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Una gallega en la India: anécdotas de una mujer viajando sola

Una gallega en la India: anécdotas de una mujer viajando sola
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Aquí en la India por el simple hecho de ser guiri te conviertes en un concursante de Gran Hermano: te miran, te piden que te saques fotos con ellos, te gritan Hello o What is your name para que contestes como se le pide a un perro que dé la pata (viendo la gracia que les hace). Qué le vamos a hacer: ¡Alegría, que para eso estamos en el Tercer Mundo!

Pero si además tienes dos tetas, bueno... Yo no sé; igual con la contaminación que hay aquí emiten radiaciones o algo que les afecta al cerebro, o igual es por el hecho que las mujeres están siempre entre los muros de la casa y por eso se les olvida que nuestra especie también tiene hembras. En estas últimas semanas me han sobado, silbado, pellizcado, seguido, soltado barbaridades en lenguas diversas, tratado en general como si fuera invisible y/o subnormal (esto ha debido de ser porque iba viajando con dos chicos…)

Y yo soportando, que ya sabemos que me gusta sufrir, pero claro, este país es un circo y siempre hay un más difícil todavía; y ese fue un día que me monté en un tren que estaba lleno se soldados Sikhs. A mi, en general, la gente de países pobres en uniforme de combate como que me dan mal rollo. Soy así de racista, y si además están bebiendo whiskazo como era el caso y sacándose las botas y los turbantes, pues como que más. Y encima si el vagón entero se te queda mirando como si se te fueran a comer, porque de verdad, aquello no era ni lujuria, era mirada de "yo me pido las costillas que son mas sabrosas"...

No me bajé del tren porque estaba totalmente atrapada entre pasajeros y bolsas de equipaje (la segunda clase es lo que tiene). Pero me enganché del brazo del Xabi, uno de los chicos con los que estaba viajando, y no me solté hasta que no se enteró todo el vagón de que estábamos comprometidos. Vamos, que en cuanto pasara el revisor le íbamos a pedir que nos casara: si pueden los capitanes del barco, a ver porque no estos, que tiene más mérito abrirse camino entre estos vagones.

Si en el fondo me gusta mucho quejarme, porque luego ya me relajé un poco. Durante las cinco horas de camino no me sacaron el ojo de encima, pero eso que me ahorro en terapia, que tener un vagón lleno de maromos pendientes de ti, ¡también viene bien para la autoestima!

Bea Piñeiro

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