Gente que se aburre viajando… esa clase de gente

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paisaje aburrido

No nos engañemos: la gente, en general, se aburre. A pesar del tópico de que el reloj tictaquea en nuestro oído a todas horas, lo cierto es que la gente, en general, busca denodadamente cómo matar el tiempo, como pasarlo rápido. No de forma sistemática, claro: hablamos de esos tiempos muertos de viaje en tren, por ejemplo, para acudir al trabajo; o la espera de que llegue el sueño. Y mil y un momentos más en los que la vida no es más que un tránsito para el siguiente acontecer.

Basta con echar un vistazo al uso de los smartphones: según Flurry Analytics, el 40 % del tiempo que la gente consume con las aplicaciones de su móvil es jugando. De los 10.000 millones de dólares que movió el negocio de las apps, el 80 % era de los juegos, y eso que son gratuitos en su mayor parte. La gente se entretiene hoy con sus móviles 20 veces más que hace 2 años. Porque el móvil ha desplazado al autodefinido, el sudoku, la lectura y otros pasatiempos de antaño.

Lo que no deja de poner en evidencia que a la gente, en general, le sobra el tiempo, o no sabe qué hacer con él. Naturalmente, eso también ocurre cuando viajamos. Por muy espectacular, rutilante y emocionante que sea un viaje, la gente, al menos gran parte de ella, se aburre mientras viaja. Quizá no todo el tiempo, pero sí parte de él. Y, a veces, gran parte de él.

Sé que suena casi sacrílego que alguien pueda aburrirse como una ostra mientras recorre las empinadas calles de San Francisco o sube los matusalénicos templos de Perú. Pero sucede. Si el viaje está jalonado de experiencias inolvidables, también estas experiencias están unidas entre sí por momentos de puro sopor, como bisagras de la modorra. Y entonces el viajero o el turista no puede evitar consagrarse al noble arte de matar el tiempo, ya sea con el smartphone o con cualquier otra distracción a la carta.

angryAsí es el turista, el ciudadano, en suma, que hemos creado entre todos: alguien que necesita de distracciones cada vez más sofisticadas y excitantes, so pena de bostezar o coger indolentemente el móvil para jugar una partidita al Angry Birds. Como presos que marcan en la pared los días que llevan cautivos, cinco palitos, y tachar, cinco palitos, y tachar.

Un fenómeno, el del aburrimiento, qué duda cabe, que también se ha originado por la necesidad cada vez más imperante de ocupar el tiempo. No hacer nada está mal visto, aburrirse es propio de almas deshabitadas, así que no podemos permitir que el tiempo nos recuerde que se marcha agitando el pañuelito: hay que hacer algo, aunque sea pasarse una pantalla más del Angry Birds. Motorola acuñó en su momento el término microboredom (microaburrimiento) para referirse a los espacios de tiempo, cada vez menores, que no poseen actividad definida. En consecuencia, Motorola ideó contra ellos los mobisodes, episodios de dos minutos de series como Lost o Prision Break.

libroTal y como señala Brenda Laurel, ahí radica el verdadero riesgo vital: “No me preocupa tanto la confianza que depositamos en ellos como el que podamos encontrar fuera de ellos momentos y espacios tranquilos, adecuados para reflexionar.” Algo así como el horror vacui del arte aplicado a Cronos.

Afortunadamente, aún quedan personas, pocas, poquísimas, que son capaces de disfrutar de cada minuto de su viaje, aunque dicho minuto esté infiltrado hasta la médula de banalidad y monotonía. Porque el aburrimiento acostumbra está en la retina del que mira, no en lo que se mira.

Que se lo digan al escritor George Perec, autor de Tentativa de agotamiento de un lugar parisino, aparecida originalmente en 1974, donde consigna por escrito todo lo que ocurría a su alrededor en una plaza de París, por muy anodino que pareciera: los acontecimientos cotidianos de la calle, la gente, los vehículos (con sus respectivos modelos siempre indicados), los animales, las nubes, el paso del tiempo, una inscripción en un pañuelo, un envoltorio en la acera, su propio reflejo en la ventana..

Esta clase de viajeros, los que disfrutan de cada uno de esos micromomentos, son personas que se ponen a comer palomitas mientras conectan una Webcams que enfoca un volcán inactivo de Nueva Zelanda (es un decir). Son gente que huye de esos TimeLapse que resumen unos minutos la actividad de días, meses o años, porque cada uno de esos días, meses o años cuenta, o deberían hacerlo. Lo contrario es una satisfacción rápida que no deja lugar a la líbido.

Porque aún hay viajeros que prefieren no tomar una foto y largarse a otro lugar para tomar una nueva. Son gente que prefiere observar, paladear y recordar. Esa gente.

Para ellos, no puedo resistirme a recomendar el que creo que es el libro más exquisito de viajeros que exprimen todos los segundos de la experiencia: El esnobismo de las golondrinas de Mauricio Wiesenthal. Una guía de viajes sin reglas, humanista, sin fronteras, donde tiene más importancia un café o un vino que una catedral famosa o un monumento característico. Podéis leer mi reseña completa aquí. De momento, para abrir boca, el siguiente fragmento, deliciosamente demodé:

Conozco en Londres algunos hoteles que huelen a cuero de Rusia y a caoba: el Savoy (donde a veces dirigía la orquesta Johann Strauss o bailaba Anna Pavlova), el Claridge´s (el único lugar donde todavía se sirve el té con toda ceremonia), el legante Ritz o el Dorchester. Pero, como ya he dicho, mi preferido era el Brown´s, que fue fundado por un mayordomo y una doncella de lady Byron. En 1876 Alexander Bell hizo desde este hotel la primera llamada telefónica que se oyó en Londres.
Jermyn Street es una academia del buen gusto: los perfumes de Floris, los zapatos de Lobb, los sombreros de Bates donde se puede comprar todavía un homburg como el que llevaba Eduardo VII, las maquinillas de afeitar de Trumper que tienen el peso justo para los dedos, los aromas (cedro, hoja de tabaco, flores secas, bosque, miel y pan de especias) de la cava de Dunhill, el color delicioso de los quesos azules de Pastón, los relojes atronómicos de Trevor Philip y las camisas de Hawes & Curtis o Turnbull & Asser.

Foto | Wikipedia
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