Cerca de mil euros de alquiler en Palma, con prácticamente todo el sueldo yéndose en la vivienda. Ese era el punto de partida de Catalina y Segundo. La la pareja se lo contaba a La Vanguardia en una entrevista en la que hablaban también de los desplazamientos, porque tenían trayectos que, de 10 minutos habían pasado a durar 30 o 40. "Toda la situación nos causaba mucho estrés", explican. Así que dejaron la ciudad en la que habían vivido siempre y se fueron a Blimea, un lugar bastante alejado del ritmo que llevaban en Palma. Allí acabarían comprando un piso por 20.000 euros. Su balance, con la mudanza hecha: "Hemos ganado mucha tranquilidad y calidad de vida".
Segundo trabaja como asesor inmobiliario. Eso se nota en cómo se planteó la búsqueda de vivienda. Empezó a mirar fuera de la isla al ver cómo subían los precios, y leyó que, aunque habñia municipios más baratos en España, en Asturias, San Martín del Rey Aurelio era el concejo con los precios más económicos por metro cuadrado. 556 euros por metro cuadrado, concretamente. La pareja tardó unos cuatro meses en comparar pisos y, antes de decidirse, investigó el edificio, consultó el catastro y viajó hasta Asturias para verlo en persona. Con los conocimientos de Segundo, tenían claro qué pasos dar.
Un piso por 20.00 euros más 7.000 de reforma
Eligieron un piso de unos 80 metros cuadrados que les costó 20.000 euros, aunque había que meterle mano. Eso sí, ellos le vieron potencial: era muy grande, entraba mucha luz natural y, con algunas reformas, "podía quedar muy bonito".
Las primeras semanas durmieron sobre un colchón, mientras tiraban tabiques que no eran estructurales, retiraban una moqueta antigua y los muebles viejos, pintaban, ponían vinilo en el suelo y renovaban el baño. Fueron dos meses de trabajo, con entre ocho y diez horas diarias, con el padre de Segundo aconsejando por videollamada y algún que otro tutorial de por medio. La reforma les salió por otros 7.000 euros. "Con lo que cuesta que te reformen solo un baño, nosotros prácticamente reformamos todo el piso", cuentan.
Hoy tienen tres habitaciones, un comedor grande, una cocina amplia y un baño. Lo único que echan en falta es un balcón.
En el día a día, lo que más valoran es la calma: "Aquí no hay tráfico, ni colas; puedes ir andando a casi todo y no tienes ningún problema para encontrar aparcamiento". También hablan de los vecinos, que los recibieron bien desde el primer momento. Un vecino mayor les abrió las puertas de su casa y sigue pendiente de si necesitan algo. "La gente del pueblo es muy cercana, te saluda, se interesa por ti y te hace sentir parte del lugar en muy poco tiempo", dicen. "Hemos aprendido a vivir con menos estrés y más calma", resumen. Ahora, aseguran, priorizan la tranquilidad y el trato humano frente a tenerlo todo cerca o vivir en una gran ciudad.
Pero no todo son ventajas, reconoce la pareja. En Blimea hay farmacia, colegio y centro de salud, pero para un centro comercial, tiendas de ropa u otras opciones de ocio toca irse hasta Oviedo. "Definitivamente, no es para todo el mundo", admiten, aunque creen que quien nunca ha vivido en un pueblo podría llevarse una sorpresa con el cambio.
Imagen | Jose Rodriguez Ortega
En Diario del Viajero | Javi, dueño del bar de un pueblo de 55 habitantes: "El negocio no nos da para vivir, mi mujer es la que está allí todo el día y yo trabajo en el Ayuntamiento"
En diario del Viajero | Se buscan voluntarios para vivir gratis en un refugio de la Sierra de Gredos a cambio de cuidar animales
Ver 0 comentarios