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Embajada Samarcanda. La Ruta de la Seda

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El camino siempre ofrece amigos. Y la Ruta de la Seda más aún. No es que este recorrido en Uzbekistán sea un itinerario demasiado transitado ni multitudinario, pero como no hay otro camino alternativo que el que va de Nukus a Tashkent, ni tampoco nada que ver entre medias salgo arena y más arena, siempre acabas coincidiendo con los pocos y osados viajeros que se atreven a recorrerla. Y como en todo, aquí también hay clases. Están los turistas y están los overlanders. O sea, aquí, en estos mil quinientos interminables kilómetros de árido páramo siliceo salpicado por unos pocos monumentos de belleza colosal, coinciden de un modo perfecto y categórico, casi fatal, las dos especies que colisionamos en la filosofía del viaje y de la vida: el burgués y el héroe.

No me siento en absoluto identificado con la mayoría de acalorados occidentales que veo bajarse de autobuses con aire acondicionado para visitar las murallas de Khiva, las madrasas de Bukhará o el Registan de Samarcanda. Reconozco que su periplo es incómodo, que esta tierra es dura e inhóspita aunque se duerma en hotel de cinco estrellas. Las distancias entre estos espectaculares oasis es enorme y el asfalto una broma surrealista. Ellos sufren y por eso creen estar viviendo una gran aventura. Aun así, no formamos parte de la misma tribu. Han venido en avión. Se han saltado muchas casillas en el juego del riesgo. No se han ganado mi respeto.

En cambio, los pocos overlanders que encuentro por aquí, ellos sí son de mi especie y los reconozco como hermanos de clan. Aunque como en todo, también en esto hay clases. En la cúspide, siempre lo reconoceré, los ciclistas. Su denodado esfuerzo y su temple es digno de genuina admiración.

Por eso cuando en cuanto los vi los reconocí. Eran tres. Jóvenes. Altos. Nórdicos. Pronto supe que holandeses. Entraron en el patio del hotel Jipak Joli de Nukus donde yo estaba alojado. Quiero decir que estaba alojado en el patio y no en el hotel. Literalmente. Cuando llegué ya era de noche. Todas las habitaciones estaban ocupadas por los viajeros de autobús. Así que el recepcionista se apiadó de mí y me dejó dormir en el patio abrigado con mi saco de dormir. De modo que allí estaba cuando entraron. Uno de ellos montaba una vespa de 1962 que ya había visto en Estambul (dudé entonces que fuera a llegar más lejos) y los otros dos recién apeados de un viajo Lada Niva cubierto de polvo. Cruzamos las miradas. Me preguntaron con los ojos si yo era el dueño de la BMW aparcada dentro del patio. Asentí y fue suficiente. Ya éramos amigos.

Los invité a mis latas de cerveza y sin quedar en nada, nos acostamos sabiendo que nos volveríamos a encontrar. Efectivamente. Ahora mismo escribo estas notas desde Bujará y ya tengo a Laurens como compañero de habitación y al otro par de chiflados trasteando por el patio del hotel. Pero recapitulemos y empecemos por el principio.

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Lo primero que tuvimos que hacer en Nukus fue conseguir gasolina. El problema del combustible es serio en Uzbekistán. Al menos en la parte occidental del país. Las gasolineras están cerradas y solo se vende de extraperlo. El encargado del hotel me llevó a una casa donde amablemente me vendieron 15 litros a 3000 summs el litro. Alrededor de 1 euro. Tras repostar, pregunté a los chicos que iban a hacer. Me dijeron que el Lada tenía problemas de embrague y que lo estaban reparando, que lo tendrían al día siguiente, pero Laurens estaba deseando salir, así que lo invité a venir conmigo y esperar la llegada del coche en Khiva. Accedió encantado.

Inmediatamente me di cuenta de que el viaje sería largo, porque la vespa iba mucho más lenta que mi BMW, pero paciencia y buen humor. Khiva está solo a 160 kms de Nukus y no había prisa. Cuando llegamos nos alojamos en el hotel Islambek. Era ya tarde, así que cenamos en un restaurante desierto y nos fuimos a dormir. Al despertar, salí a correr. Estas carreras matutinas no solo ayudan a mantenerme en forma, también me permiten explorar. Y menudos lugares descubrí. Khiva es un lugar maravilloso, una joya en el desierto, un oasis lleno de belleza rodeado por una muralla magnífica que servía de última posta a las caravanas de camellos antes de dirigirse a Persia. Es lo bueno de correr además de montar en moto, que regala experiencias y lugares que de otro modo me pasarían inadvertidos.

Los chicos aparecieron a media tarde. Esperamos a cubierto en el hotel a que amainara el terrible calor y por la noche salimos en busca de provisiones líquidas. Encontramos un almacén de licores y compramos cerveza caliente que consumimos en la azotea del hotel con la ciudad a oscuras para nosotros.

Al día siguiente, Laurens descubrió que tenía el amortiguador trasero roto y yo me fui sin ellos. Prometí mandarles un mensaje con mi ubicación. El viaje fue duro, muy largos los casi 500 kilómetros, mucho calor y muy mala carretera. El desierto infinito me rodeaba. Solo una mezquina vegetación, el arañazo asfaltado y algunos pocos figones aplastados por el calor. Pero al final llegué no sin alguna aventura para conseguir gasolina, como el tipo que me cobró diez litros y abrió la espita para 9. Si no me doy cuenta, me tima un litro. Pero al atardecer llegué a una abrasada Bukhará.

Me alojé en un hotel del centro por 20 dólares. Al despertar, salgo a correr y me reencuentro con Bukhará la espectacular. Increíble, hermosísima, fabulosa. Llena de mezquitas, minaretes, madrasas de azulejos azules. Un lugar mágico sin discusión. Y cuando me encierro en la habitación a trabajar llaman a la puerta. Es Laurens. Viene muy cansado, ha dormido no sabe donde. Ha perdido al otro par de holandeses en el desierto.

—No te preocupes—, le digo—, aparecerán. La Ruta de la Seda no tiene perdida. No se puede ir a ningún otro lado. Pronto estarán aquí.

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Fotos:

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