Casa de su madre, trabajo, videojuegos y un paseo corto con el perro. Y al día siguiente, otra vez: rutina. Así describe José su vida en Madrid, y ese es el punto de partida de un testimonio que recoge en un vídeo de Youtube publicado en su canal, Jose Rumbo a la finca.
José y su pareja acabaron en un pueblo de la comarca leonesa de El Bierzo del que no dice el nombre, con casa y jardín. Y hasta con un huerto que no estaba en los planes.
Un año después de mudarse, José hace balance y reconoce que la experiencia "no ha sido exactamente como nos habíamos imaginado", aunque siguen convencidos de que la decisión fue un acierto.
De la rutina a una casa con jardín
Antes vivían en casa de su madre, con una vida "bastante normal y sobre todo muy repetitiva". En sus propias palabras: "Pasamos de despertarnos, trabajar, jugar a videojuegos, sacar al perro 5 minutos y volver a empezar al día siguiente, a tener una casa, un jardín, nuestro primer huerto y un montón de proyectos que jamás hubiésemos imaginado".
Madrid, además, empezaba a pesarles. Cuentan que "cada vez era más la cantidad de gente, los atascos, la suciedad", que los pequeños comercios iban cediendo terreno a las cadenas y que "empezábamos a sentirnos un poco menos seguros que antes".
Una casa que no llegó ni a estar anunciada. Querían independizarse y construir algo juntos, así que, de repente, "nos dio el venazo" y se pusieron a mirar casas por el norte de España. Tras mucho buscar, apareció una que todavía no estaba ni anunciada en internet: el agente inmobiliario les mandó las fotos por WhatsApp y quedaron con él el fin de semana siguiente. "Cuando entramos nos enamoramos", cuenta José. Solo la visitaron dos veces antes de comprarla, y de ahí su frase: "Nosotros no elegimos el pueblo, el pueblo nos eligió a nosotros".
Ya instalados, llegó el huerto. No formaba parte del plan inicial, pero, según José, "poco a poco empecé a interesarme por saber de dónde viene lo que comemos y por intentar producir una pequeña parte de nuestros alimentos". La nueva rutina de la pareja estaba más centrada en el mantenimiento del hogar, el cultivo y una comunidad que describe como solidaria.
Más calma, más kilómetros
En el pueblo, cuenta José, todo es más tranquilo, silencioso y pausado, justo lo contrario de una capital con actividad a todas horas. Pero no todo es color de rosa. Hay contrapartidas que tienen que ver con las distancias y con depender del coche: "Para ir al mercado, a la carnicería, a la frutería, la pescadería o la ferretería tenemos unos 20 minutos de ida y otros 20 de vuelta. Para ir al cine o tener más opciones de restaurantes necesitamos alrededor de media hora".
Los servicios, por supuesto, también van a otro ritmo. El correo, según José, "puede llegar hoy, dentro de cuatro días o dentro de tres semanas, dependiendo de cuándo le toque al repartidor subir al pueblo".
Lo que echa de menos. La lista es corta, y bastante humana. "Sinceramente, de Madrid solo echo de menos a la familia y a los amigos. También echo de menos algunas opciones gastronómicas, el cine en versión original, las palomitas de caramelo y, sorprendentemente, el Ikea".
Ahora les toca ir adquiriendo terreno poco a poco, ampliar el huerto, criar animales y, con el tiempo, tener una finca y alcanzar cierto grado de autosuficiencia. Una tarea que les llevará tiempo, pero, dice José, "precisamente se trata de eso, de construirla poco a poco desde cero".
Imágenes | Youtube, Wikimedia
En Diario del Viajero | Javi, dueño del bar de un pueblo de 55 habitantes: "El negocio no nos da para vivir, mi mujer es la que está allí todo el día y yo trabajo en el Ayuntamiento"
En diario del Viajero | Se buscan voluntarios para vivir gratis en un refugio de la Sierra de Gredos a cambio de cuidar animales
Ver 0 comentarios