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A la gran mayoría de los brasileros de clase media no se les pasa por la cabeza ni por un segundo ir a pasear por una favela. Para ellos, sus calles empinadas y laberínticas, son el sinónimo de pobreza, marginalidad, delito y demás males. Pero estas gigantescas comunidades que han crecido sobre las laderas de las principales ciudades de Brasil, abonadas por políticas de exclusión social y económica, y estimuladas por la corrupción, se han constituído (mal que les pese a los que miran para otro lado) en una de las características más personales de urbes como Rio de Janeiro o Sao Paulo.

Vistas desde fuera, las favelas (como las villas miserias en Argentina o los barrios marginales de muchas ciudades asiáticas), parecen amenazantes fortalezas. Una vez que se caminan los primeros metros dentro de ese submundo, descubrimos que allí también los niños juegan en las calles, aunque éstas estén infectadas de basura. Que las casas tienen su propia y cuidada estética (aunque no siga los dictados del design de revista). Que es una auténtica comunidad, con sus costumbres, idioma y normas.

Desde los años 90, las favelas se han abierto a la visita de turistas. En principio, fueron extranjeros residentes en Brasil que por una u otra causa sirvieron de “adelantados”. El conocer esta realidad por dentro es una posibilidad más para los turistas que estén por Rio, por ejemplo, y quieran salir del circuito tradicional.

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De hecho, es imposible estar allí y no verlas (aunque ya sabemos que muchos desarrollan una especie de ceguera o sordera selectiva para ver y oir sólo una parte de lo que pasa).

En las 750 favelas de Rio de Janeiro vive el 20% de su población. Algunas de ellas, como Rocinha ocupan una enorme superficie sobre una colina frente al mar. Una situación que, en cualquier lugar del mundo, sería elegida por las clases altas para sus barrios más acomodados.

Los turistas pueden hoy acercarse a palpar una situación muy distinta a todos los estereotipos (y en la mayoría de los casos de su propia realidad personal). Aquí hay delito, droga, violencia, sí (como en San Francisco, Nápoles o Tokio). También hay centros comunales de arte, talleres de teatro y música, cooperativas de formación profesional y de alfabetización. Plazas, mercados, empresas, iglesias y escuelas.

¿Turismo de aventura? Para los que quieran ver con los ojos y el corazón bien abiertos.

Más info | Favelatour

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