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Las fotografías de lugares virginales de Colin Prior y la sensación de lo sublime
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Las fotografías de lugares virginales de Colin Prior y la sensación de lo sublime

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A pesar de que parece que ya hemos cubiertos todo el globo, todavía hay lugares, pequeños reductos, que aún conservan la virginidad de no haber sido nunca o casi nunca hollados.

También son lugares que estéticamente parecen virginales, y que merecen formar parte de una galería de imágenes que podrían conformar el fondo de pantalla de cualquier sistema operativo.

Lugares como el glaciar de Khumbu, en el Parque Nacional de Sagarmatha, en Nepal; el arroyo Piccaninny, en el Parque Nacional de Purnululu, en Australia; el archipiélago de Lofoten, en Noruega; o Jodogahama, en el Parque Nacional de Rikuchu-Kaigan, en Japón.

Todos ellos son lugares que se consideran, entre otros pocos, los últimos reductos de virginidad natural.

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Lugares que han sido espectacularmente inmortalizados por el fotógrafo escocés Colin Prior, que se pasó 10 años recorriendo el planeta buscando la luz perfecta para captar estas maravillas paisajísticas en forma panorámico.

Zonas que conservan el 70 % o más de su vegetación original y que abarcan como mínimo 10.000 kilómetros cuadrados en las que viven menos de 5 personas por kilómetro cuadrado.

No se sabe cuánto tiempo durarán estas frágiles joyas de postal, así que si tenéis la oportunidad de verlos alguna vez, ya sabéis, quedaos extáticos un rato, y luego: clic derecho… guardar cómo… en la carpeta JPG… aceptar, para conservarlos para siempre en el disco duro de vuestra memoria.

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Escenarios que bien podrían incluirse en la indagación sobre lo sublime a nivel geográfico que Alain de Botton desarrolla en su ensayo El arte de viajar

Pocas de las emociones suscitadas por un lugar son susceptibles de designación precisa con un solo vocablo. Sin embargo, a comienzos del siglo XVIII, alcanzó prominencia un término con el que se hizo posible designar una reacción específica ante precipios, glaciares, firmamentos y desiertos sembrados de cantos rodados.

En presencia de estos espectáculos, era probable que experimentásemos, y que contásemos con que nos entenderían al relatarlo más tarde, la sensación de lo sublime.

El vocablo se remontaba a eso del año 200 de nuestra era, a un tratado Sobre lo sublime atribuido al autor griego Longino.

En 1739, el poeta Thomas Gray inició una travesía por los Alpes, la primera de numerosas tentativas tímidas a la zaga de lo sublime, y relató que, “en nuestra pequeña expedición hasta la Grande Chartreuse, no recuerdo haber avanzado más de diez pasos sin proferir una exclamación ante lo incomensurable. No hay precipicio, ni torrente, ni acantilado que no esté preñado de religión y poesía”.

Sitio Oficial | Colin Prior

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