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Embajada a Samarcanda. Marco Polo y Rusticiano de Pisa

Embajada a Samarcanda. Marco Polo y Rusticiano de Pisa
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Estoy en Barcelona. Hoy jueves 4 de abril abandonaré España rumbo a Samarcanda, Uzbekistán, en el corazón de la Ruta de la Seda. Es momento para recordar a los primeros europeos que se internaron tan lejos. Quizá el más famoso sea Marco Polo, de quien todos hemos oído hablar aunque no sepamos exactamente qué es lo que hizo. Muchas veces comparo el éxito mediático del veneciano frente al desconocimiento que hay sobre la figura de uno nuestros primeros exploradores asiáticos: Rui González de Clavijo, cuyo rastro seguiré en mi aventura. Pero es que, como suelo decir medio en serio medio en broma, los italianos son unos maestros del marketing.

Marco Polo tuvo suerte de conocer a un reportero. Al igual que Magallanes y Elcano, quienes también gozaron de la fortuna de tener cerca a un puntilloso notario que diera fe de la singladura de la Nao Victoria. Gracias a Pigafetta, el escribano de Venecia, y a su detallado diario, podemos saber hoy qué pasó en la primera circunnavegación del planeta. Nunca seremos del todo conscientes de la deuda que tenemos con quienes se esfuerzan por contar lo que sucede, por los narradores, por todos aquellos que mal o bien dejan un rastro que seguir. No basta con viajar, hay que contarlo. Y Marco Polo, el más grande explorador de todos los tiempos es asimismo el mejor ejemplo de la importancia de la crónica. El veneciano errante fue viajero, pero no escritor. Jamás escribió nada. El rastro podía haberse perdido. Su éxito universal es también el de haber topado con un cronista talentoso en busca de una historia. Y él tenía una muy buena.

Su padre y su tío, Nicolás y Mateo, mercaderes venecianos, habían viajado a China mientras el niño Marco aprendía el oficio comercial; a su regreso en 1269 se lo llevaron con ellos. Marco pasó más de dos décadas recorriendo Asia. Volvió en 1295 y pronto fue encarcelado por los genoveses tras participar en las filas venecianas en la batalla de Curzola, isla Dálmata en la actual Croacia donde la tradición afirma que nació el ilustre explorador. Fue durante su forzoso encierro en 1298 cuando narró sus aventuras a su compañero de celda, el escritor Rusticiano de Pisa. Fue éste, y no Marco, quien escribió el Libro del Millón o Libro de las Maravillas.

El texto se convirtió en un fenómeno social a pesar de ser anterior a la imprenta, se tradujo a varias lenguas y Marco Polo se hizo en vida un viajero mundialmente famoso mientras Rusticiano quedaba en un lejano plano, reservado su conocimiento a los eruditos y a los bibliógrafos. Marco Polo vivió ya como un mito. El mismísimo Cristóbal Colón poseía una copia del libro y comparaba lo que veía en América con lo que leía en las páginas para certificar que estaba en lo cierto, que efectivamente había llegado a las Indias Orientales. Murió en el error después de tres viajes al Nuevo Mundo que él se negaba a considerar nuevo.

Pero como no podía ser de otro modo, Marco Polo, al ser famoso fue también en un personaje controvertido. No pocos cuestionaron la veracidad del relato. Su propia familia le rogó en el lecho de muerte que hiciera apostasía de sus fabulaciones. El se negó rotundamente y contestó que solo había contado la mitad de lo que había visto. Tal vez tuviera miedo de narrar la totalidad de un relato tan maravilloso y extraordinario por temor la Inquisición o a ser tomado por loco o mentiroso.

Sin embargo, hoy sabemos que el relato es veraz, de modo que yo, que ahora que voy a recorrer los mismos escenarios asiáticos que viera el veneciano, quiero también acordarme del humilde Rusticiano de Pisa y agradecerle con todo sentimiento que estuviera ahí para capturar y contar una gran historia. Gracias, maestro.

Fotos:Miquel Silvestre

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