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Todos los rincones que descubrí en Flandes (y II): Gante

Todos los rincones que descubrí en Flandes (y II): Gante
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En la anterior entrega de este artículo os explicaba todos los rincones curiosos que había descubierto en Amberes, con vídeo de cicloturismo incluido, y en esta entrega quiero centrarme en Gante.

Tras hacer el check-in en el Aparthotel Castelnou, donde dispuse de un apartamento para mí solo, me puse calzado cómodo para enfrentarme al adoquinado irregular (lo cual no deja de ser irónico en un país onde se inventó el asfalto moderno de la mano de Edward Smedt) y cogí un paraguas para sobrellevar la ciclotímica meteorología belga: en un mismo día puede hacer calor, frío, lluvia, viento y sol. Y a saber qué más.

Operación mostaza

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Una de las principales motivaciones que me empujaban por Gante, además de recorrer sus calles empedradas repletas de edificios historia, es la gastronomía. Desde que había fijado Gante en mi punto de mira, solo podía pensar en probar una mostaza muy especial que se elabora en la misma tienda donde se comercializa: Tierenteyn-Verlent. La tienda donde actualmente se produce esta mostaza se fundó en 1790.

La amable guía noa condujo hasta la tienda que comercializan la mostaza a granel que yo andaba buscando. Antes de comprarla, sin embargo, nos dejaron hacer una pequeña probatura con un palillo de plástico. Solo fue una gotita. Y fue suficiente para que su sabor me llenara la boca y sus efectos recorrieran todo el esófago. Hasta creo que respiraba mejor, como si esa mostaza tuviera algún efecto expectorante. El Big Bang de la mostaza, vaya, una metáfora muy apropiada para un país donde nació el físico George Lemaître, primer formulador de la teoría del Big Bang.

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No os engañaré. Esta mostaza es fuerte. Sin embargo, yo soy una nenaza en el tema de los picantes y, bien dosificada, puedo afirmar que le da un sabor espectacular a todo lo que toca. Probadlo con una salchicha. O con patatas. Pero recordad, solo una gotita. De hecho, a pesar de que compré el tarrito de cristal más pequeño de la tienda, que llenaron delante de mis propios ojos, aún no lo he terminado (y doy fe de que casi cada día lo abro). Su fabricación es artesanal y no contiene conservantes, así que hay que guardarlo en la nevera y consumirlo antes de cuatro meses. No hay problema. Para los más atrevidos, tenéis toda clase de tamaños de tarros para llenar con mostaza, y algunos tarros son más bonitos que otros.

Otras exquisiteces típicamente belgas que no pude dejar de probar son: los gofres y las patatas fritas (con doble fritura, así quedan tiernas por dentro y crujientes por fuera), que pedí con una salsa típica de carne mezclada con mayonesa.

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Como si la cantidad de triglicéridos no hubiera sido suficiente, por la noche fuimos a cenar a la Brasserie Pakhuis (Schuurkenstraat, 4), donde comimos estos entremeses, entre otras viandas. En Bélgica hay alrededor de 200 brasseries, y son lugares donde, además de poder comer, se fabrica cerveza.

La noche gantesa

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Otro de los objetivos que tenía entre ceja y ceja, además de pasear de noche por la que dicen que es la ciudad de luz de Flandes, es probar una de las ginebras de sabores. No hay que confundirla con la ginebra tradicional. Tras hacer un poco de cola en Dreupelkot, siempre hasta los topes de gente joven, pude echar un vistazo a la carta y probar unas cuantas. Imaginad: ginebra de limón, de crema catalana, de café, de manzana, de vainilla, de coco… cada una con su propia variación en alcohol. Se sirve fría y en chupitos de tamaño pequeño o medio.

Gante de día es preciosa, pero de noche es mágica, como un cuento de hadas. No es extraño que el poeta Rilke se inspirara en esta ciudad para componer algunas de sus obras. Restaurantes iluminados con velas y antorchas a la orilla del canal, que constituyó la primera salida artificial al Mar del Norte en el siglo XIII, puentes de piedra, fachadas medievales laboriosamente trabajadas, grandes plazas donde disfrutar de la arquitectura con cierta perspectiva. No en vano, Bélgica tiene el mayor número de castillos por metro cuadrado del mundo.

