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Mi aventura (con un poco de miedo) en busca de un plato delicioso en un barrio peligroso

Mi aventura (con un poco de miedo) en busca de un plato delicioso en un barrio peligroso
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A raíz de la invitación a un congreso en medicina en Chicago, tuve la oportunidad de hacer un poco de turismo durante unos días. Sin embargo, ya sabéis, quienes me leéis a menudo, de mi querencia por los restaurantes que han sido recomendados por Guy Fieri en su programa de televisión.

La cuestión es que el restaurante al que quería acudir estaba en Chicago, sí, pero en las afueras. Ni corto ni perezoso, cogí un taxi, le di las señas al conductor (5840 West Roosevelt Road) y me dejé llevar. Al poco rato, cuando nos introdujimos en la autopista, advertí que nos estábamos yendo más lejos de lo que creía. Luego pensé, claro, había cogido el taxi muy cerca de West Roosvelt Road, en el centro de Chicago, y tenía que ir al número 5 mil y pico. Eso son muchas, muchas manzanas. Tantas como para dejar el skyline de Chicago a lo lejos, en un horizonte borroso.

Entonces, abandonamos la autopista, y nos internamos en GTA, literalmente. Estaba en las afueras de Chicago, en un barrio, Austin, un poco chungo, donde la mayoría de lugareños eran negros o latinos. El barrio donde Al Capone campaba a sus anchas. Era una zona descolorida y pobre, salpicada de fábricas por doquier que lanzaban columnas de humo negro hacia el firmamento. Nos flanqueaban edificios de apartamentos vetustos y ruinosos, y ellos se conectaban entre sí mediante cuerdas de tender, de las cuales pendían como raros murciélagos policromos la colada de miles de familias. Muchas de las ventanas estaban rotas o entablilladas, y de ellas surgían los gritos de alguna desavenencia conyugal o los anuncios televisivos tipo marque el 1-800-FLYTWA o 244-GETPIZZA.

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El adoquinado del suelo rezumaba sustancias alquitranadas como heridas de las que brota sangre, los niños que se desbandaban por la calle tenían las rodillas y los codos desportillados, con costras o con tiritas. Todo en general daba la impresión de hallarse lastimado o en fase de recuperación (o aquejado de una sórdida enfermedad terminal). Hasta los perros salvajes que corrían de un lado a otro miraban con ojos opacos.

Un tufo nauseabundo, además, impregnaba la atmósfera, un tufo como de carne rancia. Quizás lo originaban las alcantarillas. O los deshechos y las mondaduras de frutas y legumbres que se acumulaban en contenedores y alcorques. O algún apartamento con vocación de estercolero e inquilino con síndrome de Diógenes. O el calor, que podría la comida de los escaparates abiertos de las tiendas, que, además, atraía a puñados de moscas que danzaban al son del rap de los equipos de música callejeros. O, quizá, procedía de la enfermedad y la descomposición endémica que todas las cosas manifestaban en una unánime exhalación.

El taxi me dejó justo frente a la puerta del restaurante, un diner clásico.

The Depot American Diner

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El local es tan auténtico que me daba la sensación de que me había trasladado atrás en el tiempo. En la barra, acodado, había un hombre bebiendo cerveza. Era tarde, así que no había nadie comiendo. Como ya me tenía el papel aprendido, cuando me interpeló el camarero no tuve dudas: Pot Roast Sandwich.

Ternera tres horas la horno con diferencias hierbas, luego se desmigaja. Gravy por encima. Aros de cebolla fritos. Y patatas. El gravy está compuesto mantequilla, harina, caldo y pasta de ternera. Una maravilla. Estaba delicioso. De postre, agujeros de donut (bolas) fritos mojados en salsa de chocolate y una pizca de café. Todo casero. Y muy, muy pecaminoso.

El problema al que me enfrenté, al abandonar el restaurante, es cómo iba a volver al hotel. Estaba, según mi gps, a más de quince kilómetros en línea recta. No pasaba ni un solo taxi por allí. No veía autobuses, trenes, o cualquier otro medio de locomoción. Solo pasaban coches a gran velocidad que ni siquiera se detenían en los pasos de cebra. Yo debía andar por una interminable acera, pasando negocios de ínfima estofa, talleres de coches, y muchos eriales en los que había bandas jugando o trapicheando.

Me dio por pensar que podría llegar al hotel andando, pero podía tardar muchas horas, no me sentía muy seguro allí, y estaba empezando a anochecer. Afortunadamente, al poco rato me crucé con una parada de autobús. No entendía muy bien si el autobús me llevaría al hotel, pero parecía que su dirección era el centro, aunque no llegará hasta el centro. Después de media hora esperando, llegó, me subí, y compartí viaje con un montón de hombres, mujeres y niños. Algunos me miraban porque era el único blanco. Mi plan era bajarme del autobús en el momento que girara por cualquier calle y no siguiera por aquella avenida que conectaba con el centro de Chicago. Cada kilómetro que ganaba, me alegraba un poco más. Incluso parecía que el barrio iba mejorando, aunque muy, muy lentamente.

Inopinadamente, el bus cambió de dirección. Toqué el botón de parada. Me bajé. Andé otro rato hasta encontrar un tren. Y finalmente, tras esperar el convoy en una especie de salida de autopista, rodeado de desolación, anocheciendo, me subí al tren, que me dejó en media hora a pocos metros de mi hotel. Toda una aventura. Pero valió la pena.

Fotos |Sergio Parra En Diario del Viajero | Instantáneas de California: almorzando en Dottie´s y descubriendo el pan de eneldo, el mejor pan que he probado en mi vida

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