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A propósito de la educación suele repetirse un mantra que, en este particular, creo que resulta esencialmente cierto: “dímelo y lo olvidaré. Enséñamelo y lo recordaré. Involúcrame y lo aprenderé”. La frase se atribuye al genial Benjamin Franklin, y considero que podría aplicarse punto por punto al tipo de viaje en el que embarqué el segundo fin de semana de diciembre de 2012, cortesía de Alitalia.

Porque no fue exactamente un viaje. Tampoco fue turismo. Si acaso fue una mezcla de ambas cosas, pero agitado en una coctelera en el que también se introdujo un poco de competición a lo Gran Prix, otro poco de gymkhana, otra pizca de aventura gráfica y, finalmente, un “a ver si te atreves” que desafiaba los pilares básicos en los que se sustenta el sentido del ridículo.

Tal y como ha explicado mi compañero Álvaro, con quien me embarqué en esta aventura que Alitalia bautizó como Tras la pista, nuestro objetivo en Roma, además de disfrutar de ella como turistas, consistía en completar una serie de pruebas que nos reportarían paquetes de sal. Finalmente, el equipo (éramos 9) que obtuviera más paquetes de sal, sería coronado como campeón indiscutible de Tras la pista (además de recibir un premio sorpresa).

img_3275.jpgLa mayoría de pruebas que tuvimos que superar consistían en la resolución de cuestiones relativas al lugar en el que estábamos, del tipo ¿quién diseñó tal fuente? o ¿qué podemos leer en el frontispicio de tal edificio? Aunque algunas preguntas tenían más miga, al estilo de los acertijos: ¿qué pone en tus pies cuando todas las columnas de la plaza del Vaticano parecen una?

Álvaro y yo fuimos saltando de lugar en lugar, resolviendo satisfactoriamente tales enigmas (sólo así se obtenían unas coordenadas para descubrir el siguiente enclave en el que debíamos dar con nuestros pies).

Si bien el sábado había sido un día pasado por agua, en el que corríamos por las calles empapados, tratando de resolver acertijos y superar pruebas por el centro de Roma, el domingo acabó siendo mucho más plácido y soleado. Recalamos en la Fontana di Trevi (donde uno de nosotros debía pronunciar las palabras de Anita Ekberg “Marcello, come here!”, debiendo ser registrado en vídeo, para nuestra vergüenza y escarnio), tuvimos que averiguar qué poeta inglés vivía en una de las casas que daba a la escalinata de Trinità dei Monti de la Plaza de España (por cierto, fue John Keats) o medir el pH del agua de la fuente de la Terraza de Pincio con un papel tornasol. Desde esta terraza, por cierto, disfrutamos de una vista inmejorable de la ciudad: nada menos que pudimos localizar casi todos los monumentos de Roma.

Simultáneamente, a medida que fuimos completando misiones, también teníamos la alternativa de llevar a cabo tareas complementarias a fin de sumar más puntos. Por ejemplo, intentar bailar con una monja (no lo conseguimos), colarle un gol al portero de un hotel empleando la entrada al hotel como portería (lo conseguimos), recoger agua del río Tíber en una botella (lo conseguimos), cantarle una serenata a un romano (lo conseguimos), tomar una fotografía de una heladería en la que hubiera cola (lo conseguimos), hacernos una foto con un político (no lo conseguimos), anudarse una corbata con una sola mano (nos colamos en un centro comercial, cogimos una corbata, y lo conseguimos)… y así hasta decenas de pruebas.

La mayoría de ellas, sobre papel, imposibles de llevar a cabo. Sin embargo, cuando estás en otro país, cuando cambias de marco, cuando sientes que eres el participante de un concurso, el pudor y la vergüenza desaparecen… hasta el punto de que no pierdes la oportunidad de preguntarle a toda monja que se cruza contigo si se quiere marcar un baile en mitad de la calle. Los romanos que eran víctimas de nuestras surrealistas pruebas no daban crédito, así que ninguno reaccionó de forma ruda o enojada: más bien solían ensanchar sus retinas y descolgar sus mandíbulas.

