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La sensación de contemplar un paisaje inabarcablemente bello
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La sensación de contemplar un paisaje inabarcablemente bello

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Cuando nos enfrentamos a un paisaje bello, sobre todo si es gigantesco, generalmente no sabemos cómo codificar lo que estamos viendo. Es todo tan inabarcable y majestuoso que tiramos algunas fotografías, pero en ellas no se reflejan esos atributos.

También fijamos la vista en los detalles, pero hay tantos que a veces nos da la sensación de estar mirando en realidad un cuadro o algo irreal.

La sensación de lo sublime

Hay algunos trucos para asimilar mejor un paisaje inabarcablemente bello, como el Gran Cañón del Colorado o algún fiordo noruego. A veces basta con sentarse a contemplar durante mucho rato. Otras veces es necesario tratar de dibujar o abocetear lo que estamos viendo para escudriñar mejor los detalles.

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Sea como fuere, la sensación que nos invade frente a determinados paisajes es difícil de definir. Aunque hay muchos que lo han intentado.

Joseph Addison escribió un ensayo titulado Los placeres de la imaginación donde describía una sensación parecida cuando se enfrentó a «la vista de un campo abierto, un vasto desierto baldío, descomunales macizos montañosos, rocas y precipicios elevados y una generosa extensión de agua».

También del filósofo Alain de Botton para encontrar las palabras adecuadas para ese sentimiento en su libro El arte de viajar:

Hildebrand Jacob ofrecía una relación de lugares idóneos para detonar el apreciado sentimiento de «lo sublime»: océanos, tanto en calma como en plena tempestad, puestas de sol, precipicios, cavernas y montes suizos. Los viajeros emprendieron investigaciones. En 1739, el poeta Thomas Gray inició una travesía por los Alpes, la primera de numerosas tentativas tímidas a la zaga de lo sublime, y relató que, «en nuestra pequeña expedición hasta la Grande Chartreuse, no recuerdo haber avanzado más de diez pasos sin proferir una exclamación ante lo incomensurable. No hay precipicio, ni torrente, ni acantilado que no esté preñado de religión y poesía».

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Por último, no debo olvidarme de otro poeta, William Wordsworth, quien consideraba que la interacción con cualquier paisaje natural exuberante de belleza genera improntas en el alma que perduran durante mucho tiempo, quizás toda la vida, aunque uno regrese a su existencia urbanita.

Estos paisajes especiales los denominaba «enclaves temporales», y creía que contemplarlos era un bien en sí mismo, contemplarlos, respirarlos, tocarlos, sentirlos, rodearse de ellos. Entonces, más tarde, lejos de ellos, uno podía rememorarlos y volver a sentir sus efectos beneficiosos, como quien recuerda un cumpleaños o cualquier otra vivencia trascendental.

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