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Una gallega en la India: Visita al Taj Mahal

Una gallega en la India: Visita al Taj Mahal
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Me fui a Agra, por supuesto. Para ver (señores y señoras, poneos ahora todos en pie) el Taj Mahal. Sí, amigos, ahora ya me puedo ir de la India con la cabeza bien alta; por fin lo he visto. Y que queréis que os diga...

Se os va a comer la envidia, pues sin duda es mucho más bonito que en las fotos. Es verdad que te sangran quince euros por la entrada, te registran y te cachean, y encima te dan un susto porque a las mujeres nos hacen pasar por detrás de un biombo y te dices: "¿pero por donde me van a mirar estos?" Aunque solamente es porque hay señoras musulmanas y claro, a ver si les van a ver la cara y las dejan embarazadas, o ¡vete a saber tú!

Pero bien merece la pena aguantar eso, y más, para ver este monumento al absurdo: el rey que lo hizo construir tenía esposas y concubinas (vaya palabra para algo tan humillante) como quien tiene un rebaño de vacas o una jauría de perros exóticos, pero a una en particular la quiso tanto como para construirle este palacio de puro mármol a su recuerdo. Está decorado con piedra de colores incrustada en el mismo mármol formando flores y caligrafía y de lejos parece que las flores de verdad hubiesen nacido dentro de los muros. Dentro, una sala guarda el ataúd de la princesa, minúsculo y en la misma piedra blanca, como una crisálida que hubiera brotado del suelo. Es verdaderamente conmovedor, como supongo que tendría que ser cualquier mausoleo.

Mirándolo desde lo alto del jardín casi puedes sentir el dolor del rey al verlo y recordar a su princesa muerta. Una auténtica maravilla.

Bea Piñeiro

En Diario del Viajero | Taj Mahal

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