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Embajada a Samarcanda. Italia II. Emilia Romagna

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De nuevo en ruta, me dirijo a la región de la Emilia Romagna, en pleno delta del río Po, en la Italia profunda que popularizara la serie don Camilo. Aquí se encuentran algunas de las ciudades medievales más bellas, como Modena, Rávena, Bolonia o Ferrara. Vengo hasta aquí porque esta parte del país todavía no la conozco. He rodado por los Alpes italianos, por la Toscana, La Umbria, La Puglia, Sicilia, Calabria, Nápoles, La Costa Amalfitana… pero me quedaba esto por descubrir. Y bien que me alegro de haber venido cuando al entrar en el casco viejo de Ferrara (algo que solo se puede hacer en moto) me planto ante el maravilloso Duomo, o catedral de San Jorge, el santo que mató al dragón y que es patrón de la ciudad, o el asombroso Castello Estensi.

Callejeo un rato a pie por los barrios viejos menos turísticos y descubro humildes plazas llenas de sabor, ropa tendida, pintadas de amor y puertas viejas. Esta es la Italia real que más me gusta, la profunda, con su olor a pizza, a pasta, a perfume de mujer. Y es que el cortejo tiene en este país un sentido más profundo de lo que parece. Los italianos son ligones, eso lo sabe cualquiera, pero tras pasar entre ellos una temporada creo haber descubierto que hay algo de metafísica en ese afán de conquista. No se trata solo del éxito de semental o de un don juanismo banal. Esta gente vive el galanteo como una auténtica religión nacional al nivel de su amor al calccio, o sea, al fútbol.

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Se lo oí en una ocasión a Josep Pla en una vieja entrevista de TVE cuando estaba muy mayor y cerca de la muerte. El sabio ampurdanés hablaba maravillas de Italia; de hecho, mi primer viaje fuera de España, en abril del 2008, fue a la Toscana porque él dijo en aquella entrevista que de todos los lugares que conocía, y conocía muchos, solo la Toscana merecía verdaderamente ser salvada. Pero dijo más cosas. Enamorado de Italia y de su arte y sus paisajes, reconoció que los italianos podrían haber hecho grandes cosas en la historia y que podrían hacerlas en el futuro, pero su problema es que les gustan demasiado las señoritas y eso los distrae de lo esencial, de aquello en lo que sí se centran los alemanes o ingleses. Ahora yo creo haberlo entendido mejor que Pla. El problema de los italianos en realidad no es un problema. Para ellos las señoritas y su conquista no los distraen de lo esencial, es que eso es para ellos lo esencial.

Pude comprobarlo en Bolonia, ciudad universitaria famosa por sus torres. En el siglo XII, la población se llenó de estas espigadas edificaciones. Parece ser que su función no solo era defensiva, sino también servían como gesto de ostentación que demostraba el poder y caudales del propietario. Los documentos notariales de la época hablan de hasta ciento ochenta de estas torres. La mayoría fue demolida en los siglos siguientes. Actualmente quedan alrededor de una docena. Las más conocidas son las dos que hay en el centro, llamadas Garisenda y Asinelli, afectadas por el mal endémico de las construcciones italianas del medioevo, la inclinación o pendencia ante la falta de cimientos sólidos y lo inestable del terreno de asiento. Los nombres proceden de las familias constructoras. Poco más allá se encuentra la estatua de Neptuno y la Plaza Mayor. El tráfico rodado está prohibido en la zona y la afluencia de público es considerable.

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Pero a mí me gusta hacer fotos y vídeos en estas ubicaciones históricas cuando no hay gente, de modo que suelo acudir al amanecer. Y eso hice. Me planté en mitad de la Plaza Mayor a las siete de la mañana, desplegué mi trípode, coloqué la cámara y me disponía a disparar una serie de instantáneas cuando apareció un coche de los Carabinieri. A veces estas cosas suceden. Me pidieron la documentación e informaron de que no era posible acceder en moto al centro histórico. Empezaron a rellenar un formulario de denuncia y yo me temí tener que pagar allí mismo un buen puñado de euros o tener que dar algunas explicaciones a BMW Motorrad España, propietaria de la moto, si le llegaba una multa desde Italia.

—Verá—argumenté en plan cateto rascándose el cogote—, es que estoy viajando hacia Uzbekistán en este modelo nuevo de BMW y quería hacer unas fotos en esta plaza tan bonita para la prensa y la televisión en España.

El policía se quedó mirando la moto y preguntó.

—¿A Uzbekistán? ¿En esa moto?

—Sí, verá, he dado la vuelta al mundo y éste es mi trabajo. Viajar, fotografía, filmar y escribir.

Y según yo decía esto, le enseñaba las fotos de mi Iphone donde se veían los distintos escenarios que había recorrido hacía solo unos meses. Que si África, que si Asia, que si América… El tipo estaba verdaderamente admirado ante lo que veía. Dejó la tarea de apuntar en el librito de denuncias.

¿Y has viajado solo?

—Si, la mayor parte del tiempo viajo solo.

Me miró con cierta pena en el rostro y murmuró devolviéndome la documentación y dejándome ir sin extenderme la multa correspondiente.

—¡Ah, el giro del mondo! ¡Qué bello! ¡Pero-añadió- con una mujer, eso sí sería realmente bello!

Y es que lo esencial no es lo mismo para todos. Y no lo toque más,señor Pla, porque Italia y los italianos son así .

Fotos:Miquel Silvestre

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