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El parque nacional de Point Reyes está a unas 30 millas al norte de San Francisco. Para llegar hasta esta insólita región hay que cruzar el Golden Gate y conducir durante un par de horas por la tortuosa y bellísima Highway 1. La famosa carretera serpentea paralela a un océano que de pacífico sólo tiene el nombre. El espectáculo de este litoral salvaje e infinito sacude como un puñetazo la conciencia del viajero español. Para quien ha visto destruir ladrillo a ladrillo la hermosura de nuestras costas, la pregunta resulta insoslayable: ¿Cómo es posible que en el país del libre mercado se haya podido mantener virgen este impoluto paisaje de calas recónditas y playas interminables? ¿Dónde está el capitalismo a ultranza que todo lo corrompe? Para deleite del conductor, nuestro habitual y atroz horizonte de urbanizaciones tipo Oropesa o Benidorm no se ve por ninguna parte.

Point Reyes es una alargada y fértil península que encierra un tranquilo mar interior rico en ostras que sirven crudas o estofadas en los agradables restaurantes de la comarca. Recorrida de norte a sur por la asombrosa cordillera Iverness que desciende abruptamente sobre el océano, es un terreno tectónicamente muy inestable. Todo el parque nacional está asentado sobre infinidad de pequeñas fallas, afluentes de la gran falla de San Andrés. Después del terremoto de San Francisco de 1906, la península se inclinó siete metros hacia su lado noroeste. También el clima es asombrosamente variable a un lado y otro de la sierra. Los días claros de verano, el sol ilumina la falda Este con su agradable calor mientras que la vertiente oceánica puede estar totalmente cubierta por una espesa y fría niebla. El paisaje es boscoso en la sierra, tumultuoso en la ribera costera y de lánguidos prados, verdes y mansos, en la zona baja que linda con el mar.

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Cuando en 1821 se estableció la república independiente de México, tres señores semifeudales dominaron la zona: James Berry, Rafael García y Antonio Osio. Tras la conquista de California por la soberanía norteamericana, la Punta de los Reyes acabó en manos de una firma legal de San Francisco. La tierra se dividió en docenas de ranchos de leche y carne controlados por los socios. Hoy la región es un parque nacional y un paraíso para los fanáticos de los cultivos orgánicos, los neohippies y los votantes demócratas. En esta zona de California proliferan más que en ningún otro sitio los coches híbridos y los signos pacifistas. Es la América que desprecia a la otra América: la de la cerveza, los todoterreno, los red necks (incultos granjeros del medio oeste), el puritanismo religioso y el apoyo incondicional a las tropas. La sociedad de Point Reyes Station y Olema (los pueblos más cercanos) es el retrato perfecto de esa América que se piensa culta, que ha votado a Obama, que gusta el vino en grandes copas y defiende el matrimonio homosexual.
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El nombre de Point Reyes se lo dio Sebastián Vizcaíno, marino español que exploraba la costa norte de California. El seis de enero de 1603 tuvo que refugiarse en la bahía y al pico más alto lo bautizó como Pico de los Tres Reyes en honor a los Reyes Magos (fiesta que celebran los mexicanos pero no los estadounidenses). Lo que Vizcaíno no sabía era que antes que él ya habían aparecido por allí otros europeos. Sebastián Rodríguez Cermeño naufragó en 1595. Construyó una balsa y los supervivientes del San Agustín se fueron en ella hasta México. Sin embargo, a pesar de tan precoces contactos españoles, el primer europeo en llegar a estos parajes fue un enemigo: Francis Drake. El lugar en el que se refugio Vizcaíno creyendo que estaba sin hollar se llamaba en realidad Playa de Drake. Si el arrojado marino español lo hubiera sabido, seguro que se habría sorprendido tanto como yo cuando descendí hasta la recóndita cala en un día gris y tormentoso.
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Encontrar su fantasma en California me conmocionó. Drake es una presencia que me persigue desde que investigué la suerte que corrieron en Irlanda los desdichados de la Armada Invencible y que me topé de nuevo en Plymouth cuando regresaba a España de mi viaje en moto por las húmedas islas de Irlanda, Man e Inglaterra. Ya en 1587, Drake tuvo la osadía de atacar la Bahía de Cádiz y destruir más de veinte de los barcos que se estaban preparando para la insensata expedición. Luego, en la defensa de Inglaterra, su fama tuvo mucho que ver para que la derrota española fuera completa. Medina Sidonia, antes de buscar la total destrucción de la flota enemiga en su único enfrentamiento serio, se empeñó infructuosamente en capturar el barco de Drake. Después, el mal tiempo hizo el resto. A raíz de aquello, los ingleses le consideran un héroe con título de Sir y nosotros un pirata esclavista sin escrúpulos.
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En el corazón de la bahía de la ciudad inglesa de Plymouth hay un precioso islote fortificado. Es la Isla de Drake. En el puerto hay una estatua que conmemora su vuelta al mundo a bordo del Pelican, rebautizado posteriormente como Golden Hind. Fue precisamente en su travesía global (posterior, eso sí, a la de Elcano y Magallanes) cuando recaló en California para reparar el barco. Durante cinco semanas los indios Miwooks les ofrecieron pescado hervido y raíces. Cuando se aventuró por el interior, le gustó tanto aquella generosa naturaleza que la llamó Nova Albion en honor a las costas de Dover.
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Drake regresaría a América años después. Pero nunca volvería a ver las costas de Nova Albión y jamás dejaría de ser nuestro enemigo. Después del desastre de la Armada, una envalentonada Isabel I le encomendaría organizar la Contraarmada para sacudirnos en nuestra propia casa. Cuando arribó a La Coruña, María Pita se encargó de enardecer los ánimos locales y el resultado se zanjó con una estrepitosa derrota inglesa que les costó más de doce mil vidas. Drake tuvo que salir pitando del infierno galaico y durante el viaje de vuelta su propia marinería se amotinó ante lo escaso de la paga. Posteriormente, intentaría una nueva campaña contra la América Española. Tampoco tuvo mucha suerte. Fue vapuleado en su ataque a San Juan de Puerto Rico. Poco después, en 1596, moriría de una prosaica disentería frente a las costas de Panamá. Su cuerpo fue arrojado por la borda.
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Tenía cincuenta y seis años y la noticia de su muerte fue un verdadero alivio en España. Sin embargo, como ocurre con los personajes míticos, Drake continuó alimentando la leyenda aún después de muerto. Los informadores reales escribieron alarmados a Felipe II que su cuerpo regresaba a Inglaterra oculto en un tonel. Tanta obsesión se justificaba porque el corsario Sir Francis Drake fue durante mucho tiempo nuestra peor bestia negra. Sólo la ironía de un destino bromista pudo concebir la extraña broma de que en las lejanas playas de California su nombre y su fantasma hayan quedado unidos para siempre al de los marinos españoles que tanto combatió.

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