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El hotel donde no puedes hospedarte si no llevas corbata

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Uno de los hoteles más exclusivos del mundo es el Hotel Ritz. Ahora su política de admisión se ha flexibilizado hasta el punto de que basta con apoquinar el precio de una habitación, y te la dan: los prohibitivos precios ya son suficiente criba.

Sin embargo, hacia 1956, hospedarse para hospedarse en el Ritz no era suficiente con tener dinero: también había que cumplir una serie de estrictos requisitos: los hombres debían llevar corbata, y las mujeres no podían llevar pantalones.

Esta política de admisión tan estricta se puso en vigor a raíz de la luna de miel que celebraron en el Ritz el príncipe Rainiero III y la princesa Gracia, en primavera de 1956. El por entonces propietario belga Georges Marquet sostenía que no todo el mundo era digno de dormir entre el lino irlandés de sus camas king size, sobre todo ahora que tales aposentos habían sido ocupados por la realeza.

Tal y como explica Gregorio Doval en Fraudes, engaños y timos de la historia:

El código secreto de selección de la clientela había un acrónimo letal: “ntr”, que significaba “no tipo Ritz”. Para ser incluido en esa lista bastaba con que la mujer llevara pantalones o el caballero no usara corbata; pero casi lo más importante era la profesión. La dictadura de las buenas maneras cerró las puertas, por ejemplo, a toreros y actores.

Para superar este veto tan estricto, algunos actores se las ingeniaron para conseguir un acceso al Ritz. Por ejemplo, James Stewart alegó que también era coronel de la aviación de los Estados Unidos. Pero el que esgrimió una excusa más divertida fue Victor Mature, que mostrando unas duras críticas a su oficio como escritor en las que se indicaba que no sabía actuar, que era inexpresivo o que tenía cara de besugo, señaló: “¿Ven ustedes cómo no soy actor?”

Los orígenes del lujo Ritz

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Suiza, concretamente Niederwald, es la cuna de César Ritz, un hostelero mundialmente conocido que acabó falleciendo obsesionado con los caprichos de los millonarios, que debía soportar con actitud casi lacayuna. César Ritz revolucionó en su día el concepto de hotel, elevándolo a la categoría de santuario e inmortalizando el lujo extremo y los cuidados exquisitos en hoteles bajo su dirección, como el Grand Hôtel de Niza, el National de Lucerna, el Grand Hôtel de Montecarlo o el Savoy de Londres.

Al abandonar su pueblo natal en Suiza, aprendió a hacer de todo: lavar platos, limpiar zapatos, cargar equipajes, limpiar habitaciones. En 1870, por ejemplo, trabajaba en Casa Voisin, donde aprendió a servir a clientela variada e internacional, como el príncipe de Gales, Sarah Bernhardt o diferentes vedettes del teatro (las mujeres elegantes no iban por aquel entonces a los restaurantes). En 1874 ya es mâitre de hotel del Righi-Kulm, y conoció al hotelero suizo Pfyffer d’Altishofen, fundador del Gran Hotel Nacional de Lucerna, llegando a ser gerente de su establecimiento.

Aunque Ritz nació entre vacas y pastores, enseguida se adaptó a la especial sintonía de los ricos. Se decía de él que jamás olvidaba los nombres y las manías de sus clientes. Lo explica así Mauricio Wiesenthal en El esnobismo de las golondrinas:

Dos almohadas para la princesa Carolina, una bañera ancha para el príncipe Gales, las cortinas cerradas a las cuatro de la tarde para la reina, los melocotones al gusto de la señora Melba, la chimenea encendida desde el mediodía para el gran duque Miguel de Rusia, el borgoña sin decantar para míster Pierpoint, el agua mineral para el Aga Khan… Nunca faltaban e un hotel Ritz los cigarrillos Khedives, porque era los que fumaba la aristocracia europea, Eduardo de Gales y Alfonso XIII de España.

César Ritz era un hombre obsesivo en todos los sentidos, pero especialmente con el orden y la pulcritud de sus hoteles. Por ello sustituyó las cortinas de damasco por cortinas de muselina, a la vez que modernizaba los cuartos de baño con mármoles italianos. Él mismo se encargaba de escoger personalmente los muebles de estilo Luis XV para los salones. Incluso contrataba a un panadero vienés para que nunca faltaran en el desayuno sus característicos panecillos crujientes.

Marcel Proust sabía que, incluso en la madrugada, podía comer siempre en el Ritz un pollo asado con patatas y verduras frescas, una ensalada con un poco de hierba cebollina, como a él le gustaba, y un helado de vainilla. Su alergia le hacía sufrir mucho. Pero sabía que en el Ritz encontraría el fuego de la chimenea al máximo y las puertas cerradas (incluso con burletes) para que no hubiese ninguna corriente de aire.

César Ritz dejó de ser lo que era el 25 de junio de 1902, cuando una operación de apendicitis del rey Eduardo VII canceló su coronación en el Carlton, en el que todo había sido dispuesto con la minuciosidad propia de Ritz: menú para quinientos invitados y una fiesta por todo lo alto. César Ritz se hundió y pasó el resto de sus dieciséis años de vida sumido en ese trance.

Fotos | Wikipedia En diario del viajero La crisis llega a los cinco estrellas: una noche en el Ritz En diario del viajero Los mejores hoteles del mundo según Condé Nast Traveller

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