Muchos monumentos y fachadas, además, tienen una iluminación dramática que ha recibido tres estrellas Michelin. Pero si de verdad queréis iluminación espectacular, no hay que perderse el Festival de la Luz, que se celebra anualmente y permite ver el campanario en llamas o un bombardeo de colores sobre el Edificio de Correos.

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Recónditas calles iluminadas por los bares antiguos, atestados de gente que se refugia del frío. Sí, la gente joven sale de marcha por zonas que parecen el plató de una película de Harry Potter, con esos típicos tejados abuhardillados.

También podemos encontrar, entre tanto rasgo medieval, algunas manifestaciones modernas, como si fueran ooparts. Es el caso del pabellón municipal Stadshal, una extraña estructura de madera y hormigón en el que se celebran conciertos y representaciones de danza. El problema es, si llueve, no estás a salvo de mojarte, pues el viento puede colar la lluvia por las cuatro paredes desnudas.

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También divisé la Torre de los Libros, una torre de 64 metros con 24 pisos… llenos de libros. Al parecer más de 3.000.000. Ahora necesita restaurarse, pero no saben donde dejar tantos libros. Fue diseñada en 1933 por el arquitecto modernista belga Henry Van de Velde.

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Algunos bares alternativos como el Pink Flamingos, en honor a la película homónima donde Divine se zampaba una caca de perro. Sí, lo que veis es un candelabro de barbies.

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En los bares pueden pedirse infinidad de cervezas, aunque en algunos la cifra asciende a cientos. En los establecimientos te sirven la cerveza en jarras propias: se diseñan ex profeso para que cada tipo de cerveza conserve mejor su sabor, su aroma y su color. En el caso de Dulle Griet, por ejemplo, si pides su especialidad debes dejar en prenda uno de tus zapatos, que queda colgando del techo. La razón es que mucha gente hurtaba la jarra de cerveza como recuerdo. Ahora, si no devuelves la jarra, no te retornan el zapato. En total, en Bélgica puedes probar más de 800 tipos de cerveza diferente. Sí, aquí la cerveza es una religión. No es extraño, pues, que en la década de 1970 se sirviera cerveza ligera en las comidas de los colegios.

Fabricando bombones

Por la mañana, justo después de desayunar, nos dirigimos a la tienda y fábrica de chocolates Chocolato (Sint-Michielshelling, 7), donde llevamos a cabo un divertido y pedagógico workshop.

Bienvenidos al mundo del chocolate: en este país se fabrican 220.000 toneladas de este rico manjar por año. De hecho, en una de las tiendas del aeropuerto de Zaventem es el lugar donde más chocolate se vende de todo el mundo (ya se sabe, las compras de última hora de los turistas).

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Mientras nos explicaban las bondades y secretos del que dicen que es el sustituto del amor, nos dieron la oportunidad de fabricar nuestros propios bombones con un relleno al gusto. Como soy de probarlo todo, opté por hacer tres bombones de cada sabor.

La calle del arte urbano

Bélgica es el país del cómic. Aquí nacieron Tíntín o Lucky Luke. Hasta Los Pitufos son belgas. La comunidad francófona de Bélgica es la mayor productora mundial de cómics por habitante. Hasta las caras comunes que aparecen en las monedas de euro son de un dibujante flamenco, Luc Luycx, que en 1997 resultó vencedor en el concurso convocado para tal efecto.

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En Gante también se exhibe la obra más importante de la historia del arte de Flandes, La adoración del cordero místico, de los hermanos Van Eyck (inventores de la pintura al óleo). Uno de los paneles fue robado en 1934 y, desde entonces, detectives aficionados y cazadores de tesoros continúan realizando pesquisas sobre su paradero. No es extraño, pues en palabras del historiador del arte Noah Charney: “La Adoración del cordero místico es sencillamente la obra de arte más asediada y codiciada del mundo. En París desbancaría sin esfuerzo a la Mona Lisa.”

