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El día que me puse delante del glaciar Alestsch
Europa

El día que me puse delante del glaciar Alestsch

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Hace un tiempo tuve la ocasión de subir hasta al Jungfrau es el pico más alto (4.158 m) del macizo montañoso del mismo nombre, subido al tren más caro que podáis imaginar hasta alcanzar el mirador más alto de Europa.

Allí se encuentra Shpinx. Por fuera, la construcción es plateada y se asemeja a una nave espacial fundida con la roca. Shpinx (Esfinge) es una estación de investigación que trabaja con los datos recopilados de radiación, meterología, geología, astronomía y demás. Desde allí puedes ver el glaciar Alestsch.

La madre de todos los glaciares

Sphinx Observatorium

Todas las paredes orientadas al glaciar estaban acristaladas y permitían contemplar el paisaje incluso en manga corta. Ahora empiezaba a comprender la razón de que aquel macizo montañoso se llamara Jungfrau. En alemán, significa virgen.

Y un lugar tan alejado del mundo y con un aire tan puro sin duda parecía inmaculado y virgen. No en vano, el Jungfrau, junto con el glaciar Aletsch, formaban parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde diciembre de 2001.

Pero sin duda la mejor vista del glaciar se obtiene desde la terraza exterior, un piso más arriba.

Aquí estábamos. Y era asombroso: en unas pocas horas habíamos pasado de estar a una temperatura casi veraniega a internarnos en el corazón de Siberia, al congelador más grande que había visto nunca; y yo era un imitador del doctor Zhivago, con estalactitas en las pestañas incluidas.

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La lengua azulada de 24 kilómetros del glaciar Alestsch, en el lado de Valais, quedó frente a nosotros, a unos cuantos kilómetros de distancia. Tiene un área de 118 kilómetros cuadrados y, en su punto central, hasta 1.000 metros de espesor, siendo así el glaciar de mayor tamaño de los Alpes. Desde lejos, recuerda a una autopista gris claro, casi blanca, que zigzaguea y que incluso parece que en su superpie se hayan dibujado los surcos de goma quemada de las autopistas de aslfalto.

Alain de Botton sabe describirlo mucho mejor que yo en su libro Las consolaciones de la filosofía:

Diríase un mantel a la espera de un tirón que alise sus arrugas, pero éstas son del tamaño de casas y están hechas de hielo afilado como una navaja, y en ocasiones lanzan bramidos agónicos al ensayar nuevas disposiciones bajo el sol estival. Estando al borde del cruel glaciar cuesta concebir que esta mole de hielo pueda jugar un papel en la producción de vegetales y verde hierba siguiendo el valle tan sólo unos kilómetros. Es difícil imaginar que algo tan antitético en apariencia a un campo verde como es un glaciar pueda ser responsable de la fertilidad del campo.

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