Fin de semana navideño en Ámsterdam: tiendas de bromas intelectuales, cafeterías entrañables y pannekoeken

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Como estamos en época prenavideña, no me resisto a compartir con vosotros el viaje que llevé a cabo por estas mismas fechas a Ámsterdam, a fin de que huyáis un poco de las calles principales y los lugares comunes y descubráis algunos rincones especiales. O, al menos, que para mí fueron muy especiales.

Si nada más llegar Amsterdam, pues, queréis huir de las rutas transitadas, donde se instalan comercios para tentar al visitante que quiere comprar en las tiendas que ya conoce, comer en los fast-food que ya ha probado o participar en el guirigay de la muchedumbre que visita la ciudad para observar a las prostitutas detrás de los escaparates del Barrio Rojo y fumar marihuana, entonces no puedo dejar de recomendaros la visita al barrio De Jordaan. Turístico pero también fuertemente local.

Calles poco transitadas, tiendas de lo más variopinto (una dedicada a cepillos de dientes, otra a gafas históricas, otra era una tienda de bromas intelectuales…). El mejor lugar para ir de compras es la zona de las nueve calles (De Negen Straatjes), y los lunes y los sábados se celebra el Noordermarkt, un mercado precioso.

Pero lo que más abunda en De Jordaan (y en toda Ámsterdam, todo sea dicho) son las cafeterías infinitamente entrañables, cuidadas hasta el último detalle, con velitas, con adornos, con luz atenuada, con luces navideñas parpadeando por doquier, como si estuvieras en el puente de la Enterprise, en la versión vintage de Star Trek.

Cualquier local de De Jordaan, aunque sean cuatro mesas añadidas a una panadería, parece un parador alpino o un pub dublinés. A ninguno le falta nada. Y, sobre todo, los camareros desprenden tal amabilidad que llegas a creerte un amigo perdido que regresa al hogar después de mucho tiempo. (Doy por supuesto que los camareros que nos atendieron no estaban dopados con cigarrillos de la risa o algún producto similar).

En Ámsterdam no vimos ningún inmigrante mal pagado sirviendo en bares, cafeterías o simples panaderías. De hecho, curiosamente, no vimos ningún inmigrante trabajando en la hostelería (a no ser que te zambulleras en Chinatown, por ejemplo, donde aún podían mostrar más amabilidad y dedicación, si cabe). Ello se debe, según tengo entendido, a que se ofrecen incentivos a los responsables hosteleros que contraten a holandeses.

¿Los precios por tamaña amabilidad y dedicación? Pues como en ciudades como Barcelona o Madrid, exceptuando los cafés, el agua y los refrescos, que son más caros. Por alguna razón, un café podía llegar a costar más de 2 euros. Y si pedías un agua o una Coca-Cola, se te servía agua del grifo o un vaso de Coca-Cola directamente vertida de una botella de dos litros. Y a precio de oro.

Aún se me hace agua con mi desayuno consistente en un muffin de almendras y un croissant de queso en una panadería de De Jordaan tan entrañable que parecía recién salida de Stars Hollow. Al día siguiente, también desayunamos en otra especia de cafetería que semejaba un parador alpino. Fuimos atendidos por un chico muy joven y muy amable que tenía cierto aire a Brad Pitt. Nos sirvió dos pedazos enormes de pastel de manzana casero rodeados de nata. Hablo de un pastel fabuloso, exuberante. De uno de esos pasteles que hacen historia. Un pastel casero de aspecto casi de dibujos animados.

La zona también es pródiga en restaurantes donde uno puede probar la gastronomía típicamente holandesa. Son lugares donde los trabajadores almuerzan. Se distinguen estos restaurantes del resto porque suelen mostrar un cartel con una sopera con los colores de Holanda y la inscripción “Neerlands Dis”.

Allí probamos los pannekoeken, tortitas enormes con diversas combinaciones. Creo que allí habría más de ochenta combinaciones, entre dulces y saladas.

También cenamos en la zona, en una suerte de pub todo de madera, con velas enormes derretidas, como en el castillo de Drácula. La atención de los camareros, como de costumbre, era exquisita. Luces tenues, sin humos, sin algarabías; y con vistas al canal. Nos sirvieron un plato de quesos curados acompañado de cervezas como la Timmermans de cereza. Un plato de tacos tan grandes de queso que ya no nos quedó estómago para nada más. Casi lloramos de felicidad.

Así es la parte más bohemia de Ámsterdam. Un lugar que aún resulta mucho más especial en estas épocas navideñas: el doble de luces parpadeantes, adornos y amabilidad. ¿Qué más se puede pedir?

El mercado navideño más importante, que se celebra desde el 1 de noviembre de 2011 al 1 de enero, es el Kerstmarkt Winterland Amsterdam, y se monta en la plaza Rembrantplein.

Foto | Jvhertum | Sisyfus
En Diario del Viajero | Diez (más una) razones para viajar a Ámsterdam | En 2012 los extranjeros no podrán consumir marihuana en los coffeeshops holandeses

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