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Poco iban a durar los buenos propósitos que me había hecho al poner neumáticos de carretera para el resto del camino de Anchorage a Nueva York. A unos cien kilómetros antes de llegar Fairbanks está Cantwell. Se celebra un festival de música Grasshoper y desde aquí sale una pista sin asfaltar de 180 kilómetros llamada Denaly Highway que conduce directa hacia el este. Decido pernoctar aquí, disfrutar del ambiente y mañana atrochar por la grava aun sin llevar las mejores cubiertas para ello. La parada resultará providencial porque permitirá el reencuentro con Domingo Ortego, que está viajando por Alaska y con quien ya coincidí en la llegada a Valdez. Juntos emprenderemos la marcha a través de la más salvaje y pura naturaleza.

La pista no resulta complicada salvo por el barrillo que se forma con la lluvia. El firme es bueno y el escenario grandioso, magnífico sin paliativos. Recorrer esta región del planeta es un verdadero premio. Me lo lleva pareciendo desde que aterricé en Canadá procedente de Filipinas. Asia me había saturado por el calor y la sobrepoblación. Gente por todas partes. Pero aquí no hay gente. No hay apenas nadie más que algunos tenderos que tratan de hacer alguna ganancia con el turismo veraniego. Son tipos peculiares los que viven aquí. Individualistas, enigmáticos y algo huraños. Son gente que huyó de algo e intentó una nueva existencia más difícil pero alejada de una sociedad que no les gustaba. Gente como el malogrado Christopher Mcandles, el idealista muchacho de Hacia Tierras Salvajes que falleció de hambre y frío en un autobús abandonado en este territorio tan extremo.

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Los grandes espacios, las inmensas llanuras, los altos montes, los inabarcables lagos… todo aquí se confabula para que la Naturaleza haga sentir al hombre su pequeñez, su insignificancia, su finitud y la cortedad de una vida breve. Quizá por eso los hombres se han dividido entre los que han querido vengarse sometiendo el planeta a su poder tecnológico y los que han pretendido adherirse a esta abrupta superficie sin molestar, pidiendo permiso para admirar su grandiosidad. Yo no sé bien donde estoy situado. Respeto al monstruo, amo su benevolencia y temo su crueldad, me gustaría no molestarle, pasar como el aire, acariciando sin invadir; pero al mismo tiempo me entusiasma el motor de explosión. El rugido de la gasolina quemándose y la sensación de proyectarme contra el horizonte. Mi vida no tendría sentido sin la motocicleta. Me lo ha dado casi todo. Soy lo que soy gracias a que un día me subí en una.

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Al terminar la pista encontramos un grupo de ciclistas argentinos que pretenden regresar pedaleando hasta casa cruzando toda América. Los admiro. Sé que ellos son más coherentes que yo con la filosofía del respeto a la Madre Tierra y a la economía del vagabundo. Si yo apenas puedo cargar con nada superfluo, su equipaje es aún más contenido. Envidio su autonomía, el no depender de gasolineras, pero sigo creyendo que mi modo de viajar es el auténtico regalo del Dios en que creo desde que entré en la Catedral de Uzbekistán, hace muchos miles de kilómetros. Compartimos un magro almuerzo sentados en el suelo mientras un curioso roedor de la pradera se acerca a olfatear quienes somos. Llevan varios días de esfuerzo para recorrer esta pista que a nosotros nos ha costado varias horas de diversión. A pocas millas hay un hotel. Convenimos en vernos allí al anochecer. Ellos acamparán pero les ofrezco la ducha de mi habitación y unas cervezas cuando lleguen. Será otra de esas noches compartidas entre viajeros que van jalonando de felicidad el largo camino al fin del Mundo.

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Cuando llegamos a Tok, última población de Alaska antes de la frontera con Canadá, despido a Domingo y me dirijo hacia Calgary para ir hacia Yellowstone. Atravesaré el Yukón y la Columbia Británica por la Alaska Highway. En Watson Lake hago un alto para visitar una de esas chorradas que tanto gustan a los americanos: el bosque de señales de tráfico más grande del mundo. Una acumulación de postes, letreros y señalizaciones de los más remotos lugares. Los hay incluso de Europa. Sin embargo, no hay nada español así que dejo pegada una de mis pegatinas de la Ruta Exploradores Olvidados y seguimos ruta.

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Tengo que atravesar un gran territorio de enorme pureza llamado Grand Prairy. O lo que es lo mismo: La Gran Pradera. Los búfalos campan a su antojo, lo mismo que los caballos salvajes y hasta algún oso negro escuálido al estar recién despertado de su hibernación. Más al sur, alcanzo los últimos glaciares de Jasper. Rodeado de esta Naturaleza pujante y altiva uno no puede evitar sentirse como uno de esos pioneros del siglo XVIII que buscaron un futuro explorando las enormes extensiones del Nuevo Mundo a costa de su propia salud y seguridad. Esta categoría de gente dura y obstinada la describió perfectamente el francés Alexis de Tocqueville en un librito delicioso titulado Quince días en las soledades americanas. Yo llevo algo más de tiempo aquí pero no dejamos de admirarme ante esta bella tierra que el ser humano no ha logrado todavía corromper del todo.
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Mientras hago noche en un motel de carretera, coincido con algunos motoristas estadounidenses. Vienen de Seattle con rumbo a Alaska. Suele ser habitual que cuando cuente de donde vengo y a donde voy se sorprendan grandemente con semejante viaje. Tomo unas cervezas y charlamos sobre las diferencias existentes entre Estados Unidos y Canadá. A pesar de que para un europeo ambos son parecidos en las formas, en su gigantismo y en sus paisajes, para mí, Canadá es mucho más habitable. Se respira un ambiente menos tenso, socialmente relajado, poco dado al extremismo patriótico y las armas que tanto chirrían al viajero español que recorre USA. Los norteamericanos asienten, al menos en parte. Tratan de explicarme su punto de vista. Canadá se beneficia de la protección que les ofrece el manto militar de Estados Unidos, pero a pesar de ello lo mira con desdén y autosuficiencia.

—¿Sabes lo que significa “designated driver”?—me dicen.

Asiento. Literalmente, el conductor designado es aquel que en las noches de borrachera ha de mantenerse sobrio para llevar a casa al resto de ebrios compinches.

—Pues Canadá es el designated driver de Norteamérica—ríen.

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Fotos:Miquel Silvestre
Más en Diario del Viajero:Parque Nacional Denaly

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