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-Namasté! A la estación de Old Delhi, por favor. ¿Veinte rupias?
El conductor de rickshaw paró la bicicleta en medio del tráfico que se amontonaba entre las calles de Paharganj. – Cuarenta rupias.- secamente contestó.
-Pues que sean 30. El conductor se mostró satisfecho y salte al vehículo con mi mochila agarrada entre las piernas. Eran las nueve de la noche en Delhi y las calles estaban atestadas después de un sábado de mercado. La gente volvía a casa y era impresionante ver el desfile infinito de bicicletas, carretillas, rickshaws y demás vehículos baratos y aptos para cargar los innumerables artículos en venta de esta ciudad.

Por suerte salí con una hora y media de antelación. El tren hacia Ajmer, en Rajasthán, partía de la Old Delhi Station a unos 5 km. de donde me alojaba y el trayecto hasta allí fue todo un reto. El conductor del rickshaw era un auténtico fenómeno e iba esquivando todo tipo de obstáculos por el camino; vacas, carretillas, gente, bicicletas. El calor humano embriagaba una calle cuyas direcciones han perdido su sentido una vez asaltadas por un número astronómico de hindúes y musulmanes a la vez. A veces nos quedábamos atascados y generalmente era debido a alguna cuesta donde se podía ver a algún tipo cargando mas de 100 kilos en una carretilla.

Tuvimos un par de choques con otros rickshaws pero sin graves consecuencias, ¡hasta que atropellamos a un vendedor de frutas! El tipo quedo acorralado entre su estante y la rueda posterior de la bicicleta. Su compañero de trabajo salió en su defensa y amenazó con una silla levantada al aire al conductor y le soltó unos cuantos improperios en hindú.

Pudimos escapar sin consecuencias mezclándonos de nuevo entre el gentío y tras medía hora más de locura frenética en hora punta en la capital india llegamos a la estación sanos y salvos.

Fui generoso y solté 50 rupias y un apretón de manos y me interné en la estación para encontrar el andén número 24, ni más ni menos.

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