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Madonna Inn: visitando en el hotel más hortera del mundo, bebiendo en copas rosas y orinando en una cascada

Madonna Inn: visitando en el hotel más hortera del mundo, bebiendo en copas rosas y orinando en una cascada
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Después de visitar el Heart Castle, la mansión más desproporcionadamente lujosa que había visto en mi vida, aquel día nos deparaba otra sopresa megalómana, hortera, kitch, casi, casi demente. Un suicidio estético que, no obstante, tenía muchos seguidores. Yo mismo había conducido hasta allí para comprobar si aquel lugar existía o sólo pertenecía al mundo onírico. Su nombre no podía estar mejor escogido: Madonna Inn. De lejos recordaba al castillo de la Bella Durmiente.

Accedimos a aquel hotel de San Luis Obispo, en la Autopista I0I, y nos vimos envueltos por moquetas verdes, paredes rojas, sillones tapizados, barandillas doradas, flores por doquier, lámparas aculebrinadas, luces de Navidad, muñecas de relojería columpiándose en el techo y toda una hortera exhibición propia del barroquismo más desmelenado que podría haber pasado como decorado de algún mundo de fantasía de Disneyland.

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La idea era tomar un simple café en el restaurante del hotel, y sobre todo ir al baño, porque habíamos leído que era una experiencia inolvidable. El salón principal estaba completamente lleno, a pesar de que había más de un centenar de mesas: al parecer, el Madonna Inn tiene mucho éxito, a pesar de su estilo recargadamente rococó. Una chimenea de piedras descomunale, lámparas retorcidas, infinidad de luces navideñas, relojes dalinianos. No en vano, anexo al restaurante atisbamos una tienda de artículos típicamente kitch, que también tenía su público.

Las copas que había en nuestra mesa eran de color rosa y estaban grabadas con motivos vegetales. Una jacarandosa camarera nos vino a atender. Pedimos dos cafés (los precios, como podéis imaginar, eran desorbitados), pero nos quedamos con las ganas de probar su amplia selección de tartas de colores. Por cierto, el azúcar que nos sirvieron para el café era... de color rosa. True Story.

Hay tantas cosas que ver en el hotel, que una vez consumí mi café mi dirigí a los baños, que se encuentran en la planta de abajo. Durante el camino aproveché para posar mis ojos en toda clase de objetos descabalados y extraños, en una decoración tan recargada que convertiría la casa de alguien aquejado con el síndrome de Diógenes en un ejemplo del horror vacui. Y finalmente, oriné. Y lo hice en una cascada de piedra de la que rezuma agua cada poco tiempo. Me sentí un poco cavernícola.

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Al salir del baño, había otro parroquiano esperando para orinar, y venía con su mujer y una cámara en ristre: al parecer quería que su mujer le filmara mientras él se desahogaba sobre la cascada. Surrealista, como el Madonna Inn.

Las habitaciones temáticas

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Las habitaciones disponibles en aquel hotel de carretera con clara vocación de prostíbulo de pesadilla merecen un renglón aparte. Una mixtura de universos que podría hacer las delicias de las mentes más perversas. 109 habitaciones decoradas de un modo único y exclusivo, y bautizadas todas con su propio nombre.

Por ejemplo, Cascada, en la que, frente a la cama, manaba agua de un surtidor que imitaba a una cascada tropical. O China. O Coches Antiguos. O El Tiempo Es Tu Vida, que está presidido por un gran reloj.

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O Aniversario, que estaba pintada en tonos pastel, como si la primavera hubiese estallado allí dentro, salpicándolo todo de rococó rosicler. O la Suite Austriaca, que parecía una habitación del palacio de Anastasia. O Buffalo, en cuya pared colgaba una ominosa cabeza de búfalo, una pared, por cierto, estampada de infinitos patrones de flores verdes; y una piel de búfalo sobre la cama king size.

O El puente del capitán, con motivos náuticos y un espejo con trazas de ojo de buey. O Jungle Rock, que estaba ornamentada con arbustos silvestres. O España, cuyas paredes sufrían desconchones deliberados, clara alusión a la cochambre y a la reputación de informalidad que planeaba sobre mi país de nacimiento.

Si tuviera que escoger una habitación, tal vez me quedaría con una que me permitiera atender a la ancestral llamada prehistórica: Hombre de las cavernas. Un lugar muy apropiado para comportarse de un modo primitivo, cavernícola. La habitación Hombre de las cavernas simulaba ser una cueva prehistórica, con rocas de porexpán adheridas en el techo, las paredes y el suelo. Por los resquicios de las rocas brotaban plantas de acuario. En el centro de la habitación, bajo un techo abombado, se encontraba una cama cubierta por una manta que imitaba la piel de leopardo. Parecía oler a humedad, parecían escucharse los gruñidos remotos de las bestias de la jungla.

Así era el exuberante Madonna Inn. Que merece una visita aunque sólo sea para tomar un café y orinar en un baño con forma de cascada.

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