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Si hace unos días nos encontrabamos en “La llamada de África” descubriendo el sur y final de una de la rutas míticas que atraviesan el continente, hoy viajaremos al otro extremo, al norte, a una de las puertas de África con más historia. En las siguientes líneas comienza nuestra inmersión en la ciudad de Alejandro Magno, Alejandría.
Alejandría abre sus brazos al Mediterráneo, se alimenta de sus aguas, se muestra indomable y a la vez indulgente. Alejandría tiene cuerpo de conquista y alma de mujer. Te atrapa en el vaivén de la cadencia sonora de las olas en la bahía, se esconde tras las esquinas y emerge en el saludo caluroso de sus gentes como un espíritu abierto, cálido y comprensivo.
Centro de la cultura griega en la época helenística. Tan grandiosa llegó a ser que la denominaron Alejandría ad Aegyptum, es decir, “Alejandría que está cerca de Egipto”, quitando importancia al resto del país.
Y fue sin duda una verdadera plataforma giratoria comercial y el lugar de mayor intercambio de ideas entre África, Asia y Europa.
Alejandría hoy es una urbe cosmopolita y permisiva, añeja y a la vez renovada. Es una ciudad en movimiento constante. Acepta al visitante como vecino y no se extraña de su llegada. Le recibe e invita a quedarse un tiempo entre sus gentes.
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