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La jefa de prensa de Turismo de Gante, Katalin Covanetz, sin embargo, nos mostró la cara más urbana del arte flamenco: una calle exclusivamente dedicada a los grafittis. Aquí se puede pintar lo que quieras cuando quieras, que nadie te multará. Es decir, que la calle nunca es igual. Está continuamente cambiando sus dibujos y colores, capa sobre capa, como un palimpsesto. Propongo un experimento: situar una cámara al principio de la calle que realice una fotografía cada hora durante un mes, y luego unirlas todas en un timelapse. Estoy convencido de que el resultado se parecería mucho a una explosión mutagénica de creatividad. O a un viaje a lomos del ácido lisérgico.

Almuerzo típico

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Por fin había llegado de hacer un almuerzo típicamente belga, es decir, pasarse dos horas comiendo platos tradicionales. No es que te pases las dos horas comiendo literalmente (aunque casi, porque las raciones son siempre copiosas), sino que aquí lo de quedarse en la sobremesa no se estila demasiado: todo el tiempo de la sobremesa se reparte entre los platos, que son servidos con una parsimonia que para algunos podrá resultar exasperante. La parte buena es que, mientras comes, da tiempo de hablar de todo. La mala es que, después de zamparnos el pan con mantequilla que ponen por cortesía, queda ya poca hambre.

Pero la suficiente como para no irnos de allí sin probar lo que viene, en Chez Leontine (Groentmarkt), un restaurante confortable y rústico, atestado de adornos, libros y figuras estilo Rubens, de techumbre baja. Aquí he de confesar que comí las cosas más típicas de la región, y en las raciones más exageradamente abundantes.

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Por ejemplo, el waterzooi para servía para alimentar a tres o cuatro. El waterzooi es un guiso popular elaborado con pescado común de los ríos de Gante o con pollo. También lleva verduras y crema de leche. Delicioso. Ideal para entrar en calor un día gélido.

También probamos el stoofvlees, guiso de buey a base de cerveza. Y para empezar una deliciosa, enorme, jugosísima croqueta de quisquillas, que todavía se pescan hoy en día de forma tradicional: a caballo. Acompañando a la croqueta de quisquillas tenéis otra de queso. Pero llena de queso de verdad. Queso a tutiplén y extremadamente sabroso. Alucinante, de verdad.

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Y con esos últimos sabores en el paladar, partimos rumbo al aeropuerto. Con ganas de regresar algún día a la gastronómica, cultural y elegante Flandes pronto, muy pronto.

Agradecimientos

Este blogtrip no habría sido posible sin la gestión de Globally, en especial de Gemma, que estoy convencido de que continuaré viendo en muchas otras tesituras. Tampoco puedo olvidarme de Ángeles, de VisitFlanders, que en todo momento veló por nosotros e hizo lo imposible para que viviéramos al máximo la experiencia, desplegando siempre una desbordante cultura sobre toda clase de temas, no extrictamente belgas. ¡Hasta salimos de marcha con ella!

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Finalmente, tengo que mencionar a todos los otros blogueros que hicieron del descubrimiento de Flandes algo mucho más enriquecedor, a Paco (que ya conocéis de Diario del viajero o Directo al paladar), a Mónica y Alberto (de Mes Voyages à Paris, que le dieron un toque de glamour al viaje), a Alejandro y Sergio (del programa Flashmoda de RTVE) y, finalmente, a Eva María (ganadora del concurso #miflandes, cuyo premio fue acompañarnos a este blogtrip, aunque en realidad fue nuestro premio). A todos ellos, gracias por todos esos momentos que difícilmente olvidaré y, sobre todo, a esas largas charlas en los almuerzos y las cenas. Dicen en Gran Hermano que todo se magnifica. En los blogtrips, después de tantas horas juntos haciendo toda clase de cosas, probablemente también.

Fotos | Sergio Parra

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