Además de todo ello, en el kit de viajero que nos entregaron, disponíamos de un manual con sugerencias sobre lo que debíamos ver, hacer, comer o comprar en cada uno de los lugares donde tuvimos que desarrollar alguna prueba. Por ejemplo, en la Fontana di Trevi pude confirmarlo: en Roma he comido la mejor pizza de mi vida (amén de barata). Y por allá cerca también tuve la oportunidad de probar el supli, una suerte de croqueta de arroz rellena de queso mozzarella.

img_3298.JPGFinalmente, el domingo por la tarde teníamos que llegar hasta el Coliseo, el punto final del juego, donde nos esperaban los jueces que computarían nuestros logros, así como el lugar donde se celebraría la entrega de premios. De los nueve equipos participantes, hemos de anunciar con orgullo que el equipo de Diario del Viajero compuesto por Álvaro y un servidor quedó en un dignísimo tercer puesto.

En definitiva, una aventura estupenda. Una forma diferente de viajar. También una forma de conocer tus límites (y tensar tu sentido del ridículo hasta lo cartoonesco). Pero, sobre todo, una experiencia que estoy convencido de que nunca, jamás olvidaré.

Lo más parecido que conocía a esta iniciativa es la web-serie Alt Minds, que permite interactuar y ayudar a resolver enigmas online pero también offline, como una digievolución del Cluedo, gracias a tu smartphone (algunas pruebas incluso precisan de geolocalización, hay teléfonos para contactar con personajes interpretados por actores, etc.).

Pero esto era diferente. Más tradicional, más sencillo, más orientado a interactuar con la gente. Perfecto para aplicar a muchas otras ciudades del mundo, no sólo para conocerlas a fondo, sino para permitir establecer lazos con lugareños y, por qué no, otros competidores del concurso.

A este último respecto, querría añadir algo. No quisiera que esta última parte pudiera parecer ese momento ñoño de encender el mechero durante una balada de Aerosmith, pero no puedo evitar agradecer sinceramente la organización de “Tras la pista”, en particular a Marco, que en todo momento veló por nosotros. Y tampoco puedo olvidarme (ni creo que me olvide jamás) de los miembros de los equipos rivales:

  • Juan Maria y Cecilia (Equipo Sorriso Pop): fueron los ganadores, por cierto, y con mucha ventaja. Unos cracks con los que eché de menos no hablar más largo y tendido.
  • Alberto y Blanca (Leridanos por el mundo): seguramente con los que pasé más rato, porque era el único equipo que procedía de Cataluña, así que compartimos mucho trecho de viaje juntos.
  • Cristina y Abel (Cuquitos): nos cayó tan bien esta pareja de estudiantes de Química que no sólo acabamos desayunando juntos, sino que finalmente llevamos a cabo unidos una parte del concurso. Era la primera vez que salían de España y estaban emocionadísimos. No me extraña: menudo estreno.
  • Laura y Emma (Palometa): dos simpatiquísimas chicas que no paraban de lanzar chascarrillos, imposible no levantar el ánimo con ellas.
  • Carlos y Santiago (Los hermanos Brothers): dos hermanos que se tomaron el juego con más risas que competición, como debe ser.
  • María y Raquel (Barbieri): hasta el final del concurso, en el aeropuerto, casi no tuvimos la oportunidad de interaccionar con ellas. Lo cual es una lástima, sobre todo por el Expediente X que acabó sucediendo luego: resulta que ambas, que comparten piso en Madrid… ¡vivían en el mismo bloque que Álvaro! A pesar del tópico, el mundo es un pañuelo.
  • María del Mar e Irene (Dolcevita): el único equipo que estaba compuesto por una madre y su hija. Definitivamente, en ocasiones me sentía como si estuviéramos en pleno The Amazing Race (Álvaro y yo, por supuesto, seríamos Charla y Mirna… quienes hayan visto este reality sabrán apreciar el guiño).
  • Vicenzo y Felice (Quei Bravi Ragazzi): el único equipo romano, y por tanto con clara ventaja frente al resto: no en vano, quedaron segundos en el concurso.

Para que calibréis lo majos que eran todos, cabe señalar que el que suscribe lo anterior llegó a desear la muerte de todos los participantes en la escena del baile rave en Matrix Reloaded (por ejemplo), que se supone que eran los buenos que luchaban contra las máquinas. Y también me declaro incapacitado total para reírme con un chiste. Mi misantropía es legendaria. Y las multitudes me suelen dar grima. Así que echad cuentas. Majos, majos, majos.

En definitiva, si algún día inventaran la máquina del tiempo y pudiera retroceder justo al instante en que me propusieron particular en “Tras la pista”, volvería a responder exactamente lo que respondí. Que sí. Por supuesto.

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