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Recuerdo perfectamente la primera vez que cogí un transporte público en la ciudad de Munich, Alemania, hará ya unos años. Concretamente, un autobús que me trasladaría desde un barrio periférico hasta el centro neurálgico de la ciudad, Marienzplatz.

Podría haberme trasladado en bicicleta, tal y como hacen muchos muniqueses, pero decidí recurrir a la eficiente red de autobuses porque la tarde había traído tórpidas nubes y empezaban a caer algunas gotas. Los cambios meteorológicos son frecuentes en Munich, como si el cielo fuera un paciente aquejado de trastorno bipolar.

Me apetecía consagrar la tarde a escribir, o a reflexionar (digerir, más bien) acerca de todos aquellos momentos concatenados tan, tan lejos de casa. Así que me dirigía al centro de la ciudad para guarecerme en algún bar, a sabiendas de que la hostelería muniquesa tiene los precios por las nubes (sobre todo si tu idea es ir a tomar algo).

Me apercibí entonces de que en Munich eran mucho más taxativos en cuanto a autoridad y reglamentación se refiere. No sólo el cuerpo policial impone mucho, pues semeja un ejército dispuesto a invadir otro planeta. También había otros aspectos más chocantes para mí, que procedía de un país permisivo y laxo por naturaleza.

Por ejemplo, jamás se te requería pase alguno para acceder al transporte suburbano, ya que no existen los torniquetes, ni tampoco es necesario validar un billete para subir a un autobús. Lo que, a primera vista, pudiera interpretarse como una mayor displicencia no era tal. En el fondo, era una trampa, una artimaña mortífera. Por ello, casi nadie viaja de polizón en Munich.

Lo descubrí mi tercer día en la ciudad: una caterva de revisores camuflados se dispersan estratégicamente por todos los transportes públicos. Es decir, que tú puedes viajar sin pagar ni un céntimo durante semanas y semanas, sin que nadie te amoneste por ello, con una tranquilidad que de buen seguro induce al latrocinio. Pero un día, de improviso, una venerable ama de casa entrada en años y en carnes se sienta a tu lado. Porta bolsas de la compra. Incluso tira de un carro, si se tercia.

Y entonces, de improviso, se identifica como revisor oficial y te solicita tu billete o tu pase semanal IsarCard. Si te atrapan viajando gratis, la multa puede ser de órdago. Y no se andan con buenas palabras: son capaces de echarte fuera del transporte en volandas, literalmente.

A pesar de todo (o precisamente por eso), Alemania dispone de unos transportes públicos alucinantes. En Dresde, por ejemplo, disponen del autobús más grande del mundo. Se llama Auto Tram Extra Grand (lo podéis contemplar en la foto que encabeza este artículo) y mide algo más de 30 metros de largo y tiene una capacidad de para 256 pasajeros.

Se impulsa con un motor híbrido y está compuesto por tres convoyes articulados que mantienen correctamente la trayectoria marcada por la cabecera gracias a un sistema informático de dirección. Como si estuvieras en un capítulo de Star Trek.

Naturalmente, para curarme en salud, jamás me colé en ningún transporte público muniqués. Nächste Haltestelle… Marienplatz, enunció la meliflua voz que salía de los altavoces del autobús. Mi parada, aquí me bajaba.

Foto | autotram

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