Ortego. Ya es casualidad. Le hago señas de que lo espero en la siguiente salida. Al cabo de un buen rato aparece. Ha tenido que dar un buen rodeo para llegar. Viene de Milwaukee, de visitar el museo de Harley Davidson.

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El centro es moderno, lleno de rascacielos, dinámico y rico. Intentamos encontrar alojamiento pero resulta del todo imposible. La ciudad está colapsada debido a un festival de rock. Hay que salir de aquí porque se está haciendo tarde y no podemos perder más tiempo. Nos cuesta un enorme esfuerzo. La autopista es una jungla donde los camiones campan a su antojo. Probamos en todos los moteles del GPS y a más de 100 kilómetros de Chicago siguen llenos. Se nos ha hecho de noche y estamos agotados. Hay que acampar. Pero ¿dónde? Entre los datos almacenados en el navegador aparece un camping. Está a veinte kilómetros de nuestra posición. Cuando llegamos, resulta que no es más que una explanada de césped al lado de un manglar al que hay que llegar descendiendo una empinada pista de grava. Afortunadamente, guardaba una lata de cerveza de medio litro que me sirve de premio al puñetero día pasado. Lloverá durante la noche, pero para entonces ya estaremos roncando.

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La ciudad más poblada de Canadá nos recibe con un urbanismo amable de calles rectilíneas y bajitas. Voy a las instalaciones de BMW Canadá a recoger el maxi scooter C600 Sport. No es que me gusten estos cacharros pero la oportunidad de probarlo y hacer un vídeo no se puede desaprovechar, de modo que me interno en el tráfico de Toronto mientras Domingo va grabándome.

He escrito a otro amigo que me atendió durante mi anterior visita a la ciudad, David Roccaforte, el Dr. Rock del foro ADV Riders. Él y su mujer, Francine, tienen un precioso apartamento en Broadway. Me alojará durante mi estancia en la capital del mundo.
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Dr Rock y Francine han preparado una cena en la terraza y contemplamos Manhattan al anochecer a nuestros pies. Al día siguiente salgo para hacer fotos. El Puente de Broadway, Central Park, Times Square, la Plaza Pulitzer, la Quinta Avenida, Little Italy, el Soho. Es intenso y bello estar en la capital del Mundo, rodeado de mil razas, gentes, colores y estilos. Pero no me siento extranjero. Me siento dueño de la ciudad. Para llegar aquí he dado la vuelta al planeta. Aproximarme metro a metro, giro a giro de mis ruedas me hace ser legítimo dueño de la Gran Manzana.

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FotosMiquel Silvestre

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