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El viaje de... Jorge a Transilvania

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Paso del Borgo

Uno de nuestros lectores fieles ha vuelto de sus vacaciones en Rumanía y ha querido compartir sus experiencias con todos nosotros. Ésto es lo que nos cuenta Jorge:

Visitar Transilvania tras las huellas de Drácula; qué tópico parece de no ser porque decir esto también es tópico. El caso es que cuando uno sale del aeropuerto de Bucarest y lo primero que se encuentra es un gran anuncio de la Banca Transilvana le entran ganas de reir y hacer una apuesta sobre cuántas referencias al vampiro más famoso va a encontrar a lo largo de su estancia. Al principio, salvo las ruinas de la Curtea Veche, no parecen abundar y hay que recurrir al chiste fácil tipo “He olvidado el ajo y las estacas”.

Sí que pueden inspirar un poco más los pueblos que se van dejando atrás por las temibles carreteras nacionales, compuestos siempre por casas rurales unifamiliares (es un decir), todas con su pozo de rueda, su característico tejado quebrado, su provisión de leña para soportar el crudo invierno y sus humildes habitantes persignándose enfáticamente ante las innumerables cruces que jalonan los caminos. A menudo la aldea también tiene el cementerio dentro del callejero. Y es que un camposanto rumano son palabras mayores. Recorrer el país significa ver docenas de ellos; en algunos casos se incorporan al turismo incluso involuntariamente: el museo de iconos sobre cristal de Sibiel, por ejemplo, se alza en medio de uno, rodeado por tumbas.

Transilvania
Curtea Veche

Para entonces, cruzados los Cárpatos, ya se está en plena Transilvania, nombre que evoca todas las leyendas que se tienen presentes todo el tiempo, bien las referentes al personaje de Bram Stoker, bien las que recuperan al histórico Vlad el Empalador, voivoda de Valaquia en los tempestuosos tiempos en que este principado se hallaba entre la espada (los turcos) y la pared (los húngaros). Vlad nació en una de las ciudades más bonitas de Rumanía, Sighisoara, cuyo espléndido casco medieval domina el contorno irguiéndose desde una colina. Aún se conserva la casa natal de su padre, Vlad Dracul, transformada hoy en recomendable restaurante homónimo que reúne las tres b: bueno, bonito y barato. Y, claro, en lugar del clásico menú con forma de cocinero, en la puerta hay un vampiro. Y venden café en una bolsa ribeteada de lacre encarnada imitando sangre. Y los nombres de los platos tienen todos el mismo apellido: sopa Drácula, chocolate Drácula, etc.

Esta región le debe media vida a Bram Stoker, verdaderamente. Por eso en lo alto del legendario Paso del Borgo, un serpenteante puerto de montaña (por lo demás más propio de Heidi) coronado por el castillo del conde según la novela, hay un busto suyo frente a un gracioso hotel temático que sella los pasaportes con el nombre Castillo de Drácula y donde los turistas norteamericanos acuden en tropel durante Halloween. Y por eso antes, en Bistrita, se puede almorzar en el restaurante Corona de Oro, como hiciera otro de los personajes, Jonathan Harker, camino de su aventura; por si alguien lo duda, recibe un camarero de capa negra forrada de rojo y pelo engominado.

Transilvania
Casa Natal de Vlad

Sibiu, Capital Cultural de Europa en 2007, es un oasis en el tema vampírico porque sus elegantes callejuelas peatonales y los tejados rojizos horadados por las ventanas tipo ojo de gato recuerdan más una ciudad centroeuropea que otra cosa, pero también la bella Brasov, antigua capital transilvana, es de ese estilo, aunque para epatar al visitante no necesitaba el nombre hollywoodense colocado en lo alto del monte. Sin embargo, cerca se alza el castillo de Bran, apoteosis de la draculamanía. Suprema paradoja porque Vlad Tepes jamás estuvo allí, pero eso no le importa lo más mínimo a la legión de comerciantes que han instalado sus puestos al pie de la fortaleza formando prácticamente una villa de merchandising. Hasta un hombre lobo se pasea con zancos haciéndose fotos con la multitud.

Y a pocos kilómetros de Bucarest es obligatoria una excursión al monasterio de Snagov, un cenobio de ubicación privilegiada, en un islote en medio de un lago, del que sólo queda la iglesia y que guarda el trazo final que cierra el círculo: la tumba, sobria, acorde a su figura, de Vlad el Empalador.

¡Gracias Jorge!

Fotos | Jorge Alvarez

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