
Ya sabíamos que los británicos son turistas especialmente propensos a meterse en líos (quién no se ha cruzado con un grupo de ingleses borrachos en cualquier playa mediterránea), lo que no sabíamos es que además tienen costumbre de pedir a sus embajadas y consulados que les saquen de sus propios embrollos.
El caso más extremo quizá sea el de una turista que solicitó ayuda después de no quedar satisfecha con un aumento de pecho realizado en el extranjero. Lo que no sabemos es por qué remota razón la buena mujer pensó que la diplomacia de ‘Su Graciosa Majestad’ podría ayudarle.
Tenemos más casos: en Florida, una madre británica solicitó al consulado que le ayudase a preparar la maleta de su hijo ya que ella se encontraba mal. También se saben casos de gente que preguntó para saber dónde podría comprar zapatos, o qué cantidad de azúcar necesitaba la mermelada.
