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20 cosas kafkianas y surrealistas que vi en Praga (y II)

20 cosas kafkianas y surrealistas que vi en Praga (y II)
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En la anterior entrega de este artículo os contaba 10 cosas que me habían parecido particularmente kafkianas de la ciudad de Praga, entendiendo kafkiano como surrealista, extraño, esperpéntico. A continuación, otras diez.

11. Thai Massage

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Abundan estos centros de masajes abiertos y transparentes al público: no entiendo qué morbo tiene que toda la gente te vea mientras te masajean. Son establecimientos tan gigantescos, coloristas, musicales y sicalípticos que casi recuerdan a esos puticlubes de carretera que se esconden tras el nada sutil epígrafe de whiskería. También te hacen un peeling de pies con una especie de pez que te da mordisquitos. Y, naturalmente, este proceso ocurre justo en el escaparate, para que todo el mundo se pare a mirarte y a tirarte fotos como si fueras miembro honorario del freakshow.

12. Hombres que orinan

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Karel Čapek fue el acuñador del término moderno de “robot”. Lo cual es irónico si tenemos en cuenta esta suerte de estatuas-robot que quedan frente al Museo Kafka. No sólo orinan sobre un estanque cuya silueta coincide con la silueta de la República Checa, sino que rotan la cintura y suben y bajan el pene sin descanso, para elaborar dibujos efímeros en la superficie del agua. Después de ver este espectáculo seguramente os entrarán ganas de orinar, así que os recomiendo hacerlo, además de que aprovecharéis para tomar un café, en Café Louvre, un espectacular establecimiento decimonónico en el que concurrían Kafka, Einstein y, también, Čapek.

13. El metrónomo gigante

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El Metrónomo, obra del escultor Vratislav Karel Novák, fue erigido en 1991 sobre un enorme plinto de piedra que inicialmente sirvió como base del monumento al dirigente soviético Josef Stalin, una de las estatuas más grandes del mundo. Volaron la estatua con explosivos. El monumento estaba ubicado sobre un pedestal de hormigón, que todavía puede verse en el Parque Letná. En 1990, la emisora de radio pirata Radio Stalin operó desde un refugio antibombas que había debajo del plinto de la estatua. El mismo refugio albergó el primer club de rock de Praga a principios de la década de 1990. Desde 1991 el pedestal se ha convertido en la base de una escultura cinética gigante, el Metrónomo. Lo instalaron porque, al parecer, al contemplar Praga Mozart exclamó: ¡esta ciudad tiene ritmo! Ahora este metrónomo gigante marca el ritmo de la ciudad, pues es visible desde cientos de metros de distancia.

14. Muro John Lennon

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Situado en la plaza de Velkoprevorské Námestí, este muro en realidad es la tapia de un pequeño cementerio. Tras el asesinato de Lennon, aquí apareció un retrato del mismo y alguna de las letras de sus canciones. A pesar de que la policía lo borraba, todo aparecía de nuevo, además de otros grafittis de ideología hippie. En realidad, el muro no es gran cosa, más bien es un palipsesto de egos donde todo el mundo escribe la tontería del día o rubrica su firma, después de hacerse un par de fotos ejecutando el símbolo de la paz con los dedos. Dicen que es el Muro de Berlín de Praga, pero la verdad es que resulta bastante menos espectacular. Creo que aguanté allí cinco minutos. Ya sabéis: demasiado postureo alrededor. Y no olvidemos a los omnipresentes turistas que circulaban en Segway: para echarles de comer aparte.

15. Coches clásicos

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Uno de los tours más grotescos que el turista puede realizar por Praga no se hace a bordo de una calesa de tirada por percherones o sobre los hombros de un esclavo persa. En Praga han llegado todavía más lejos en la búsqueda de la esencia kitch y rococó. Por eso, por un puñado de coronas, uno puede pasearse por la ciudad subido en uno de estos coches clásicos descapotables conducidos por un mazas ruso lleno de tatuajes. Todo muy anacrónico. Además, los asientos están forrados de mullidos pelajes, y hasta puedes taparte con una manta. He visto a algunos saludando desde el coche con ese movimiento rotatorio de muñeca tan propio de nuestra monarquía más rancia.

