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Embajada Samarcanda. Estambul y Semra, la tatuadora

Embajada Samarcanda. Estambul y Semra, la tatuadora
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Estambul, la ciudad del regreso, donde siempre se vuelve. Esta es mi tercera vez. En cada ocasión llegué por un camino diferente. Siempre me he quedado más de una semana. Estambul, un país en sí mismo, diferente a Turquía. Un país que huele a kebab, a zumo de naranja, a azúcar derritiéndose, a perfume, a basura y a cerveza, donde los velos se alternan con las minifaldas y las chicas beben, fuman y van a las mezquitas a rezar. Estambul, la patria de todos y propiedad exclusiva de nadie.

Durante todo el 2008 y 2009 estuve recorriendo el mundo en moto. Desde Madrid a Dublín, de Miami a San Francisco, de Nairobi a Ciudad del Cabo, de Venecia a Almaty, de Budapest a Jerusalén. Fue la experiencia más intensa y real de mi vida, lo que de verdad me mostró quien era yo y de qué era capaz. Surqué la orilla sur del Mar Negro procedente de Asia Central y un día de julio del 2009 crucé el puente del Bósforo y quedé admirado por el enjambre de estímulos y la madeja de gentes, afectos, regateos, vasos de té, dulces y bailes.

Decidí que necesitaba un símbolo. Algo quedara grabado para siempre, que me recordara que yo había hecho todo eso. Así que busqué un tatuador en Estambul. Y encontré a Semra.

Esto es lo que escribí en mi diario del 2009. “Día 28 de julio. Me he hecho un tatuaje en un modesto estudio. La artista, una chica pequeña y delgada, se llama Semra. Ha dibujado el logotipo de mi aventura. 2008 World Tour 2009. Cape Town, San Diego, Dublín, Samarcanda, Estambul y Nairobi. Un planeta azul y verde y una pequeña moto. Es algo que durará para siempre. Como el recuerdo de estos viajes. No quiero que jamás se me olviden.”

n

De nuevo en Estambul rumbo a Samarcanda me viene a la memoria Semra. ¿Y si intento localizarla? ¿Se acordará de mí? ¿Seguirá trabajando en el mismo lugar? Han pasado cuatro años, pero creo que puedo recordar el camino.

En el portal existe todavía el cartel que anuncia “piercing and tatoo”. Llamo a la puerta del primer piso. No contesta nadie. Bajo al bar. Pido un té turco y pregunto si saben si sigue por aquí.

—No, se marchó—informan.

Me quedo pensativo unos instantes. San Google quizá pueda ayudarme. Busco “Semra Tatoo artist” y aparecen varias referencias y un blog. Está en turco. No entiendo nada. Mi interés despierta el de una cliente que tengo al lado. Pide ver el teléfono. Lee con atención y me explica que la dirección nueva no está muy lejos. Llama al número de contacto. Cuando cuelga se dirige hacia mí.

n

Está en su estudio. Te espera.

La dirección está en un portal angosto. Llamo a la puerta. Se abre hacia fuera con un chirrido. Es ella. Sonríe y me tiende la mano. Sabe quien soy. Le pregunto si me reconoce y asiente.

—¡La bola del mundo!—exclama muy contenta.

Eso soy yo. El español chiflado, el de la bola del mundo. La miro y la veo diferente. El pelo más corto. Moreno. Pero la misma mirada alegre y franca y la misma delgadez. Los brazos llenos de tatuajes y una gracia innata imposible de disimular. Ella me dice que tengo la barba más larga pero que sonrío igual.

No sé muy bien qué decirle. Tampoco tengo nada especial que comentarle. Simplemente pasamos un rato juntos sonriendo felices porque el pasado nos ha traído un regalo inesperado: el recuerdo de lo que fuimos hace cuatro años que a veces parecen cuatro vidas dibujadas sobre la piel.

Fotos:Miquel Silvestre

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