16. Museos de la tortura

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En Praga abundan los museos de la tortura. También está el museo del sexo. Ambos se anuncian con la idéntica espectacularidad tipo Las Vegas. Indistinguible.

17. El topo checo

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En muchos escaparates me tropecé con este topo de dibujos animados llamado Krtek. Entonces me acordé de todo. Esos dibujos de mi infancia que tiraban por la tele, donde había silencios perturbadores, parecía que faltasen fotogramas, se desarrollaban argumentos esquinados, casi desatornillados, y siempre, siempre, al final, aparecía sobreimpresionada la expresión “Koniec”. Ya me había olvidado de estos dibujos animados propios de una infancia traumatizada, pero al poco de descubrir al topo checo por Praga me sentí como Proust tras atragantarse con una magdalena. Al parecer, estos dibujos animados se han importado a medio mundo, y aquí continúa siendo uno de los dibujos más icónicos y queridos por los checos. Kafkiano total.

18. Escupideras

En la mayoría de panaderías y pastelerías, algunos alimentos se exponen al público sin ningún tipo de protección, pantalla, cristal o envoltorio. A pelo. Todo queda a merced de los esputos, los capellanes, los salivazos, tanto intencionados como los fortuitos propios del habla. Ya no digamos de los estornudos, las flemas y demás fluidos. Incluso de los dedos de algún atrevido, los roces de ropa, los pelos. Todo. La deliciosa comida está tan expuesta, tan cerca de ti, tan cerca de la gente, que incluso puedes rozarla con la boca. A esto añadamos un dato que, no por desagradable o antipopular, es menos cierto: en la mayoría de establecimientos ponen la calefacción a tope, la gente suda mucho, y es habitual que quienes te atienden, y también muchos de los parroquianos, desprendan un profundo olor a sobaco. Como óxido. En serio, no sé si fue una casualidad, pero olimos a sobaquina en muchos contextos diferentes, incluso en un hotel con mucha solera. Tal vez fue una casualidad. No sé realmente lo que fue. Lo único que sé con certeza apodíctica es que ese olor como de óxido humano nunca, jamás, lo olvidaré en lo que me queda de vida.

19. Lo kafkiano de Kafka

Lo kafkiano parece omnipresente en Praga, y también, naturalmente, lo es el propio Franz Kafka. Sin embargo, la vinculación real de Kafka con Praga es bastante tangencial. De hecho, Kafka fue repudiado y no fue hasta más tarde, cuando su popularidad post mortem se hizo evidente, cuando Praga decidió aprovecharse de su nombre. Así encontraremos multitud de cafeterías que presuntamente frecuentaba Kafka (aunque sepamos que Kafka odiaba el café). La tienda de recuerdos del Museo Kafka es especialmente kafkiano: tazas, cuadernos, bolígrafos y mil cosas más ilustradas con la efigie del escritor, estirando el negocio hasta límites esperpénticos. Los típicos recuerdos para gente que probablemente nunca ha leído a Kafka (para no dármelas, confesaré que yo sólo he leído La metamorfosis, y por obligación).

20. Espirales sosas

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Una de los dulces más omnipresentes de Praga me resulta impronunciable: Trdelník. La forma de elaborarlo es toda una exhibición en los puestos callejeros y algunas cafeterías. Sin embargo, una vez lo pruebas, te dices… ¿tanta historia para esto? Y es que, seamos sinceros, este dulce es algo así como un cruasán con forma de espiral pero mucho más insípido. Un timo del estilo del cronut.

Bonus Track

Lo más kafiano de nuestro viaje probablemente fue la visita al osario de Kutna Hora, que os explico con más detalle aquí.

Fotos | Sergio Parra

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